Casa propia: el sueño argentino, en pesadilla cíclica

Con familias al límite por los créditos en UVA el Gobierno debió intervenir (una vez más) con subsidios que nunca son suficientes. Acceder a una vivienda sin dejar la salud en el camino parece ser misión imposible en un país de economía veleta.

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La vivienda propia, histórica aspiración del argentino.

El Gobierno tuvo que intervenir por la crisis en los créditos hipotecarios. En este caso hablamos del salvavidas que el Ejecutivo lanzó el lunes pasado a los deudores en UVA, pero aplica para los '70, los '80, parte de los '90 y la actualidad.

¿El argentino puede hacer realidad el sueño de la casa propia sin perder la salud en el camino por los vaivenes económico-financieros? Al menos los últimos 40 años de historia, lamentablemente, indican que no, en la gran mayoría de los casos.

Salvo los generosos créditos Procrear a tasa prácticamente fija y subsidiada en el segundo gobierno de Cristina Kirchner, la mayoría de los tomadores de préstamos para comprar su casa debe tener un corazón a prueba de emociones fuertes.

La actual crisis de los créditos en Unidad de Valor Adquisitivo (UVA) es es la muestra más reciente de la pesadilla cíclica que viven los argentinos que intentan acceder a su vivienda única. Presentados en 2017, período de calma relativa con “solo” 25% de inflación y dólar planchado, estos préstamos se presentaban como una oportunidad excepcional para cumplir el sueño. La cuota inicial era igual o más baja que la de un alquiler y las proyecciones del Gobierno nacional indicaban años de inflación en baja, por lo que los ajustes no se harían impagables.

Lejos de las proyecciones 2018 llegó con una megadevaluación del 100% que se tradujo en una inflación de casi el 50%, con el consecuente ajuste en los créditos, contra salarios que en la mayoría de los casos mejoraron por debajo del 30%.

Decenas de miles de familias se encuentran hoy, entonces, con salvajes aumentos de cuota que no se condicen con los de sus ingresos ni con el valor real de sus propiedades, que no aumentan (al menos por ahora) al mismo ritmo que la inflación.

Si la carrera sigue con la inflación por delante de los salarios -como ocurre hoy y nada indica que vaya a cambiar en el corto plazo- la gran mayoría de los deudores se encontrarán materialmente imposibilitados de hacer frente a la cuota y cubrir sus necesidades básicas.

Una gestión que reniega de “la cultura del subsidio” se encuentra, a regañadientes, obligada a asistir a víctimas de una economía de eterna veleta.

El escenario resultará familiar para quienes vivieron (o más bien, sufrieron) la tristemente célebre circular 1050 que estableció Martínez de Hoz en 1980. Si bien el escenario de hoy difiere en gran parte con aquel de hace 40 años, la sensación en las familias es la misma: tener casa cuesta sangre, sudor, lágrimas... y una fortuna.

En la situación actual los deudores expresan su desesperación porque, en el peor de los casos, no solo perderían su casa sino que mantendrían una deuda impagable. En caso de que ya no puedan pagar la cuota el banco se quedará con su casa, pero el valor de la propiedad no alcanzará para cancelar la deuda actualizada por UVA, por lo cual deberán afrontar la diferencia.

Por lo pronto, a modo de chaleco de emergencia y a tres meses de una elección crucial, el Gobierno dispuso un auxilio con un subsidio en la cuota para muchos adjudicatarios. De esta forma una gestión que reniega de “la cultura del subsidio” se encuentra, a regañadientes, obligada a asistir a víctimas de un país de economía veleta que hace inviable cualquier tipo de crédito a 10, 20 ó 30 años.

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