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Proteger el pasado para mirar al futuro: el patrimonio cultural como deuda pendiente en Mendoza

Mientras las grandes ciudades del mundo comprenden que su historia no es sólo un activo estratégico, sino también un deber moral, en Mendoza el patrimonio cultural parece relegado al abandono y al olvido.

Mientras las grandes ciudades del mundo comprenden que su historia no es sólo un activo estratégico, sino también un deber moral, en Mendoza el patrimonio cultural parece relegado al abandono y al olvido.

Mientras las grandes ciudades del mundo comprenden que su historia no es sólo un activo estratégico, sino también un deber moral, en Mendoza el patrimonio cultural parece relegado al abandono y al olvido.

Rodrigo D'Angelo / MDZ

Mientras las grandes ciudades del mundo comprenden que su historia no es sólo un activo estratégico, sino también un deber moral, en Mendoza el patrimonio cultural parece relegado al abandono y al olvido.

El cuidado y la protección del patrimonio no responden a un capricho romántico ni a una obsesión conservacionista. Es una cuestión de identidad, de memoria y de desarrollo. Las naciones que entendieron esto no se limitaron a preservar su pasado: lo convirtieron en capital simbólico, herramienta educativa, atractivo turístico y valor económico.

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Proteger lugares y edificios históricos, establecer límites a construcciones invasivas, declarar zonas intangibles o fijar reglas estrictas para la intervención urbana no significa frenar el progreso. Significa orientar el crecimiento sin sacrificar la memoria común.

Ciudades que crecen sin borrar su historia

En París, la arquitectura histórica mantiene alturas reguladas y fachadas protegidas por normas estrictas que preservan la armonía urbana. En Roma, cualquier obra debe convivir con restos arqueológicos milenarios bajo un régimen de protección severo.

El fenómeno se repite a lo largo de toda Europa, Asia y en ciudades históricas de América Latina, donde las restricciones a la demolición y a las intervenciones estructurales son la regla, no la excepción. El desarrollo urbano busca integrar la historia, no borrarla. Hace décadas que las naciones desarrolladas comprendieron algo básico: destruir el patrimonio es empobrecerse culturalmente. En nuestra provincia, sin embargo, esa lección aún parece pendiente.

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Mientras las grandes ciudades del mundo comprenden que su historia no es sólo un activo estratégico, sino también un deber moral, en Mendoza el patrimonio cultural parece relegado al abandono y al olvido.

Mientras las grandes ciudades del mundo comprenden que su historia no es sólo un activo estratégico, sino también un deber moral, en Mendoza el patrimonio cultural parece relegado al abandono y al olvido.

Mendoza y la fragilidad de su memoria

En Mendoza, la protección del patrimonio parece una prioridad secundaria. Las Ruinas de Paramillos, testimonio de la actividad minera colonial, carecen de una puesta en valor acorde con su relevancia histórica. La falta de infraestructura vial limita el acceso del público, mientras que los grafitis y el vandalismo deterioran un sitio que podría ser un eje de turismo cultural y educativo.

El bosque fosilizado que asombró a Charles Darwin continúa siendo un sitio escasamente difundido y protegido, expuesto durante años a saqueos y abandono, donde hoy ni siquiera permanece la placa de bronce conmemorativa del científico y explorador.

A ello se suma otro fenómeno silencioso pero igualmente preocupante: la desaparición progresiva de viñedos antiguos e históricos, muchos de ellos parte constitutiva del paisaje cultural mendocino. La falta de planificación urbana y de criterios de preservación territorial permite que el avance inmobiliario arrase con fincas tradicionales que no sólo tienen valor productivo, sino también identitario. No se trata únicamente de hectáreas cultivadas: se trata de un paisaje construido durante generaciones, de una cultura del vino que dio forma a nuestra economía y a nuestra proyección internacional.

El patrón se repite en el casco histórico de la Ciudad de Mendoza. El deterioro y la ausencia de intervenciones sostenidas afectan a templos emblemáticos como la Catedral Nuestra Señora de Loreto, la Basílica Nuestra Señora del Rosario, la Iglesia Nuestra Señora de la Merced y la Basílica de San Francisco. No son sólo construcciones religiosas: forman parte de la memoria espiritual, cultural y urbana de la provincia.

Ni hablar del estado calamitoso de las centenarias acequias y veredas que supieron ser el orgullo mendocino en el resto del país.

Si bien estos casos son paradigmáticos y fieles reflejos de la omisión de una política de Estado, el fenómeno se repite incansablemente en toda la provincia.

Una cuestión de identidad

Todas las naciones desarrolladas honran y protegen su pasado. Lo hacen mediante leyes claras, inversión pública sostenida y conciencia ciudadana. Preservar nuestro patrimonio no es frenar el crecimiento: es darle profundidad.

No protegerlo no es sólo una falta de respeto a nuestra historia; es una falta de respeto a la mendocinidad misma. No cuidar lo que somos es el primer paso para dejar de serlo.