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Jaque discrimina a Santa Rosa y a nadie parece importarle

La decisión del gobernador de no relacionarse con el departamento del Este hasta que se dilucide en la Justicia el conflicto institucional, es de una audacia y de una gravedad pocas veces vista. Alguien debería aconsejarle que sus declaraciones y su actitud es, a todas luces, equivocada.
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La faceta obcecada es una de las caras más desconocidas del gobernador Celso Jaque. Sin embargo, y pese a que no la exhiba a menudo en público, parece ser una de de las que guía sus decisiones en todos los ámbitos.

El problema de los políticos es cuando su humor se traslada a las decisiones de gobierno. O lo que es aún peor, cuando en base a impresiones, sensaciones o juicios subjetivos, se premia o se castiga -en este caso- a los mendocinos. Esto es justamente (al margen de la capacidad, el conocimiento y el talento) lo que marca la diferencia entre un político y un estadista.

Ese parece ser el caso de la decisión de Jaque de no “visitar” (lo que en la jerga política significa atender, recibir demandas y ofrecer soluciones) el departamento de Santa Rosa hasta que “la Corte no se expida respecto de cuál es la situación institucional del departamento”.

La decisión, antojadiza por donde se la mire, genera ante la rápida lectura, una serie de preguntas de las que se desconocen las respuestas, porque en realidad sus motivaciones son directamente absurdas. Para colmo de males, la expresa mientras visita departamentos vecinos a los que sí, atiende y visita.

¿Sabrá el gobernador que ese proceso puede ser largo, engorroso y pleno de marchas y contramarchas? Mientras tanto, ¿seguirá castigando a los santarrosinos con su ausencia, que es lo mismo que decir con la ausencia del Gobierno de la Provincia?

¿Entenderá el gobernador que los habitantes de Santa Rosa no tienen la culpa de tener la clase dirigente que tienen, y que en todo caso, en vez de negarles su apoyo debería intentar mejorar la situación a través de los mecanismos de la política?

¿Por qué no dice Jaque que en realidad lo que no le gusta de este proceso, es el comportamiento de los concejales de su propio partido, el PJ, quienes fueron fundamentales para decidir la destitución del ex intendente Sergio Salgado? Ello, en realidad, más que desagrado con los procesos institucionales parece un encono que tiene en la interna partidaria su único sustento.

Asimismo, el gobernador tampoco pondera en toda esta situación las culpas de su ministro de Gobierno, Mario Adaro, cuya primera misión –incluso antes de asumir- fue sofocar el conflicto y evitar la crisis institucional que hizo saltar al intendente de su cargo; una tarea en la que fracasó rotundamente.

Evidentemente, el gobernador opta con enojarse con la realidad antes que intentar modificarla. Y lo que aún reviste mayor gravedad, no asume su cuota de responsabilidad en el estado de las cosas. Así, y movido por la obcecación, Jaque prefiere aislar política e institucionalmente a Santa Rosa, antes que ponerse al frente de la solución y dejar, mientras tanto, a los ciudadanos del departamento a la buena de Dios.

No sólo los santarrosinos, sino todas las instituciones de la provincia deberían expresar su alerta ante esta conducta claramente discriminatoria de un gobernador que niega su poder de asistencia estatal por no compartir los mecanismos y las prácticas del Concejo Deliberante. Ya que la decisión esconde, además, visos de autoritarismo y una preocupante concepción del poder y del ejercicio de la función pública.

Porque de ninguna manera, dialogar con las autoridades que hoy tiene Santa Rosa o relacionarse con sus habitantes implica una interferencia en las atribuciones de otro poder, el Judicial, quien tiene pendiente una decisión en conflicto, como intentó justificar Jaque. Justamente, la división de poderes existe, porque las responsabilidades y los ámbitos de acción son distintos, un principio básico de cultura republicana que el gobernador borra de un plumazo sólo porque no le gusta la cara de un intendente, ni cómo éste llegó a su sillón.

Tal vez al gobernador lo asista la razón y hasta el aval jurídico que en un futuro determine que la destitución de Salgado efectivamente fue ilegal, como entiende Jaque. Sin embargo, no puede marginar a todo un departamento, necesitado y en crisis, por un arranque de ceguera, una rabieta adolescente o un capricho que mucho tiene de político y poco de estadista.