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Se trata de que quien las haga, las pague

"Barrabravas de la República, buscamos la mejor forma de instalar nuestra bravuconada por encima de la de los otros".
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El titular del Tribunal de Cuentas de Brasil, Julio Marcelo de Oliveira, con tan solo una parrafada, al ser entrevistado en MDZ Radio, devolvió a su cauce una cuestión que nunca debió salir de su carril: "Los actos para que haya un combate efectivo contra la corrupción o contra el mal manejo de los fondos públicos, tienen que tener consecuencias. Si algo grave fue hecho y si la legislación prevé una sanción, esa sanción debe ser aplicada. Porque si no es aplicada, queda sin credibilidad tanto la legislación como las personas que son responsables de aplicar esa legislación".

Básicamente lo que nos dijo es que "quien las haga, las pague". Se refería, en su caso, a la monumental investigación sobre casos de corrupción que se vive en su país y, en su caso particular, como revisor de las cuentas de la presidenta Dilma Rousseff. Pero es perfectamente aplicable a nuestra realidad.

Aquí, todos somos querellantes particulares en cualquier causa que involucre a personas de nuestro afecto o que nos produzcan aversión. Por lo tanto, el precepto señalado, básico y fundacional de la convivencia social que es que quien se pasó de la raya deba ser reubicado, queda en un segundo lugar.

Todos, sepamos o no del tema, nos sumimos en un fervor apasionado en lugar de razonar. No hay punto de equilibrio y, si es que lo hubiere en alguno, rápidamente queda opacado por el triunfo de la pasión por sobre la razón.

Un proceso judicial se transforma -en función de una multiplicidad de falencias de cada uno de los que conformamos el complejo entramado de la sociedad- en un partido de fútbol. Los argentinos pasamos a ser una creación literaria de Robert Louis Stevenson y pasamos del ser el Dr. Jeckyll a actuar como Mr. Hyde en un santiamén.

Barrabravas de la República, buscamos la mejor forma de instalar nuestra bravuconada por encima de la de los otros y, de esa forma, imponernos por la fuerza en lugar que por el imperio de las reglas: la ley.

El problema es que aquí el manto de sospecha alcanza al "arbitraje". Eso no justifica la reacción, sino que -precisamente- bien podría ser el impulso crítico para avanzar en procesos de limpieza que permitan volver a creer en las reglas del juego.

Si cada uno de los que juega el partido de la democracia viola, a su manera y con sus propias mañas, los acuerdos previos, es previsible que el resultado termine siendo, como en el fútbol, consecuencia de destreza, trampa, garra, extorsión, casualidad, clima, altura o cualquier otro factor. Pero la justicia es otra cosa. La justicia requiere mostrar todas las cartas sobre la mesa y el objetivo no es algo tan vanal como "ganar o perder", sino conocer la verdad.

En definitiva, que quien las haya hecho, las termine pagando, para no terminar "todos mezclados en el mismo barro", como nos describiera ya la letra escrita para un tango por Enrique Santos Discépolo en 1934.