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La mujer, la política y los sentimientos
El ejercicio de la política, desde la antigüedad se dio entre hombres que buscaban el bien común; con el tiempo, las malas prácticas, la corrupción y la ambición inescrupulosa de obtener poder la han desprestigiado y esta actividad noble es hoy para muchos una práctica que genera desconfianza.
Política y poder van de la mano. Es real a la hora del análisis, advertir que la política sin una porción de poder de parte de quien la ejerce, se torna inviable. Empero existen abusos de quienes ejercen el poder justificándolo, supuestamente, en resguardo del bienestar general.
Es que se produce, en ciertos casos, una verdadera obsesión por mantenerse en el poder, lo que perturba, obnubila e impulsa a hacer lo que sea por no perderlo, disipando el verdadero sentido o mejor dicho el motivo originario por el cual, posiblemente, tiempo atrás, hombres comprometidos se involucraron en la política como forma de intervenir para lograr una sociedad más justa.
Los que vivimos parte de la historia reciente de la Argentina, llámese década del setenta en adelante, asistimos a épocas de desencuentros, de atropellos, de lograr objetivos como sea, muchas veces apelando a la violencia, no solo la física, sino la de la palabra, la de la intolerancia, la de la utilización de aquellos que llenos de ideales siguieron caminos que otros indicaron.
Vimos gobiernos democráticos derrocados por mesiánicos que se arrogaban derechos del pueblo; asistimos a traiciones, confabulaciones, el temor o lo que es peor aún la indiferencia de muchos, finalmente, cuando el costo fue muy alto, logramos tomar conciencia y advertir que la democracia, por más dificultades que tenga un gobierno, es la única vía.
Hoy, en ocasiones, se ve a la arbitrariedad como forma de ejercer el poder o justificar acciones que van en contra de lo que se pregonó, sin darse cuenta que el poder que se ostenta, otorgado por la decisión popular, no constituye una “declaración de amor perpetuo” con el gobernante de turno.
Es que todos los días se rinde examen y se ve en la sociedad una actitud más crítica. Está bien que así sea, pero también es necesario que no solo la urgencia dada por una coyuntura especial nos movilice como sociedad. Es necesario que se establezca una forma de conciencia colectiva en la que el individualismo que sufre un mundo cada vez más indiferente y materialista, ceda frente al compromiso de generaciones con experiencia que motiven e inspiren a los que vienen para tomar la posta.
Es que estamos en una vidriera y mantener la coherencia en materia política no es tarea sencilla. Es que el calor que da la cercanía con el poder que cobija y abriga, no solo es placentero, sino para muchos una verdadera necesidad. Es que la exposición y el mostrarnos sin tapujos ante la sociedad a veces tiene un duro “costo político”.
Así pues, el poder y la política más allá de las actividades o roles que se ejerzan, tienen una relación estrecha y a la hora de decidir o tener que tomar una determinación la convicción personal muchas veces cede frente a una decisión corporativa.
El respeto a la libertad, al disenso, el compromiso, el no aprovecharse del débil, harían de nuestro mundo y nuestro paso por la política, una tarea más sencilla.
Si todos o la mayor parte de los ciudadanos nos despojáramos de mezquindades, si no buscáramos denostar al adversario para mantenernos o escalar posiciones en la función pública, quizás estaríamos preparados para luchar por una sociedad más justa y equitativa.
¿Hay diferencia en el análisis político del poder según lo detenten mujeres u hombres?
Algunos consideran que las mujeres tienen mayor dificultad no solo a la hora de acceder al poder sino a la hora de ejercerlo.
Una ley de cupos femenina nos ha permitido a muchas estar en cargos de decisión, a veces como minoría, otras como mayoría, hoy con cargos de suma importancia como lo es el de Presidenta de la Nación Argentina y Gobernadora de la Provincia de Tierra del Fuego. Si bien algunas consideramos la ley como discriminatoria fue la forma de lograr en un mundo de varones empezar a transitar por carriles con igualdad de posibilidades.
Con todo, el ejercicio del poder y su forma de acceso al mismo no es una cuestión de género, ni de una reivindicación de él. El ejercicio de un poder prudente tiene que ver con la lealtad a la hora de defender nuestras ideas, tiene que ver con nuestra historia, con el cumplir con la palabra, con no bajar lo brazos y luchar con todas las fuerzas necesarias por lo que pensamos es justo, con mantener la coherencia sea cual fuere el costo.
Amar lo que se hace y hacer lo que se quiere es un privilegio. No se debe reprimir la vocación por la política. Algunas, no podemos ocultar nuestro placer al involucrarnos, al opinar, denunciar, al defender o arremeter vehementemente en una postura. Y es tiempo, a esta altura de hablar de la libertad en las decisiones, del no traicionar las propias convicciones, cuando estamos convencidos que estas tienden al bien común.
Aún cuando algunos tilden de “puristas” estas formas de hacer política, hay que luchar con toda la fuerza y el coraje necesario, para que, al final del camino no recibamos el dictamen de una conciencia que nos atribule por haberla traicionado.
La autora es senadora provincial.
Hoy, en ocasiones, se ve a la arbitrariedad como forma de ejercer el poder o justificar acciones que van en contra de lo que se pregonó, sin darse cuenta que el poder que se ostenta, otorgado por la decisión popular, no constituye una “declaración de amor perpetuo” con el gobernante de turno.
Es que todos los días se rinde examen y se ve en la sociedad una actitud más crítica. Está bien que así sea, pero también es necesario que no solo la urgencia dada por una coyuntura especial nos movilice como sociedad. Es necesario que se establezca una forma de conciencia colectiva en la que el individualismo que sufre un mundo cada vez más indiferente y materialista, ceda frente al compromiso de generaciones con experiencia que motiven e inspiren a los que vienen para tomar la posta.
Es que estamos en una vidriera y mantener la coherencia en materia política no es tarea sencilla. Es que el calor que da la cercanía con el poder que cobija y abriga, no solo es placentero, sino para muchos una verdadera necesidad. Es que la exposición y el mostrarnos sin tapujos ante la sociedad a veces tiene un duro “costo político”.
Así pues, el poder y la política más allá de las actividades o roles que se ejerzan, tienen una relación estrecha y a la hora de decidir o tener que tomar una determinación la convicción personal muchas veces cede frente a una decisión corporativa.
El respeto a la libertad, al disenso, el compromiso, el no aprovecharse del débil, harían de nuestro mundo y nuestro paso por la política, una tarea más sencilla.
Si todos o la mayor parte de los ciudadanos nos despojáramos de mezquindades, si no buscáramos denostar al adversario para mantenernos o escalar posiciones en la función pública, quizás estaríamos preparados para luchar por una sociedad más justa y equitativa.
¿Hay diferencia en el análisis político del poder según lo detenten mujeres u hombres?
Algunos consideran que las mujeres tienen mayor dificultad no solo a la hora de acceder al poder sino a la hora de ejercerlo.
Una ley de cupos femenina nos ha permitido a muchas estar en cargos de decisión, a veces como minoría, otras como mayoría, hoy con cargos de suma importancia como lo es el de Presidenta de la Nación Argentina y Gobernadora de la Provincia de Tierra del Fuego. Si bien algunas consideramos la ley como discriminatoria fue la forma de lograr en un mundo de varones empezar a transitar por carriles con igualdad de posibilidades.
Con todo, el ejercicio del poder y su forma de acceso al mismo no es una cuestión de género, ni de una reivindicación de él. El ejercicio de un poder prudente tiene que ver con la lealtad a la hora de defender nuestras ideas, tiene que ver con nuestra historia, con el cumplir con la palabra, con no bajar lo brazos y luchar con todas las fuerzas necesarias por lo que pensamos es justo, con mantener la coherencia sea cual fuere el costo.
Amar lo que se hace y hacer lo que se quiere es un privilegio. No se debe reprimir la vocación por la política. Algunas, no podemos ocultar nuestro placer al involucrarnos, al opinar, denunciar, al defender o arremeter vehementemente en una postura. Y es tiempo, a esta altura de hablar de la libertad en las decisiones, del no traicionar las propias convicciones, cuando estamos convencidos que estas tienden al bien común.
Aún cuando algunos tilden de “puristas” estas formas de hacer política, hay que luchar con toda la fuerza y el coraje necesario, para que, al final del camino no recibamos el dictamen de una conciencia que nos atribule por haberla traicionado.
La autora es senadora provincial.