Las banderas son trapos populistas

Las banderas son trapos populistas

Mientras el sentimiento escolar de 20 de junio sobrevuela una fecha que se vuelve cada vez más un significante vacío, nuestro país se encamina a una nueva gesta aislacionista. Una reflexión sobre el patriotismo como la "menos perspicaz de las pasiones".

Laureano Manson

Laureano Manson

Hace unos días, precisamente el 14 de junio, en el aniversario número 34 de la muerte de Jorge Luis Borges, el Ministerio de Cultura de la Nación le dedicó una fría mención, mientras en esa misma jornada propagó un encendido homenaje a Ernesto "Che" Guevara a 92 años de su nacimiento. Borges decía que el patriotismo "es la menos perspicaz de las pasiones"; un concepto tan filoso como distante de cierto sentimiento escolar que nos invade cada 20 de junio.

En una fecha tan Billiken como la que estamos atravesando y en medio de un escenario de pandemia global, es posible reflexionar de una manera menos idílica sobre los vínculos entre bandera, patria y nacionalismo. Desde Donald Trump a Jair Bolsonaro, pasando por Boris Johnson o los catalanes independentistas; todo modelo populista está signado por un mandato aislacionista y un afán de insertar en el pensamiento popular la idea de que cada país puede construir su propio destino sin importar lo que haga, o sobre todo lo que piense, el vecino. Mientras el mundo se muestra cada vez más globalizado, desde lo sanitario a lo digital, estos movimientos se aferran a la "singularidad" con una vuelta a lo más primario de cada territorio, y simultáneamente intentando "independizarse" de la gran comunidad global.

La bandera como símbolo obviamente juega un rol preponderante en esta concepción de nacionalismo a ultranza. Significantes cada vez más vaciós como los de soberanía y patria, se estampan en los colores de esos pedazos de trapos que flamean cada vez más deshilachados. 

Mientras el mundo se debate entre el caos y la preservación, en Argentina en estas últimas semanas hemos escuchado hablar de "soberanía alimentaria" en el marco del procedimiento de expropiación de una empresa, y "línea aérea de bandera" tras la inminente salida de LATAM del país; y la consecuente omnipresencia de Aerolíneas Argentinas en unas rutas que quedarán raleadas de competencia.

Lo de Vicentín es un embrollo descomunal. Una mega empresa que le debe un tendal de millones al Estado, y un Estado que sale a su "rescate" y destaca la importancia estratégica de la agroexportadora en la mecánica de ingreso de divisas extranjeras. En el medio está una Justicia siempre impávida y lenta, que no es capaz de apremiar a los empresarios para que paguen su deuda, y de trasfondo el "fantasma" de una potencial adquisición por parte de algún gigante extranjero. Se habla de "soberanía alimentaria", pero Vicentín exporta granos, no manufactura alimentos. Nuestro país tiene mucho por pagar a los acreedores extranjeros, fruto del contundente endeudamiento durante el gobierno de Macri, pero el Estado, que nunca ha sido un brillante gerente de empresas (dos tótems como YPF y Aerolíneas Argentinas sirven apenas como muestra); se encamina a hacer el milagro en Vicentín, sin importar el impacto en la muy deteriorada imagen de previsibilidad que nuestro país tiene el escenario internacional.

Si Vicentín no es precisamente un emblema para condecorar en un mástil, LATAM bien podría ser una bandera para colgar en nuestras ventanas o balcones. La historia de la empresa chilena LAN, luego fusionada con la brasileña TAM le dio a nuestra aeronavegación un impulso de mayor diversidad de rutas y destinos, mientras su crecimiento supuso una alternativa de sana competencia a Aerolíneas Argentinas. Desde un comienzo, LATAM tuvo que luchar en Argentina con un gremio no muy amigable que se ocupó de que los aviones de esta línea en algunos aeropuertos no tengan mangas de ingreso, o que las escaleras llegaran a las puertas bastante tiempo después de producido el aterrizaje. No hubo "rescate" posible para los 1715 trabajadores directos de LATAM en nuestro país y los casi 3000 indirectos, y la compañía mirando de reojo un potencial escenario de expropiación, armó sus valijas y se fue. De momento, Argentina es el único país latinoamericano del que se desligó la gran empresa. La consecuencia directa de la partida de LATAM es que se volará "menos, peor y más caro", según detalló certeramente el consultor aerocomercial Franco Rinaldi a MDZ Radio.

Mientras en esta fecha se multiplican efemérides y logos de banderas argentinas por doquier, tal vez es tiempo de pensar en nuestra patria como una parte vital de la comunidad mundial. Una pandemia global, cubierta en los medios a través de una digitalización global, debería ser el símbolo más elocuente para hablar de soberanía de un país con proyecto a largo plazo. Esto no es Billiken, y este no es tiempo para seguir flameando patriotismo rancio. La única bandera que puede salvarnos de la debacle no es la celeste y blanca, sino la que tiene todos los colores de un mundo pluralista.

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