La ideología de la iglesia católica
Karl Popper sostenía que “los que no están dispuestos a exponer sus ideas a la aventura de la refutación no toman parte en el juego de la ciencia” (1).
La refutación objeto de esta breve nota es el artículo titulado “Por qué el papa Francisco no es de derechas (ni de izquierdas)”, publicado en MDZ On line. Su autor explicó las razones por las cuales el papa argentino no sigue una ideología: “… responde a que, siendo obispo y luego papa, la religión católica no es una "tercera vía", es decir, una tercera alternativa ideológica que se suma a las dos anteriores. Lo dice el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia -un documento que explica los alcances de esta fe en los hechos concretos- basado en la encíclica escrita por Pablo VI, Octogésima Adveniens (mayo de 1971)”.
Sin embargo, la posibilidad de considerar a la Doctrina Social de la Iglesia como una ideología no es nueva. La cuestión fue abordada por teólogos de la talla de M. D. Chenu en su obra “La doctrine sociale de l' Église comme idéologie”. En ella criticaba no sólo el método deductivo que utiliza dicha doctrina, para nosotros, principal causa de su fracaso e inaplicabilidad. Sostuvo que “a menudo sirvió, y sirve todavía, de respaldo ideológico a quienes, detentando el poder económico y político, procuran mantener el statu quo”.
Es lo que ocurrió en 2099 en Honduras cuando tras el golpe de estado perpetrado por la derecha política con el respaldo de la Conferencia Episcopal de ese país, el presidente Porfirio Lobo manifestó que la Doctrina Social Cristiana sería el “fundamento en la acción del gobierno” (2); mientras el cardenal golpista Rodríguez Madariaga prometía una “regeneración moral” en ese país conforme los postulados católicos (3).
Cabe recordar que Rodríguez Madariaga integra actualmente la comisión de cardenales que llevará a cabo la reforma de la Curia vaticana, y que el “democrático” Porfirio Lobo fue recibido recientemente por el papa Francisco.
Como el catolicismo está fragmentado sociológicamente, esa división también se refleja en las opiniones relativas a la cuestión. Están aquellas que consideran que la DSI no es una ideología, como la de los obispos latinoamericanos en el Documento de Puebla, donde manifestaron: “Ni el Evangelio ni la Doctrina o Enseñanza Social que de él proviene son ideologías. Por el contrario, representan para éstas una poderosa fuente de cuestionamientos de sus límites y ambigüedades. La originalidad siempre nueva del mensaje evangélico debe ser permanentemente clarificada y defendida frente a los intentos de ideologización” (Nº 540).
También los papas se expresaron en ese sentido: “La fe cristiana se sitúa por encima y a veces en oposición a las ideologías en la medida en que reconoce a Dios, trascendente y creador, que interpela a través de todos los niveles de lo creado el hombre como libertad responsable” (4). Juan Pablo II siguió el mismo criterio en la encíclica “Sollicitudo rei socialis” (Nº 41).
Aquellas posiciones contienen dos errores: primero, el evangelio (como lo presenta la iglesia católica), no viene en estado puro, aséptico, sino con un contenido político, social y cultural bien marcados ya que relata características de las sociedades antiguas, por ejemplo, la organización de los gobiernos, qué tipo de autoridad detentaba el poder político, cuál era rol de la mujer en la sociedad; segundo, un intento autoritario y soberbio de situarse “por encima y a veces en oposición a las ideologías”, como advirtiendo que el pensamiento católico contiene elementos que lo harían “superior” a los demás.
Ahora bien, que papas y obispos afirmen que la DSI no es una ideología no significa garantía alguna de certeza. Es más, puede afirmarse sin ambages que es la clásica falacia llamada “argumentum ad verecundiam, argumento de autoridad o magister dixit”, muy común en el catolicismo integrista que acepta lo que sus oligarcas de sotana sostienen sin hacerles cuestionamiento alguno.
Hay otras opiniones dentro del colectivo católico que sí consideran a la DSI como una ideología. Destacan el “sistema de ideas”: “Cuando se despoja al concepto de “ideología” de toda connotación peyorativa o ligada a intereses, el vocablo ideología toma el sentido de conjunto o sistema de ideas acerca de una o más cuestiones. Por ende, con esta acepción, no hay por qué negar que la Doctrina Social de la Iglesia contiene y expresa una ideología en lo que viene a ser la sumatoria de ideas en torno de principios y valores que se relacionan con las materias propuestas por el magisterio” (5).
En similar línea Mario P. Seijo. “Hay así una ideología liberal que explicita los principios y la doctrina liberal. Así como hay una ideología marxista que explicita los principios y la doctrina marxista. Como también hay, gracias a Dios, una ideología social cristiana que responde a los principios y a la Doctrina de la Iglesia” (6). Esta última definición distingue la Doctrina Social de la Iglesia, de la Doctrina Social Cristiana.
Sin perjuicio de aquellas posiciones dicotómicas, paradójicamente fueron los propios obispos latinoamericanos quienes, con su definición de ideología plasmada en el mencionado Documento de Puebla, confirmaron el carácter ideológico de la DSI: “Llamamos aquí ideología a toda concepción que ofrezca una visión de los distintos aspectos de la vida, desde el ángulo de un grupo determinado de la sociedad” ((Nº 535),
Conforme esa definición toda ideología contiene: a) una concepción, idea o pensamiento, b) una visión, perspectiva o punto de vista de los diversos aspectos de la vida de los hombres, c) la elaboración por un grupo determinado de la sociedad.
Precisamente, los tres aspectos pueden aplicarse a la DSI: a) un corpus doctrinal; b) un punto de vista de los diversos aspectos de la vida de los hombres (persona, matrimonio, familia, trabajo, estado, comunidad política, economía, comunidad internacional); y c) elaboración por un grupo determinado de la sociedad. En el caso que nos ocupa, la DSI es elaborada exclusivamente por los obispos católicos, no hay participación del laicado en su elaboración.
Esos presupuestos pueden ser completados por otros que suministra la Ciencia Política, también presentes en la DSI, a saber: 1) una interpretación de la historia; 2) un sistema de expectativas o programa de realizaciones futuras, y 3) un método de acción.
Es decir, desde el propio pensamiento de los obispos y desde la Ciencia Política se establecen claramente los presupuestos que permiten identificar a la DSI como una ideología más. Y a ellos se suma otro factor que es fundamental: la sensibilidad a los cambios sociales.
Las ideologías se encuentran históricamente condicionadas por la estructura social y económica de las sociedades. De manera que cualquier cambio estructural, por minúsculo que sea, influye en la actualidad o vigencia de una posición ideológica, la convierte en actual o en inactual, hace de ella un instrumento reaccionario o revolucionario, la transforma en la imagen de un orden social deseable o aborrecido (Fayt). Eso es precisamente lo que ocurre con la visión que la DSI tiene, por ejemplo, de la familia, el matrimonio, el papel de la mujer en la sociedad, los métodos de control de natalidad. Es una visión inactual, reaccionaria, superada históricamente.
Y si desde la perspectiva teórica la DSI es una ideología, la experiencia y práctica de los grupos religiosos no deja lugar a dudas. El integrismo (colectivo que gobierna actualmente la institución católica, a pesar del papa demagogo), ha instrumentalizado la DSI en cuestiones de naturaleza política, social y cultural. Se observó tiempo atrás cuando extremistas católicos se opusieron a leyes laicas que tutelan la libertad de elección y decisión de ciudadanos y ciudadanas como las de matrimonio igualitario, identidad de género, muerte digna y fertilización asistida.
Se sumó a esa campaña la Conferencia Episcopal Argentina con su oposición a la reforma del Código Civil en defensa del “ser nacional”, argumento que fue principal sostén ideológico de los genocidas en la última dictadura militar
La DSI implica además una visión totalitaria con pretensiones de convertir a la iglesia católica en una organización con poder de veto, y a los gobernantes y legisladores elegidos democráticamente en títeres de un monarca absoluto, el papa católico, jefe de un estado extranjero que no tiene que entrometerse en las políticas públicas de otros estados.
Los genes totalitarios y dominantes de la DSI, que el integrismo se encarga de resaltar sin ningún tipo de escrúpulos, fue advertido por el filósofo italiano Paolo Flores d’Arcais al abordar la posición ideológica de Juan Pablo II. También es sostenido por el progresismo católico que habla de la “teología de la dominación”, con pretensiones de imponer a las sociedades laicas y plurales un modelo de sociedad excluyente y teocrático. El papa Francisco no anda muy lejos de ello aunque el festival de gestos demagógicos digan otra cosa.
Resulta claro entonces que, desde la teoría como la praxis, la Doctrina Social de la Iglesia es una ideología más. La cuestión de la “trascendencia” no entra en el análisis por ser inverificable y pseudocientífico. Para Marcos Ghio las ideologías son en el fondo como las religiones aunque de carácter secular. Implican “una fe, que si bien carece de una aceptación de un Dios y de la trascendencia”, sin embargo mantienen “el fondo irracional y fanático” propio de todas las religiones. (7).
2. El ideal y sus principios
Alude el autor que comentamos a un ideal de un movimiento laical de la iglesia católica, llamado “Focolares”, típico grupo de clase media ascendente donde el “ethos” cristiano brilla por su ausencia, y cuya materialización podría llevarse a cabo a través de unos principios que extrajo de la DSI, y que no hacen otra cosa que reafirmar el carácter ideológico de aquella, a saber:
“Bien Común (en líneas muy resumidas, cuando un individuo, para realizarse, necesita encontrarse con y "para" los demás), Destino Universal de los bienes (todo hombre debe tener la posibilidad de gozar del bienestar necesario para su pleno desarrollo, con una opción preferencial para los pobres), Subsidiaridad (todas las sociedades de orden mayor, como el Estado, deben apoyar, ayudar y promover el desarrollo de las sociedades menores, como la familia, entre otros. Nunca absorberlos ni destruirlos), Solidaridad (reconocer en el conjunto de los vínculos que unen a los hombres -y a los grupos sociales entre sí- el espacio ofrecido a la libertad humana para ocuparse del crecimiento común, compartido por todos) y Participación (serie de actividades por la que cada ciudadano solo o asociado con otros, directamente o por medio de los propios representantes, contribuya a la vida cultural, económica, política y social de la comunidad civil a la que pertenece, en modo responsable y con vistas al bien común)”.
Tomemos uno solo de ellos para destacar la visión ideológica que los obispos católicos tienen: el bien común. Está definido en el Nº 164 del Compendio de D.S.I.: “El conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección”.
Frente a esa noción residual de la década del 60, aún vigente, hay que recurrir a la Ciencia Política para esclarecer la cuestión. Y en esta disciplina se trata al tema del bien común dentro del “problema” de los fines del Estado. Hay variadas posiciones: unas funcionalistas, otras finalistas, y algunas que prescinden de dicho problema. Existen aún autores, como Schumpeter, para quien no existe el bien común por cuanto “para los diferentes individuos y grupos, el bien general significa cosas diferentes”. De modo que en el caso de los obispos católicos, la noción de bien común la elaboran desde su propia perspectiva ideológica de tinte confesional, similar al criterio tomista, caduco por cierto.
Basta el principio aludido para demostrar el carácter ideológico del pensamiento católico elaborado por el episcopado. Aplíquese el mismo criterio para analizar las numerosas cuestiones tratadas en el Compendio de DSI.
Asimismo, se menciona en el Nº 169 del Compendio el hilo conductor por el que debe plasmarse el principio del bien común: la armonización de intereses sociales:
“Para asegurar el bien común, el gobierno de cada país tiene el deber específico de armonizar con justicia los diversos intereses sectoriales. La correcta conciliación de los bienes particulares de grupos y de individuos es una de las funciones más delicadas del poder público. En un Estado democrático, en el que las decisiones se toman ordinariamente por mayoría entre los representantes de la voluntad popular, aquellos a quienes compete la responsabilidad de gobierno están obligados a fomentar el bien común del país, no sólo según las orientaciones de la mayoría, sino en la perspectiva del bien efectivo de todos los miembros de la comunidad civil, incluidas las minorías”.
Esas “inocentes” palabras, en principio asépticas, han sido históricamente contradichas por los mismos obispos. El ejemplo más cercano lo tenemos en nuestro país. El propio Bergoglio firmó los tres documentos que la Conferencia Episcopal Argentina elaboró en el 2012 para oponerse a la reforma del Código Civil, proyecto que duerme en el Congreso gracias a la cobardía, obsecuencia y servilismo de cierta clase política.
Rescatamos para finalizar las palabras que un sacerdote católico - perseguido por la inquisición vaticana, que todavía actúa -, dijo: “El que piensa como marxista, no piensa; el que piensa como budista, no piensa; el que piensa como musulmán, no piensa… y el que piensa como católico, tampoco piensa. Ellos son pensados por su ideología. Tú eres un esclavo en tanto y en cuanto no puedes pensar por encima de tu ideología. Vives dormido y pensado por una idea” (8).
Carlos Lombardi, profesor de Derecho Constitucional (FD-UNCuyo)
NOTAS.
(1) Citado por Agustín Gordillo, Introducción al Derecho, Fundación de Derecho Administrativo, Buenos Aires, 2000, p. II-2).
(2) www.religionenlibertad.com/index.asp?fecha=30/01/2010 -
(3) www.zenit.org/date2010-02-08?l=spanish -
(4) Papa Pablo VI, Carta Apostólica Octogesima Adveniens, Nº 27.
(5) BIDART CAMPOS, Germán. J., Doctrina Social de la Iglesia y Derecho Constitucional, 1ª ed., Buenos Aires, Ediar, 2003, p. 10.
(6) SEIJO, Mario P., Doctrina Social de la Iglesia y Doctrina Social Cristiana, Buenos Aires, Ed. Ciencia Razón y Fe y Ed. Club de lectores, 1995, p. 17.
(7) PINKLER, Leandro (compilador), La religión en la época de la muerte de Dios, Parte IV “Religión y Geopolítica”, 1ª ed. 2ª reimp. Bs. As., Marea, 2009, p. 222.
(8) DE MELLO, Antonhy, Autoliberación Interior, Buenos Aires, Lumen, 2007, p. 19.