¿Calidad u oportunidad? El mundo busca entender al vino argentino

Mendoza volvió a destacar en el escenario global con otros 100 puntos de Catena y Cheval des Andes de la mano del gurú James Suckling... el mismo que advierte sobre el tiro en el pie que implica la asociación de Argentina con “barato”. Cuando la necesidad condiciona al potencial.

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Suckling y su equipo en su paso por Mendoza.

Twitter James Suckling

El vino argentino (y mendocino, más precisamente) volvió a celebrar esta semana por las dos etiquetas que lograron la máxima calificación de James Suckling, uno de los tres críticos más reconocidos del mundo, quien, sin embargo, advirtió sobre la bipolaridad nacional para insertarse en el mercado global con tantos vinos excepcionales como impresentables .

Adrianna Vineyard River Stones Malbec 2017 (Gualtallary, Tupungato) y Cheval des Andes 2017 (Luján de Cuyo) fueron las estrellas de la evaluación de Suckling, quien junto a su hijo y editores de su medio probaron 1.800 botellas en nuestra provincia.

Los vinos perfectos, según el puntaje de Suckler.

El crítico se deshizo en elogios para los terruños del Valle de Uco y su nuevo rincón de oro, Gualtallary. “En Mendoza encontré algunos vinos asombrosos, desde blancos brillantes (principalmente chardonnay) que pueden rankear entre los mejores del mundo, hasta sutiles, complejos y estructurados malbec, cabernet franc y cabernet sauvignon”, reseñó Suckling tras la nueva visita a la provincia, al tiempo que dejó también flores para los bonarda y los vinos “naranja” (blancos elaborados como tintos).

Pero junto con los aplausos el estadounidense llevó a la mesa otra verdad igual de cierta para el vino argentino en el mundo: su creciente asociación con el mercado de lo “barato”.

“La producción de botellas atractiva y bellamente etiquetadas para supermercados o cadenas de restaurantes que son llenadas con vinos pobres no favorece a nadie, particularmente a las bodegas argentinas mismas”, plantea Suckling. Se refiere a los acuerdos de varias bodegas para elaborar “vino de la casa” a un precio conveniente para ambos pero una calidad a veces dudosa (o vergonzosa según Suckling) para el consumidor, que termina por asociar al producto argentino con algo mediocre por el cual no vale la pena sacrificar la billetera.

El desvarío de un vino argentino en busca de identidad en el mundo queda así, una vez más, expuesta. Mientras algunas bodegas juegan todos sus plenos a la calidad a partir de la exaltación del terruño y lo que tiene para ofrecer, otras van por volumen y mercados haciéndose lugar a los codazos entre competidores del viejo y nuevo mundo.

Desde lo objetivo, países aspiracionales en el ideario del vino han gozado de mejor salud que los “graneros del mundo vitivinícola”. Pocos se animarían a discutir a Francia, por ejemplo.

La diferencia es que Francia es Francia y sus circunstancias, y Argentina es, a su vez, Argentina y sus circunstancias. Esto es: un país europeo del primer mundo con una economía sólida y condiciones de mercado estable durante décadas frente a uno en desarrollo con vaivenes, "subeybajas", incertidumbre, devaluación, inflación y demás males que aquejan a estas tierras desde casi siempre.

Esto hace que muchos jugadores del sector se bajen de la carrera por la calidad no por desdén, sino por necesidad. La necesidad de subsistir e intentar hacer crecer el negocio en escenarios siempre cambiantes que hacen casi imposible trazar un camino que requiere de muchos años de trabajo para lograr joyas que brillen en el mundo.

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