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La sorpresa en Brasil es que la política venció a los medios

¿Qué pasó finalmente en Brasil? Un análisis a fondo.
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 Pasó la primera vuelta electoral en Brasil con una gran sorpresa en Brasil: en el ballotage del 26 de octubre se enfrentarán la presidenta Dilma Rousseff y el candidato del PSDB (Partido Social Demóctrata de Brasil) Aecio Neves. Todas las encuestas daban como contrincante de Dilma para la segunda vuelta a la ecologista Marina Silva, candidata por el Partido Socialista de Brasil. Y aquí hay que hacer una salvedad desde el principio, porque el que parte de premisas falsas llega a conclusiones falsas. Las palabras no dejan de prostituirse en política, y la realidad brasileña no es la excepción. El Partido Socialista de Brasil de socialista tiene sólo el nombre, y el PSDB tampoco tiene nada de socialdemócrata. Es en realidad la versión más recalcitrante de la reacción liberal conservadora.

Poco queda de aquel Tancredo Neves (abuelo del candidato actual) que ganó las elecciones en 1985 con la vuelta de la democracia, pero que murió antes de asumir, dejando en su lugar al vicepresidente electo José Sarney. Y el que dio el definitivo giro hacia el neoliberalismo fue Fernando Henrique Cardoso (FHC), el presidente de la nefasta década del ’90. En Brasil, ante los escándalos del impresentable Fernando Collor de Melo, el estáblishmen puso a FHC para hacer lo mismo que Menem en Argentina: rifar el Estado y entregar el país a los designios del Consenso de Washington. Si, el mismísimo Fernando Henrique que en sus épocas de profesor e intelectual de izquierda, en los años ’50 y ’60, dio a luz la Doctrina de la Dependencia. Lo peor es traicionarse a sí mismo.

Y es lo que le pasó también a Marina Silva, la política estrella de los últimos dos meses, no sólo en Brasil sino en el mundo, podríamos decir. A partir de la trágica muerte de Eduardo Campos, Marina se transformó en la candidata del Partido Socialista, y experimentó un despegue fenomenal en las encuestas, llegando a igualar a la presidenta hace tres semanas y a figurar en las proyecciones de las encuestadoras como eventual ganadora de una segunda vuelta.

Marina se transformó rápidamente en la candidata del estáblishment, sobre todo del estáblishment mediático, es decir del Grupo O Globo. En los últimos días antes de las elecciones, estuvo en Washington Mauricio Rands, coordinador de la campaña de Marina Silva. Y visitó el Consejo Empresarial Estados Unidos-Brasil. ¿Qué dijo? Que si Marina era presidenta adoptaría una actitud “más constructiva” en su relación con Estados Unidos, que se alejaría del multilateralismo de Dilma y que buscaría un tratado de libre comercio que disminuyera todo lo posible los impuestos a las empresas de un país en el otro. En definitiva, que abriría de nuevo la economía brasileña. El coordinador de campaña de Marina dijo lo que los empresarios estadounidenses querían escuchar, porque se les abre un mercado de 200 millones de consumidores, con 40 millones que se incorporaron recientemente. Mucho más vidrioso es el panorama para los empresarios brasileños, porque sabemos que estos acuerdos bilaterales prometen el cielo pero terminan mandándonos al infierno porque la desigualdad es enorme.

Esto demuestra la traición de Marina a sí misma, que la transformó (queriendo o sin querer) en la candidata de la derecha. Se dejó fagocitar por el establishment, por los economistas neoliberales y por los grupos mediáticos, encabezados por O Globo. Una lástima, porque Marina tenía un espacio y no lo ocupó. Tuvo su momento y no lo aprovechó.

Si algo me deja de enseñanza esta campaña electoral en Brasil es que si alguien en nuestros países construyera una oposición verdaderamente progresista, quizá tendría posibilidades. Cosa que no hizo Marina.

¿Y qué sería ser verdaderamente progresista? No oponerse por oponerse, no ser oportunista y no dejarse fagocitar por la reacción conservadora liberal.

En definitiva, sería prácticamente una oposición interna, surgida desde los propios gobiernos progresistas de la región. En una palabra, una oposición para profundizar el modelo. En este caso, la oportunidad de Marina fue decir: “Voy a seguir por el camino de Lula y de Dilma, y lo voy a hacer mejor, rectificando lo que está mal y profundizando lo que está bien”. Lamentablemente eso no se dio, y quedó perdida en su propio laberinto, entre los intereses de derecha que la fagocitaron y sus viejas convicciones y a su pasado.

Finalmente, la gente eligió el original antes que la mala copia. Eligió al verdadero representante de la derecha neoliberal. Eligió a Aecio y no a Marina para enfrentar al proceso progresista de Lula y Dilma. En tres semanas, entonces, se enfrentarán dos opciones políticas claramente diferentes. Por un lado un proyecto político que lleva 11 años gobernando y que ha sacado de la pobreza a 40 millones de ciudadanos y que ha reubicado a Brasil en el mundo, acercándolo a América Latina, integrándolo al grupo de las potencias emergentes BRICS (Brasil, Rusia, China, Sudáfrica) y enfrentándose a Estados Unidos en temas importantes de política internacional. El otro es el proyecto neoliberal de volver a los ’90 con su enorme carga de desigualdad y hambre. Lo que suceda, seguramente va a influir en Argentina y en la región.

Lo bueno es que en esta campaña electoral que pasó se enfrentaron la maquinaria política (encarnada de las expresiones diametralmente opuestas de Dilma y Aecio) y la maquinaria mediática (de Marina, aupada por O Globo). Y ganó la política.

Ahora se abre una nueva campaña electoral corta, de tres semanas, bien política y con definiciones ideológicas claras.