Carta a Alejo Hunau y a una inJusticia que va más allá de las rejas

Carta a Alejo Hunau y a una inJusticia que va más allá de las rejas

La fuerte polémica por el beneficio de arrestos domiciliarios a varios presos en el marco de la pandemia de coronavirus, encendió un debate que requiere una lectura que va más allá de la mirada unidimensional del delito.

Laureano Manson

Laureano Manson

Antes que nada, quiero contarles que Alejo Hunau fue un gran comunicador. Esto lo digo, porque en los últimos días su nombre suena en los medios mayormente por el beneficio de prisión domiciliara para su asesino, Diego Arduino.

No fui amigo cercano de Alejo, pero siempre respeté mucho su trabajo, que incluyó el logro de hacer algo casi inédito en la historia de la televisión mendocina: un buen programa. Estoy hablando de "El Ático", notable envío por el que ganó un premio Martín Fierro a fines de los '90. Sumamente inquieto, Hunau fue asesor de coordinación de prensa durante el gobierno de Roberto Iglesias, estuvo al frente de la Casa de Mendoza en Capital Federal, fue jefe de la campaña política de Julio Cobos en 2003, asesor del Ministerio de Turismo y Cultura; y desarrolló una apasionada labor en diferentes ámbitos del ejercicio docente. Todo eso y mucho más en 33 años, hasta que Arduino le arrebató la vida a fines de noviembre de 2004 en el departamento en el que vivía, paradójicamente a metros de la Casa de Gobierno, ámbito que el comunicador transitó tantas veces en su día a día.

La mamá de Hunau, Silvia Ontivero, no solo tuvo que atravesar el calvario del asesinato de su hijo, sino que su propia historia está signada por las más aberrantes torturas sufridas durante la última dictadura cuando fue secuestrada en 1976, en un derrotero que la llevó del D2 a la Penitenciaría Provincial y de allí a la cárcel de Devoto. Ejemplo de resiliencia, Ontivero se transformó en referente esencial de los Derechos Humanos y de la lucha por los crímenes de lesa humanidad en nuestra provincia.

Hace poco más de dos meses, tuvimos la chance de dialogar de manera extendida con Silvia en MDZ Radio, cuando ella se opuso al beneficio de libertad condicional hacia Arduino, quien llevaba cumplidos 14 de los 16 años de su condena. Ontivero señaló que siguió atentamente la hoja de vida del homicida de su hijo en la cárcel, y considerando que no había progresado humanamente, su permanencia en prisión representaba “una nueva y quizá última oportunidad de darle un vuelco a su vida y aprovechar el tiempo que le queda para instruirse, reflexionar, re aprender este tema de las relaciones positivas y prepararse en el tiempo que le queda por salir”. 

Sin embargo, el escenario cambió repentinamente cuando hace días la Justicia le otorgó el beneficio de prisión domiciliaria a Arduino, quien por ser asmático está dentro de la población de riesgo en el marco de la crisis de coronavirus que azota al mundo. En esta oportunidad, Silvia avaló la domiciliaria para el criminal y sostuvo: "Estamos ante una pandemia que en la situación de hacinamiento en las cárceles puede llevarlo a la muerte. Pienso y deseo que es una nueva oportunidad para que se dé cuenta que la vida le pone en bandeja un nuevo reto y es que cambie su vida de una buena vez, recupere los valores que le dio su familia, recupere sus hijos y se convierta en un hombre de bien"

En su reciente escrito, Ontivero remarca que los genocidas de la dictadura no deberían tener ningún tipo de privilegio, y subraya: "Ellos están donde deben estar. Sin beneficios porque no los merecen". Días después, en varias entrevistas extendió su solidaridad a familiares de víctimas por violencia de género y femicidio, señalando que los autores de esos hechos tampoco deberían recibir ningún trato preferencial. Esta madre que aporta un punto de vista diferencial al de gran parte de la sociedad, que no olvida el dolor de la ausencia de su hijo, pero a que a la vez comprende la precariedad del sistema carcelario en nuestro país, llevó a que los medios atendieran su testimonio, con una mirada que osciló entre el respeto y la confrontación. De hecho, Guillermo Andino llegó a calificar su actitud como "díscola".

Ontivero tuvo la oportunidad de que su voz sea escuchada durante gran parte del procedimiento, cosa que no ha sucedido con familiares de tantas otras víctimas en el país. Pero aquí lo que interesa poner en foco es el calvario completo detrás de cada caso. Puntualmente, hicieron falta casi tres años para que en 2007 recaiga sobre Arduino la condena a 16 años de prisión. Antes, había sido liberado en 2005 por la Segunda Cámara del Crimen de Mendoza, en la que estaba como integrante José Valerio, actual Ministro de la Suprema Corte que fue postulado por Alfredo Cornejo. En aquel 2005, y en una actitud claramente homofóbica, Valerio cargó las tintas sobre Hunau revictimizándolo por sus "conductas sociales desviadas". En el medio de eso, Arduino estuvo prófugo y el caso se complicó hasta que finalmente llegó la mencionada sentencia en 2007.

Poner en claro ese derrotero, es necesario para recordar que la Justicia habitualmente en Argentina procede de manera tardía y unas cuantas veces bajo prácticas inescrupulosas. La indignación de familiares de víctimas cuyos victimarios son beneficados con el arresto domiciliario, no solo tiene que ver con esa decisión puntual, sino con todo un historial de manoseo, plagado de irregularidades. En nuestro país, en varias ocasiones, llegar a una condena implica más trabajo para las familias de los damnificados que para la Justicia.

La trastienda del odio a los delincuentes

El mundo carcelario es tan complejo que resiste cualquier atisbo de generalización. Así y todo, ya se trate de un pobre que caiga detrás de las rejas como chivo expiatorio de una Justicia que más que buscar precisamente justicia, va tras una cohartada que calme los ánimos de la opinión pública, o se trate de verdaderos culpables de los delitos más aberrantes; el común denominador en nuestro país tiene su ADN en la notable falta de resocialización de los presos y su consecuente estigmatización social.

Por más de que el debate se instale circularmente alrededor de la Justicia y el sistema carcelario, habría que tener una mirada más abarcadora de un fenómeno que avanza de manera inexorable. El delito no tiene que ver con la pertinencia de clase sino con nuestra continua decadencia sociocultural. En Argentina puede delinquir desde el funcionario que prefiere sacar una buena tajada de una coima antes que trabajar en pos de los ciudadanos, hasta quien incursiona una o reiteradas veces en el delito por un impiadoso ejercicio de la violencia. Alguien podría señalar que también están quienes roban por necesidad, pero el constante incremento del Estado en la asistencia a los más vulnerables, debería neutralizar el crecimiento exponencial de la delincuencia.

Vuelvo a reiterar el concepto de que la corrupción y la delincuencia atraviesan a todas las clases sociales. Frente a la desigualdad de oportunidades, la falta de crecimiento y  movimiento social ascendente en nuestro país en más de diez años, no podemos pensar en el asistencialismo como única vía de sostenimiento de un sistema. Obviamente, en un cuadro de pandemia como el que estamos cursando, es más que nunca necesario un Estado que proteja a sus ciudadanos con todos los instrumentos posibles. Pero si nos remontamos no solo a la última década, sino a nuestro historial de algunas décadas previas, contamos como mayor mérito la recuperación de un país democrático, pero simultáneamente cada vez más carente en la igualdad de oportunidades.

En términos estrictamente fácticos, el peronismo es quien ha estado al frente del destino nacional durante la mayor porción de tiempo desde la conquista de la nueva democracia. También es fáctico que la gestión de Macri solamente será recordada por haber sido el primer gobierno no peronista que logró terminar su mandato en los últimos 35 años. Mientras la ayuda a los sectores más carentes debería tener como objetivo concreto promover la evolución de quienes menos tienen, el asistencialismo tiende a naturalizarse como la única vía posible de nuestra sociedad. En el medio, los gobiernos que venimos transitando han omitido una acción clave: fomentar la cultura del trabajo.

Claro que esa omisión está enquistada en pirámide desde dirigentes que rosquean en beneficio de sus propias arcas, hasta ciudadanos que transforman la ayuda social en abuso cuando encuentran la vuelta de tuerca para anotarse en mucho más que un plan de asistencia. Al radicalismo de Alfonsín le tocó abrir una nueva etapa de la historia argentina, mientras que la Alianza o Cambiemos claramente no dieron en la tecla con el mencionado fomento de la cultura del trabajo. Tampoco lo lograron el peronismo neoliberal de Menem, ni el progresista de Néstor y Cristina

Alberto Fernández viene de ser cuestionado por su aval de palabra a los arrestos domiciliarios durante la pandemia, aunque es necesario remarcar que las irregularidades que saltaron a la vista en estos días corren por cuenta exclusiva de la Justicia. Nuestro presidente no solo enfrenta el reto de una pandemia devastadora, sino que deberá orquestar una agenda y un plan económico para que una vez pasado este flagelo, se pueda trazar un país con apuesta a futuro, persistiendo en la ayuda a los más carenciados, pero avanzando hacia la paulatina disminución del asistencialismo como médula espinal del Estado. Obviamente no es desafío sencillo. Para sanear un largo historial de corrupción institucional y social, no hay otro camino que el del estímulo a la productividad y la cultura del trabajo. Fomentar un país con menos delincuentes, tanto en los despachos gubernamentales como en las calles, es la única vía para pensar en un porvenir con más oportunidades y menos cárceles.

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