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Narco: cómo afilan el cuchillo para pasarnos a degüello

Una historia y la posibilidad de torcer el destino de toda la historia: que el narcotráfico no se establezca y eche raíces en Mendoza.
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 Hace un par de años, un periodista mendocino salió de su trabajo en un diario y se dispuso llegar hasta su casa. Cuando se acercaba, vio que había que había un auto estacionado y que no conocía. Un hombre de cara que le parecía haber visto en otro lugar lo esperaba apoyado en las rejas de la entrada.

- ¿Tus hijos se llaman bla bla bla y bla?

- ¿Por qué pregunta eso?

- Para que lo recordés, no más que eso. ¡Que sea la última vez que leo en el diario de mierda en el que trabajás que hablen de mi hermano! ¿Te quedó claro?

La cara le “sonaba” porque se lo había cruzado antes en la puerta de la escuela de sus chicos y en un par de sitios más, que recordaba en forma borrosa. Su hermano estaba detenido en Chile por haber transportado una carga tremenda de droga desde Mendoza. Lo engancharon, como casi siempre, una vez fuera de la Argentina: aquí nadie ve nada. Lo habían contado en el diario. Su hermano -¿heredero de la estructura narco?- estaba enojado por ello.

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La televisión nos acerca la realidad del accionar de los narcotraficantes en la Argentina, pero también la hace sentir distante: “una cosa que pasa sólo en la tele”. Miedo, adrenalina, preocupación, acusación… hasta el próximo programa. Parece que todo pasa en otro lugar.

De igual modo parece funcionar la reacción del Estado, que se muestra como un enano ante el gigante: ellos saben qué hacer, manejan los tiempos y tiene sus objetivos claros; su conducción es verticalísima, al punto de que si hay discusión, solo uno queda en pie. Su sola dimensión atemoriza. Su nivel de organización, ridiculiza. Se expande como un ejército de ocupación, en resguardo de la mercadería que vende, que es ilegal. El silencio es su cómplice y la condena, su propaganda para hacer más tentadora su presencia en el mercado.

El que trafica ilegalmente un producto es aquel que responde a la demanda de quienes lo piden, aun a sabiendas de que es ilegal. Esta situación de ilegalidad se vuelve, por otro lado, tan absurda como ser un asesino que va a misa todos los domingos o un nutricionista que no para de comer en privado y recomienda sobriedad en su ámbito social. En síntesis: no habría narcotráfico si no hubiera quién demande desesperadamente narcóticos de consumo ilegal para ser usados, ya sea dentro o fuera del país. 

Por lo tanto, la respuesta del Estado puede ser poco más que un circo para la misma televisión que nos muestra el dantesco espectáculo de la muerte, si no aborda el asunto en todos los frentes.

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A Norma Bustos la persignaron a balazos en el almacén que tenía en el barrio La Tablada, en Rosario: cabeza, pecho y estómago. Era un final cantado que nadie pudo, supo o quiso prevenir. Ella había denunciado a los narcos que operaban en la zona y los habían logrado detener. Puso la cara en público por ello, como no lo hacen muchos de los que tienen todo el Estado como escudo para hacerlo: por ejemplo, los tres poderes, el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial.

 Madraza, estaba emputecida por la posibilidad de que su único hijo cayera en alguna de las opciones que la existencia del negocio narco le daba en su barrio: ser consumidor, vendedor o víctima. 

Fue lo último. A Lucas –así se llamaba el pibe- lo acribillaron con una ametralladora a metros del almacén de su madre. Norma pensó y dijo que ella también había muerto en ese momento. Pero la realidad le jugó una mala pasada: Norma Bustos fue asesinada, con delay, unos años después, la semana que terminó, a manos de los narcos que se anotaron un triunfo más al eliminar a “un obstáculo” en su carrera.

Con ello se rompió un límite. Otras madres lo dejaron en claro y lo gritaron –a pesar de la cortina de balas con la que se encuentran cada vez que asoman la cabeza- que “ya se mató a una madre”

Se pasó a otra etapa, quieren decir, se subió un escalón más en el escalafón de la mafia en el país: la posibilidad de romper un código hasta ahora respetado, cual es el de preservar la vida de quien da vida.

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“Se conocían”. “Tenía un frondoso prontuario”. “Ajustaron cuentas pendientes”. “Desbaratamos una tremenda red”. “Operativo antinarco”, “Secuestraron importante cargamento de drogas”. Cada tanto nos tiran un título desde las fuentes oficiales de información sobre lo que pasa en materia de seguridad. Casi siempre, con un periodismo que la mayoría de las veces cuenta con pocos recursos para encontrar la información por sí mismos, verdades irrefutables: lo dicen ellos, lo muestran ellos, lo afirman, exhiben lo que tienen y dan los casos por cerrado. “Deben tener razón; se publica”.

El viernes, el especialista en neurociencias Facundo Manes en diálogo con Jorge Lanata definió algo que abre ventanas hacia una cantidad infinita de posibilidades de comparación. Dijo algo así que como “no está determinado exactamente qué es la inteligencia ni cuál es su parámetro, una mujer que se las arregla con 450 pesos para alimentar a sus hijos es probable que tenga una inteligencia igual o superior a la de Einstein, pero se trataría de una inteligencia con mucha menos reputación social”. Claro, nadie anda midiendo con algún “inteligentómetro” la capacidad que tenemos todos para resolver ingeniosamente los problemas que nos acucian.

Sin embargo, desde las usinas de noticias de los centros que deberían estar desterrando el narcotráfico, por ejemplo, en Mendoza, se nos considera incapaces de captar lo que ya está pasando en las calles. Todo lo que pasa es “nada”. Se categoriza a las muertes y se descategoriza a los muertos, de modo que su extinsión violenta no movilice al resto de la sociedad.

La necesidad de sobrevivir hace que, por otro lado, en muchos barrios las situaciones de violencia del negocio narco se naturalicen y, por lo tanto, madres y padres, hijos y nietos, ya hayan adaptado sus inteligencias para no caer en sus redes, pero tampoco interferir. Es como si no pasara nada, aunque pase de todo.

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Hace un año, el experto en seguridad Marcelo Saín, un hombre del gobierno nacional que ha probado sus dichos en experiencia concreta e irrefutable, se coincida o no con su línea de pensamiento, alertó desde MDZ sobre algo bastante peor que el simple reconocimiento del problema narco en Mendoza: la protección policial. Es probable que no hayás leído esa nota por lo que podés repasarla haciendo clic aquí. Algunos puntos destacados vale la pena repasarlos en homenaje a Norma Bustos, la madre rosarina y a tantas otras víctimas:

- En general, cuando la policía protege a los grupos criminales y mercados ilegales lo hace de manera indirecta, a través de acuerdos con los sectores narcos, en términos generales, y un grado de protección estatal, invisibilizando el negocio, impidiendo que otros sectores de la policía lo conjuren de alguna manera, apropiándose de parte de la rentabilidad.

- Es una forma también del control del crimen, digamos. Ilegal, pero en el fondo una forma legal de regular el crimen es regular la cantidad, su quantum. Ilegalmente se puede hacer eso y ha servido en la Argentina.

- Mendoza ha avanzado en el mercado minorista de drogas. Es un mercado muy expandido en las grandes ciudades, fundamentalmente en la Capital y en el Gran Mendoza, y esos mercados tienen una capilaridad enorme, con redes criminales muy importantes.

- Además, está la bendita presencia de la DEA. Acá nadie quiere hablar de eso. Es el tema prohibido. ¿Cuánto tiene que ver la DEA en lo que es la estructuración del mercado minorista de drogas?

- En Mendoza gran parte del área Narcotráfico (Narcocriminalidad) tiene vinculación con la DEA y muchos comisarios de barrio de las comisarías del Gran Mendoza, tienen estrechísima vinculación con la DEA. Y a ellos les importa un bledo lo que pase con el narcotráfico en la Argentina.

- En Mendoza se ha desarrollado un importante mercado de consumo de drogas, es ilegal y hay un alto nivel de protección de la policía en esta materia.

- Pero cuando vamos a Mendoza, los mendocinos enseguida se abroquelan, como pasó con (Alberto) Binder y conmigo, diciéndonos que estábamos “de más”, y entonces ahí toda la dirigencia peronista y radical se defienden mutuamente diciendo “acá no pasan las cosas que pasan en otros lugares del país”. Y bueno, debe ser que Mendoza está en Groenlancia…

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No es idea de estas notas sacar conclusiones, sino abrir debates. En muchos casos, la palabra escrita y leída, comentada y compartida, ha servido para que muchos mantengan los ojos abiertos y lo que es más importante aun: la frente en alto, el corazón latente.

La escalada del narco, ¿hasta dónde llegará? O mejor dicho: ¿hasta dónde permitiremos que la dejen llegar los que deben ocuparse de frenarla? 

Nos impactan las decapitaciones que realiza el autodenominado Estado Islámico en Oriente pero aquí no más, en México, hay descuartizamientos de familias enteras, cuelgan cuerpos humanos como aquí las zapatillas de los cables y pasan a cuchillo a miles, lo filman y difunden como propaganda del horror, que aplasta e inmoviliza. Pero no lo vemos. 

Y un último dato, del que su familia y todos, en general, tomarán cuenta si es que leen estas líneas: el periodista que recibió aquel apriete del que se hizo mención al comienzo es el mismo que firma esta columna.

Pasa aquí. Desde hace tiempo. Y hay que empezar a romper el silencio.