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Canción de amor a los distintos de mí

“La sociedad está dividida”, dicen. Pero pensar diferente no divide. Acumular y acumular, sí.
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Confieso que me encanta que tipos que admiro piensen bastante parecido a mí. Ha de ser que tal suceso me marca un modo de funcionamiento y una forma de pertenencia que delatan una forma de cultura, una actitud ante la vida.

Si alguien a quien admirás, elige igual que vos, bueno, eso te indica que hallaste un compañero de ruta para compartir el agua de la vida en los descansos. Ni hablar si, además, lo hace alguien a quien amás.

Como muchos, intento –a largo del tiempo– encontrar coherencia en mis convicciones, un hilo conductor para moverme en el laberinto. Y, cuando uno se encuentra en la mirada y las reflexiones del otro, surge entonces la compañía, esa forma de presencia en la inmensa ausencia. El desafío, ya lo veremos un poco más adelante, si avanzamos en la lectura, está en encontrarse también en la mirada de los que piensan distinto.

Con unos, con los iguales, se construye. Con los otros, con los distintos, se crece.

Y no hay una sociedad en ruta saludable, sin intentos de armonizar las contradicciones (intentos, escribo, intentos, no resolución de ellas; las contradicciones nos constituyen a todos, como la madera al palito, al decir de Juan Gelman).

Empecemos, entonces, por los que piensan semejanzas a las mías. Que gente que uno, por distintas razones, admira, como el citado Gelman, el Indio Solari, Gladys Ravalle, Alejandro Dolina, Estela de Carlotto, Manu Ginóbili, Diego Peretti, León Gieco, Jorge Marziali, Joaquín Sabina, Mariú Carrera o Ricardo Mollo (por sólo nombrar una docena) vean con buenos ojos –y también con saludable crítica en los puntos que lo merecen– la gestión nacional de gobierno, me provoca –a qué negarlo– un encuentro de íntima alegría y convencimiento con aquello que, vía experiencia social y cotejo con los argumentos de los que se oponen, se me termina consolidando como pensamiento.

El silencio posterior, el respeto hacia la conclusión, bien puede llamarse honestidad. Y la honestidad no tiene bandera. Lo fabuloso de la diversidad es que todos podemos sentirnos honestos, más allá de nuestras conclusiones, después de ponernos en el lugar del otro y contenerlo en lo que pensamos.

No obstante, no es en esa lista de nombres donde busco poner el acento, pues los que piensan diferente de mí, han de tener su propia lista (con sus propios admirados: tal vez estén ahí Campanella, Darín y su hermana, Suar, Susana Giménez, Sarlo, Del Sel y otros ejemplos de celebridades críticas de la gestión nacional).

Además, soy consciente de que tirar nombres a algunos sólo les sirve para defenestrar a los que ejercen la valentía social de poner la cara, tengan la cara que tengan y la pongan donde la pongan. Decir lo que uno piensa –en esta tremenda hipocresía social que atravesamos– termina siendo siempre un buen ejemplo de civilidad.

Aquí, el problema de siempre corre por cuenta de los tibios de siempre, los que ejercen la queja como mantra de sus miserias espirituales y la tiniebla como prueba de su falta de cojones para el compromiso. Esos son los que, sueltos de cuerpo, pero con el valor de lo irrevocable, dicen, que “la sociedad está dividida”, “hay un enorme clima de crispación”, "en Barrio Norte también tenemos hambre" y huevadas por el estilo.

Digo yo que las sociedades se dividen, sí, pero no pensar distinto. Las sociedades siempre están divididas en sus opiniones, hasta incluso es nutritivo que lo estén, porque así no reina un pensamiento único. Por eso, está bueno que estemos divididos a partir de lo que pensamos. Nada peor que la ignominia de la dictadura o que la anestesia de los años cínicos del menemismo.

Y si mañana, vía voto, siempre vía voto, los que piensan distinto son gobierno, bueno, ojalá sostengan la enorme libertad de expresión que tenemos ahora, que llega a que se monten shows bochornosos como los de Lanata, groseras operaciones de prensa de todo pelaje, análisis políticos de tres centímetros de profundidad y definiciones políticas que pesan lo que un suspiro y repitencias de contenidos de un medio a otro, sin el menor chequeo y cacareos sin límites y mentiras a boca llena, subestimando a las audiencias y audiencias dejándose subestimar. Y más: se llega, incluso, a que todas estas prácticas sean consideradas periodismo. Hay tanta libertad que, de hecho, algunos no saben cómo usarla y otros tiene doctorados en lastimarla.

Para compensar la balanza de estos dichos digamos que, si los que piensan distinto ganan y se convierten en gobierno, no dejarán de echar mano de sus propias versiones de “6,7,8”, como antes se las tuvo con los José de Zer, los Neustadt y los Grondona. Nadie que tenga poder, renuncia a tener su propia campana, a dar su propia versión de los hechos. Y menos cuando la mayoría de las campanas del jardín son tañidas por una sola mano, por todos obedecida (por eso, también, dejemos de una vez de pensar que el poder es solo el poder político).

En fin, estábamos hablando de la sociedad dividida.

La sociedad está especialmente dividida, sí, pero entre los que ganan muchísimo y los que no ganan casi nada.

Entre los que acumulan, hay vivarachos de los dos lados de la vereda y desdichados de ambos lados, también. Unos y otros dirán lo que tienen al respecto y nosotros deberemos escucharlos a los dos, antes de sacar conclusiones y seguir yugando para sobrevivir y participar socialmente para resultar ser mejor representados. Atorrantes, hay en las dos márgenes del río, eso bien lo sabemos.

Por eso, pensemos distinto; pensemos muy distinto, si es necesario, pero con buena leche, porque así, naturalmente, casi por decantación, surgirán los intereses que van más allá de lo necesario para uno mismo.

Cuando a uno piensa por sí mismo, pero poniéndose en el lugar del otro, encuentra respuestas comunitarias, en lugar de recetas para salvarse solo. Mientras más sean los que se salven, mejor la van a pasar tus hijos y tus nietos y los que vengan de sus semillas.

Sería así: vestite con el pensamiento que quieras, pero levantá muros para una casa pensando en la posibilidad de que vivamos todos.



Ulises Naranjo.