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Las aguas bajan turbias
Cristina da conferencia de prensa, Felipe Solá se pasea con los cobistas y los legisladores del PJ montan en cólera con algunas acciones del gobierno de Jaque. ¿El reino del revés? No, apenas algunas muestras gratis de una realidad que se transforma y cuya rareza no todos parecen advertir.
Cristina Fernández acaba de finalizar su primera conferencia de prensa desde que es presidenta, y se encargó de remarcar que desde 1.999 ningún mandatario accedió a esta metodología de vínculo con los medios, y por ende, con los ciudadanos. Por el contrario, la presidenta y también su marido, son los que creen que como dirigentes políticos no necesitan intermediarios, y que –en todo caso- es preferible dirigirse a la gente a través de los actos masivos, o del ahora devaluado atril de la Casa Rosada.
Evidentemente, algo cambió como para que las cosas se presenten distintas y durante una hora y media, dialogue con los representantes de esos mismos medios a los que tantas veces en el último tiempo se ha acusado de opositores, conspiradores y golpistas. O tal vez, en todo caso, esta realidad a la que ahora los argentinos estamos asistiendo, no sea más que una decantación de la convulsionada historia reciente que por más que se la niegue, ha modificado sustancialmente las relaciones de poder y (ojalá) los modos de ejercerlo.
Pero mientras tanto, la alteración de las conductas no necesariamente significa la modificación del pensamiento que las sustenta. El gobierno sigue creyendo que todo el país está equivocado, y que el vicepresidente Julio Cobos no ha sido más que un instrumento de la articulación de pequeños pero poderosos intereses sectoriales que no comprendieron tremendo avance social. Y que en todo caso, haber accedido a un encuentro con el mendocino, fue a la luz del respeto de las instituciones y la división de poderes. Jamás por la comprensión política del fin de un conflicto extenso y angustiante, en el que Cobos fue el catalizador de un descontento profundo que supera ampliamente los latiguillos oficiales de las retenciones como instrumento de Estado (legítimo, por cierto) y de la mejor distribución de la riqueza (necesaria, también).
Así lo expresó en Mendoza Felipe Solá, el diputado peronista bonaerense que tampoco acepta que lo tilden de traidor, y que hace campaña cabalgando desde el autismo del propio kirchnerismo. “Ninguna visita es ingenua”, le dijo a los periodistas, validando que su paso por aquí se asemeja mucho a las construcciones políticas de los dirigentes con aspiraciones. Y Solá las tiene. Justamente debió relegar sus ansias de ser vicepresidente para que Cobos tuviera su lugar. Ahora, y paradojas al margen, se paseó por Mendoza de la mano de los cobistas peronistas y no peronistas que también advierten que es hora de armar ranchos aparte.
La Concertación ya no es aquella mitológica herramienta transversal que sintetizaba lo mejor de los movimientos populares argentinos. Está en terapia intensiva y mantenida con el respirador artificial que Gerardo Zamora y Miguel Saiz le dan casi por exclusiva conveniencia política personal. La salida de Juan Carlos Jaliff del Instituto Nacional de Vitivinicultura es una muestra más de la incomprensión que domina el ambiente.
Y tal entrecruzamiento y enrarecimiento, donde nada es lo que parece y todo puede ser distinto de lo que fue, alcanza al ámbito local, en el que los reacomodamientos que está produciendo esta crisis avecinan pequeños grandes sismos futuros. Y en ese sentido, la Legislatura parece ser un epicentro de consideración cuando se advierte que un peronista se queda solo por defender a Cobos (Roberto Blanco), o que otro peronista –que además es el jefe del bloque oficialista- renuncia y luego se desdice porque asegura que se entera de lo que hace o piensa hacer Celso Jaque por los medios (Carlos Bianchinelli).
Sin embargo, la onda expansiva de las movidas alcanza a la Casa de Gobierno, pues son cada vez más los dirigentes del PJ que creen que Jaque no lidera ni conduce como a ellos les gustaría. Y que en todo caso, sus propias chances futuras se pueden ver afectadas si continúa este estilo que los obligará en el corto plazo a mirar para otro lado o directamente, a enfrentarlo para asegurar su propia supervivencia. Es por eso que antes que esto suceda, prefieren dar la pelea y marcar sus disidencias tanto en las reuniones reservadas que el gobernador debe convocar de urgencia para calmar a la tropa, o directamente, llorando sus quejas en los oídos de los periodistas. Pero, en ambos casos, apuntando con más o menos energía a las atribuciones del secretario de la Gobernación Alejandro Cazabán.
Hacia él dirigen sus reproches, que por elevación también son para el mismo Jaque, y que por ahora se mantienen en el plano de la crisis interna, pues se le acusa desde concentrar las decisiones hasta arreglar con los intendentes opositores o impulsar con picardía la figura de un “coordinador de la capital alterna”, que pone los pelos de punta de un amplio abanico de sectores, propios y también ajenos que van desde intendentes a ministros, pasando por constitucionalistas. Mientras tanto, y ante cada crítica, el gobernador sólo parece decir, parafraseando a su padre político Arturo Lafalla: “Cazabán soy yo”.
Sin embargo, lo que el gobierno tal vez no advierte es que la interna sigue su marcha y que lo sucedido en todo caso son llamados de atención antes de la declaración de guerra. No es un problema que el mapa sea raro y dificultoso, sino que no se lo pueda leer acertadamente. Y que por el contrario, Jaque apunte a reforzar su alineamiento total con el gobierno nacional, pues sabe que únicamente de allí puede provenir algún sustento que asegure mejorar su gestión y la imagen que de ella tienen los mendocinos que no hilan tan fino pero que advierten –cada vez más- que a la confusión hay que dejarla correr pues de ella es imposible beber.
En ese sentido, Cristina y Jaque parecen socios en la desgracia y aliados en la miopía, por más que especulen que a pesar de las críticas, el hecho de compartir un mismo proyecto político les otorga la fortaleza que el humor social les niega. Esta semana volverán a ratificar el pacto aquí en Mendoza para hablar de lealtad y para esconder –acaso- la urgente y mutua necesidad.
Y tal entrecruzamiento y enrarecimiento, donde nada es lo que parece y todo puede ser distinto de lo que fue, alcanza al ámbito local, en el que los reacomodamientos que está produciendo esta crisis avecinan pequeños grandes sismos futuros. Y en ese sentido, la Legislatura parece ser un epicentro de consideración cuando se advierte que un peronista se queda solo por defender a Cobos (Roberto Blanco), o que otro peronista –que además es el jefe del bloque oficialista- renuncia y luego se desdice porque asegura que se entera de lo que hace o piensa hacer Celso Jaque por los medios (Carlos Bianchinelli).
Sin embargo, la onda expansiva de las movidas alcanza a la Casa de Gobierno, pues son cada vez más los dirigentes del PJ que creen que Jaque no lidera ni conduce como a ellos les gustaría. Y que en todo caso, sus propias chances futuras se pueden ver afectadas si continúa este estilo que los obligará en el corto plazo a mirar para otro lado o directamente, a enfrentarlo para asegurar su propia supervivencia. Es por eso que antes que esto suceda, prefieren dar la pelea y marcar sus disidencias tanto en las reuniones reservadas que el gobernador debe convocar de urgencia para calmar a la tropa, o directamente, llorando sus quejas en los oídos de los periodistas. Pero, en ambos casos, apuntando con más o menos energía a las atribuciones del secretario de la Gobernación Alejandro Cazabán.
Hacia él dirigen sus reproches, que por elevación también son para el mismo Jaque, y que por ahora se mantienen en el plano de la crisis interna, pues se le acusa desde concentrar las decisiones hasta arreglar con los intendentes opositores o impulsar con picardía la figura de un “coordinador de la capital alterna”, que pone los pelos de punta de un amplio abanico de sectores, propios y también ajenos que van desde intendentes a ministros, pasando por constitucionalistas. Mientras tanto, y ante cada crítica, el gobernador sólo parece decir, parafraseando a su padre político Arturo Lafalla: “Cazabán soy yo”.
Sin embargo, lo que el gobierno tal vez no advierte es que la interna sigue su marcha y que lo sucedido en todo caso son llamados de atención antes de la declaración de guerra. No es un problema que el mapa sea raro y dificultoso, sino que no se lo pueda leer acertadamente. Y que por el contrario, Jaque apunte a reforzar su alineamiento total con el gobierno nacional, pues sabe que únicamente de allí puede provenir algún sustento que asegure mejorar su gestión y la imagen que de ella tienen los mendocinos que no hilan tan fino pero que advierten –cada vez más- que a la confusión hay que dejarla correr pues de ella es imposible beber.
En ese sentido, Cristina y Jaque parecen socios en la desgracia y aliados en la miopía, por más que especulen que a pesar de las críticas, el hecho de compartir un mismo proyecto político les otorga la fortaleza que el humor social les niega. Esta semana volverán a ratificar el pacto aquí en Mendoza para hablar de lealtad y para esconder –acaso- la urgente y mutua necesidad.