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Opinión

Guía para evitar que asesines a tu prójimo

Si la amenaza a la vida es grande, la respuesta de la vida es maravillosa.

Trabajo, desde hace unos veinte años, con presos, haciendo, especialmente cuestiones relacionadas con el arte. Estar de manera cotidiana con personas privadas de la libertad es una de las fuentes de alimento más importantes de mi vida. El encierro es una amenaza para la vida, es algo no deseado, antinatural, violento, feroz.

En las cárceles, los presos saben que pueden morir, pero también saben que no muriendo, cada día allí dentro es una forma de la muerte.

El infierno, si acaso existe, se parece a una cárcel (sabía Dante Alighieri imaginar lo peor: un sitio cerrado y lleno de dolor se dibuja en su “Divina Comedia”, un sitio semejante a una cárcel).

Sin embargo, es tan grande esa amenaza a la vida, que la respuesta de la vida es sencillamente maravillosa, si uno la sabe mirar, si uno –vaya a saber por qué– es capaz de tomar aire en ese infierno y dar las gracias por tanta enseñanza amontonada, hacinada, en esos espacios sin dios.

Nuestro sistema social destina a estos lugares no a los delincuentes, sino a un determinado tipo de delincuentes. Van a la cárcel aquellos que reúnen dos condiciones básicas: los que fracasan y son pobres.

Los delincuentes exitosos no roban casas ni zapatillas ni taxis ni farmacias de turno ni heladerías Grido. Los delincuentes exitosos estudiaron en universidades, visten con elegancia y roban con toda naturalidad y hasta son reconocidos socialmente por lo bien que lo hacen y no dejan incluso de bajar línea sobre cómo debemos comportarnos si queremos llegar al cielo o a las páginas de Sociales de los diarios. Los delincuentes exitosos pueden ser políticos corruptos, sí, pero también empresarios célebres, comerciantes evasores, profesionales independientes que jamás facturan, periodistas cobardes o doctorandos en protestas, cuando se les toca el bolsillo.

Jamás un delincuente exitoso llega a la cárcel. No importa el delito que pueda cometer (se le perdonan hasta las peores aberraciones), porque las cárceles son para los delincuentes fracasados y pobres. El encierro es el placebo social que cumplen los desesperados.

Mando un chivo, ahora, porque viene al caso (y porque es mi columna, si no lo mando yo, ¿quién lo hará?): el martes que viene a las 19, en el centro cultural Le Parc, junto a un grupo de profesionales del medio, estreno un documental que habla de la vida en las cárceles. Se llama “No llegués hasta acá” y tiene como objetivo ayudar a que menos adolescentes y jóvenes pobres caigan en la alternativa del delito. Fruto de la investigación para este trabajo, aparecieron datos que son muy relevantes y derriban mitos sociales sobre las cárceles.

Algunos de ellos, no resisten el menor análisis, como por ejemplo que los presos son asesinos y violadores (y, por tanto, piden incluso hasta la pena de muerte), cuando lo cierto es que la cifra de personas detenidas por estos delitos no llega ni al 10 por ciento. En cambio, la gran mayoría de ellos está presa por cometer delitos contra la propiedad (siguiendo, como todos, un modelo del éxito social basado en la acumulación de objetos).

A la par, el 98% de todos los presos, unas 3300 personas, no completó su educación. O sea: a la cárcel van a parar  sólo los pobres, los que no estudiaron y cometen delitos, especialmente, referidos a la sustracción de bienes de terceros.

Sin embargo, mucha gente solazada en su ignorancia piensa que la solución es “matarlos a todos”, como si acaso tal cosa fuese un acto de justicia apuntado a solucionar la problemática social que condujo a los penales a muchos de sus semejantes. Algunos otros sostienen también que la solución es dejarlos encerrados la mayor cantidad de tiempo posible, como si esto también fuera a traernos más seguridad, como si hubiera una relación proporcional: a mayor encierro, mayor recuperación. Una barbaridad que, incluso, motiva leyes pergeñadas por legisladores, cuando menos, dañinos, que de cárceles no saben nada.

Los testimonios de los presos en el referido documental dejan algunas certezas, puntos en común y también esperanzas: si educamos mejor, los delincuentes delinquirán peor y todos nos veremos beneficiados.

La alternativa, a todas luces, es intentar la reinserción, seguir luchando para que este concepto no se convierta en utopía, sino, más bien, en ocupación, en trabajo a desarrollar, a través de un proceso de progresividad de las condenas.

No se trata aquí de defender a los presos y querer sacarlos a la calle sin más: si delinquieron –todos, todos, todos los que delinquieron– tienen que ir presos y cumplir sus condenas. Ninguno de nosotros quiere que salgan peor de lo que entran y, sin embargo, así salen, en buena medida porque no asumimos que las cárceles –al igual que la problemática de la seguridad– es una variable social, responsabilidad de todos.

Nadie quiere cruzarse con un delincuente por la calle y ser asaltado, ultrajado y hasta asesinado. Todos tenemos miedo de que algo horrible nos pase y casi todos nosotros hemos sido, directa o indirectamente, víctimas de delitos (los de los políticos y empresarios, delincuentes exitosos, en particular, nos afectan a todos, pero nadie los condena por cometerlos).

Uno entiende a la gente que se rompe el lomo laburando y teme perder en un asalto lo que ganó con su esfuerzo. Ese temor, en algunos casos, lleva a algunos al extremo de creer que delincuencia es sinónimo de pobreza y que seguridad es sinónimo de represión. Y todo aquel que se nos manifiesta a través de su inocultable pobreza es considerado distinto. Es rechazado y aislado, porque representa una amenaza para nuestro status quo, cometa o no cometa delito alguno. Condenado por distino, como el minotauro griego, encerrado en el laberinto de Creta.

Si queremos que las cárceles dejen de ser depósitos de gente que no hacen otra cosa que perfeccionar las malas artes de algunos, deberemos meter los pies en el barro, cada uno desde su lugar. ¿No estaremos, tal vez, pidiendo demasiado? La seguridad tiene su precio y no debería parecernos alto.



Ulises Naranjo.