La cárcel: el lugar de la alfombra para esconder la basura social
El agente penitenciario muerto es una víctima del no cumplimiento de la ley, respecto de los ámbitos de la privación de la libertad. Un devenir histórico que no le interesa a nadie y una evidencia: jamás ha habido una política sustentable en el tiempo para solucionar un problema cada vez más acuciante.
- Mirá las palomas vigilantes estas…, dice el Rubén.
- ¿Qué pasa?, le contesto.
- Se encanutan solas en vez de andar volando por el Parque.
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La inolvidable escena se corresponde con el año 1996 y transcurrió en el ya inexistente Pabellón 3. Junto a nosotros, que estábamos sentados en suelo, tomando mate y mirando al cura Jorge Contreras jugar al ping pong, había un guardiacárcel muy amable y dedicado, que compartió el comentario con risas y aprobaciones, porque claro, él también era un preso como el Rubén, pero de su ominoso trabajo.
Ese buen hombre ahora está jubilado y hace unos días me lo encontré en la cola de una casa de cambio, en San Martín y Catamarca. Su nombre no viene al caso, pero sí el hecho de que, durante diez largos años, nos ayudó enormemente dentro de la Casa de Piedra con el desamparado proyecto de teatro, literatura y música, que aún, con dedicado esfuerzo, lleva adelante Pablo Flores, con el apoyo de siempre de los curas Contreras y Roberto Juárez.
Ese buen hombre, el guardiacárcel, tenía algo muy en claro: la prisión es el infierno en la Tierra y la mejor manera de convivir en el infierno es tener a todo el mundo ocupado haciendo algo útil. No obstante, nunca nadie lo reconoció por hacer su trabajo como correspondía y se jubiló siendo no mucho más que un número de legajo.
- Te va a parecer raro, hermano, pero se extraña. Son muchos años…, me dijo al despedirse.
Ambos hechos dejan una evidencia inequívoca: no sólo los presos están presos. Dadas las condiciones que se viven, los hombres y mujeres del Servicio Penitenciario y de otros servicios soportan trabajo insalubre y hasta acarrean cierto desprecio histórico dentro del abanico de las fuerzas de seguridad.
En mis diez años de labor en la cárcel, vi de todo: asesinatos, suicidios, cuerpos con sarna, gesto de tremenda solidaridad, traiciones sin castigo, comida podrida, drogas, pobreza extrema, angustia irremontable, cámaras de televisión, sentidos del humor acribillados, incendios, motines, intentos de motines, amores, pericotes, reinas de la vendimia, fusiles, sangre, venganzas, enfermos terminales, bebés, lágrimas, chuzas, madres y hasta me vi a mí mismo atrapado en la libertad.
Sin embargo, nunca vi la aplicación certera y sustentable de una política penitenciaria y jamás vi que se cumpliera aquello que la ley manda. Y esto no es un intento de velar por “los derechos humanos de los delincuentes”, sino, sólo en este caso puntual, de velar por los derechos humanos de todas las personas que trabajan a diario en la cárcel de Mendoza.
Por eso, si ayer murió un guardiacárcel fue a causa del no cumplimiento histórico de lo que la Ley de la Pena Privativa de Libertad, 24660/96 (y su correspondiente provincial, la 6513/96) ordena. Esa ley, basta repasarla, está tan bien hecha que su simple cumplimiento corre a un lado el debate sobre los derechos humanos y nos pone en frente un verdadero ordenamiento institucional de la problemática.
Dicho de otro modo: en Mendoza, lo que ocurre en las cárceles es que la misma ley que con justicia mete preso a un delincuente, comienza a fallar del portón para adentro de la prisión. Y falla para los internos, pero también para todas las personas que allí trabajan.
En poco más de diez años, unos diez hombres dirigieron el penal. Recuerdo a: E l Patón Rojas, Edgardo Peralta, Manuel Cruz Videla, Alejandro Espeche, Eduardo Orozco, Mariano Cortez Murillo, Sergio Miranda, Omar Pérez Botti, Alejandro Marambio y ahora el prefecto federal Carlos Caballero, continuando con experiencia, dura, de la nunca explicitada intervención nacional a la cárcel provincial.
Aunque algunos fueron unos perfectos inútiles, todos siempre me dejaron la misma sensación: administración del encierro. Jamás tuve la evidencia, aunque remota, de que la problemática penitenciaria le importara a alguna gestión provincial. El asunto era no ser noticia o serlo por una obrita de teatro o alguna obra que se debía inaugurar con presencia de periodistas, día en que, lo he visto, hasta hacían "desfilar" delante de los invitados bandejas con increíbles cerdos o asado de tira, para darle de comer a la población penitenciaria.
Curiosamente, los subsecretarios de Justicia de esos directores, en general, han tenido un perfil “garantista”: Alejandro Poquet, Roberto Grillo, Eduardo Orozco, Alejandro Acosta, Gustavo Castiñeira de Dios y Diego Lavado. Todos ellos son medianamente jóvenes y varios de ellos son tipos cultos y profundos conocedores de la problemática. Con algunos, incluso, he compartido paneles y cafés, con coincidencias intelectuales profundas. No obstante, ante tanta semejanza, la prerrogativa siempre pareció ser la misma: en el mejor de los casos, ejercer un poder más o menos corporativo y un discurso efectivo, pero sin un debido acuerdo político y sin ninguna clase de proyecto sostenido en el tiempo.
Todos ellos se fueron y yo mismo dejé de hacer teatro con los presos, improvisando un escenario iluso en un rincón de esos mugrientos pabellones. Sin embargo, como dijo aquel sabio guardiacárcel jubilado, “se extraña”.
Se extraña aunque la cárcel no sea otra cosa que un ámbito cruel del no cumplimiento de la ley, un doctorado en delincuencia mayor, un lugar de trabajo inmundo, un montón de basura debajo de la alfombra, una fábrica de miedo social y un espacio con una carga simbólica increíble, dispuesto, casi con indefensión, para que algunos piensen que hay que ir y matarlos a todos y otros piensen que hay que insertar a los que más se puedan. Y de nada servirán al respecto los autoacuartelamientos, los motines y las obras de teatro, si la política no se hace cargo del tema.
En fin, se extraña. Aunque está claro que sólo es cuestión de días hasta que el joven guardiacárcel asesinado sea dejado de lado por la memoria social, que preferirá ir por ahí, liviana, risueña y despreocupada, bailando o patinando por un sueño.
Ambos hechos dejan una evidencia inequívoca: no sólo los presos están presos. Dadas las condiciones que se viven, los hombres y mujeres del Servicio Penitenciario y de otros servicios soportan trabajo insalubre y hasta acarrean cierto desprecio histórico dentro del abanico de las fuerzas de seguridad.
En mis diez años de labor en la cárcel, vi de todo: asesinatos, suicidios, cuerpos con sarna, gesto de tremenda solidaridad, traiciones sin castigo, comida podrida, drogas, pobreza extrema, angustia irremontable, cámaras de televisión, sentidos del humor acribillados, incendios, motines, intentos de motines, amores, pericotes, reinas de la vendimia, fusiles, sangre, venganzas, enfermos terminales, bebés, lágrimas, chuzas, madres y hasta me vi a mí mismo atrapado en la libertad.
Sin embargo, nunca vi la aplicación certera y sustentable de una política penitenciaria y jamás vi que se cumpliera aquello que la ley manda. Y esto no es un intento de velar por “los derechos humanos de los delincuentes”, sino, sólo en este caso puntual, de velar por los derechos humanos de todas las personas que trabajan a diario en la cárcel de Mendoza.
Por eso, si ayer murió un guardiacárcel fue a causa del no cumplimiento histórico de lo que la Ley de la Pena Privativa de Libertad, 24660/96 (y su correspondiente provincial, la 6513/96) ordena. Esa ley, basta repasarla, está tan bien hecha que su simple cumplimiento corre a un lado el debate sobre los derechos humanos y nos pone en frente un verdadero ordenamiento institucional de la problemática.
Dicho de otro modo: en Mendoza, lo que ocurre en las cárceles es que la misma ley que con justicia mete preso a un delincuente, comienza a fallar del portón para adentro de la prisión. Y falla para los internos, pero también para todas las personas que allí trabajan.
En poco más de diez años, unos diez hombres dirigieron el penal. Recuerdo a: E l Patón Rojas, Edgardo Peralta, Manuel Cruz Videla, Alejandro Espeche, Eduardo Orozco, Mariano Cortez Murillo, Sergio Miranda, Omar Pérez Botti, Alejandro Marambio y ahora el prefecto federal Carlos Caballero, continuando con experiencia, dura, de la nunca explicitada intervención nacional a la cárcel provincial.
Aunque algunos fueron unos perfectos inútiles, todos siempre me dejaron la misma sensación: administración del encierro. Jamás tuve la evidencia, aunque remota, de que la problemática penitenciaria le importara a alguna gestión provincial. El asunto era no ser noticia o serlo por una obrita de teatro o alguna obra que se debía inaugurar con presencia de periodistas, día en que, lo he visto, hasta hacían "desfilar" delante de los invitados bandejas con increíbles cerdos o asado de tira, para darle de comer a la población penitenciaria.
Curiosamente, los subsecretarios de Justicia de esos directores, en general, han tenido un perfil “garantista”: Alejandro Poquet, Roberto Grillo, Eduardo Orozco, Alejandro Acosta, Gustavo Castiñeira de Dios y Diego Lavado. Todos ellos son medianamente jóvenes y varios de ellos son tipos cultos y profundos conocedores de la problemática. Con algunos, incluso, he compartido paneles y cafés, con coincidencias intelectuales profundas. No obstante, ante tanta semejanza, la prerrogativa siempre pareció ser la misma: en el mejor de los casos, ejercer un poder más o menos corporativo y un discurso efectivo, pero sin un debido acuerdo político y sin ninguna clase de proyecto sostenido en el tiempo.
Todos ellos se fueron y yo mismo dejé de hacer teatro con los presos, improvisando un escenario iluso en un rincón de esos mugrientos pabellones. Sin embargo, como dijo aquel sabio guardiacárcel jubilado, “se extraña”.
Se extraña aunque la cárcel no sea otra cosa que un ámbito cruel del no cumplimiento de la ley, un doctorado en delincuencia mayor, un lugar de trabajo inmundo, un montón de basura debajo de la alfombra, una fábrica de miedo social y un espacio con una carga simbólica increíble, dispuesto, casi con indefensión, para que algunos piensen que hay que ir y matarlos a todos y otros piensen que hay que insertar a los que más se puedan. Y de nada servirán al respecto los autoacuartelamientos, los motines y las obras de teatro, si la política no se hace cargo del tema.
En fin, se extraña. Aunque está claro que sólo es cuestión de días hasta que el joven guardiacárcel asesinado sea dejado de lado por la memoria social, que preferirá ir por ahí, liviana, risueña y despreocupada, bailando o patinando por un sueño.

