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Gobierno

A los protestones de siempre

Yo pido “una semana” el Ministerio del Interior. Invertiría la realidad en un acto de justicia poética y social.
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No voy a negar que vivimos una situación crítica en lo económico. Tampoco puedo cegarme. La pelea contra los monopolios y oligopolios formadores de precios es una batalla diaria. Y del resultado diario de esa batalla, las más de las veces lo pagamos los giles en los almacenes, en los supermercados, en el bondi o en la estación de servicio.

Cuando he salido con vehemencia a defender al Gobierno nacional lo he hecho convencido, dando guadañazos a diestra y siniestra. No he medido mis palabras y tampoco he dejado de ponderar lo bueno sobre lo malo. Soy consciente de que hago un recorte de la realidad, que no me importa un carajo ser objetivo. Lo he declarado como pavo real haciendo gala de mi alineamiento, y en oportunidades como un gallo de riña peleando y sangrando con estas espadas que tengo, las palabras.

Y sé que por ello he recibido improperios, insultos, oprobiosos comentarios de los foristas de este medio, quienes no han parado de pedir mi expulsión del diario por lo que escribo y por cómo escribo. Les molesta la forma y el contenido, mi cara, mi nombre y apellido, todo. Y tengo que serles sincero: lo siento mucho y que en paz descansen. Porque ustedes, los foristas y miles de lectores que no acuerdan con mi estilo de pensamiento, ya tienen sus escribas, está lleno. Los tienen en los diarios locales y en los nacionales, bufones a patadas que les escriben para que se identifiquen. La balanza en este caso está a su favor. No pueden quejarse. Igual lo hacen de llenos.

En esta provincia, defender al Gobierno nacional en un medio con una línea editorial opositora es un ademán de un ciego en el desierto que intenta atrapar un puñado de arena. Sin embargo, contradiciendo a Borges, con lo que me toca, no he modificado el desierto. Pero no me victimizo. Lo sé –la realidad está ahí ante nuestros ojos aunque mediada–, me he ganado con mucho gusto y placer las puteadas porque, de acuerdo al target ideológico que visita este medio on line, me dan la pauta de que yo estoy parado desde otro lugar para pensar la realidad política, social y cultural.

Y puede que ahora (ya lo han hecho) me acusen de soberbio y resentido social. Ya escribí un Elogio al resentimiento en una nota años atrás para aclararles desde dónde uno puede ser resentido, las diversas formas que puede adoptar ese resentimiento y que, en todo caso, yo opto por una de ellas.

No decir nada es también una función del periodismo en tiempos de guerra. Omitir, silenciar, ponderar una noticia sobre otra, ocultar, ser demagogo, etc. Se puede ser periodista sin serlo, opinar de acuerdo a lo que manda el patrón, bajar línea mirando para otro lado. Se puede cambiar de medio y de golpe pensar distinto. Y, encima, poner la cara póquer como si lo que pensaban ayer lo hubiera pensado otro tipo. Pero esto es así. Muchos políticos también lo hacen. Los que ayer… hoy… sarasasasa.

Yo escribo contra la corriente. Porque la corriente que lee y accede es la que en general está en contra de todo. A pesar de pasarse unas buenas vacaciones en verano, Semana Santa, fines de semanas largos, receso invernal, entre otros gustitos que les permite este modelo y no otro. Y yo en eso estoy en contra porque mi crítica al Gobierno es que deja hacer, deja pasar (en francés no me lo permito).

Encima, no sólo pueden estar visceralmente en contra y boicotear el país con marchas pedorras, fascistas y destituyentes del Gobierno, sino que, además, ¡los dejan expresarse libremente! Y a varios llenarse de guita y a miles de miles cambiar cada dos años el auto. Suena increíble, pero “esto es/ argentinaaaaaaaaa” (cantaba el pelado Prodan).

Yo pido “una semana” el Ministerio del Interior y esto se acaba de cuajo. Si lo que denuncian es que vivimos en una dictadura (prochavista), pues implementaría una dictadura del pueblo. Sin perseguidos políticos ni muertes como muchos festejaron hace más de tres décadas, pero sí con cepos de todo tipo. No los dejaría irse de vacaciones, por ejemplo. Al que tenga mucha guita le impido moverse de su casa por desagradecido. Les cortaría la televisión y el teléfono. No los dejaría circular por las calles y les pondría multas importantes por creerse más aptos que otros. Y con esa guita subsidiaría a los que no conocen ni el Valle de Calamuchita o las Cataratas del Iguazú para que vayan en familia.

Sí, pero en familias de ocho o nueve miembros. En banda, quince días a recorrer hermosos lugares del país; y a los garcas económicos y mentales les habilitaría un solo canal de televisión cerrado para los barrios privados de Mendoza donde la programación, por ejemplo del canal Acequia TV, les pase testimonios de la gente que por vez primera va a esos lugares.

Es invertir la realidad social. Siempre, y con el desarrollo de las tecnologías y la proliferación de canales de televisión, los pobres y los menos pudientes tuvieron que comerse por TV la vida de los ricos en Punta del Orto, en Reñaca o en la Patagonia. Bueno, mi propuesta es invertir ese mecanismo perverso y racial. Que los que toman Martini seco en un yate queden encerrados en sus casonas privé con la televisión prendida, que no puedan siquiera apagarla, para que vean cómo otras “razas inferiores” pueden disfrutan de sitios paradisíacos, comiendo sánguches y tomando cervezas en las cataratas o mientras observan cómo se derrumban los trozos del glaciar Perito Moreno.

Yo los quiero ver, por supuesto, desde una central de control, y les mandaría una caja a domicilio, no de alimentos, más bien de ansiolíticos para toda la familia.

Sería un acto de justicia poética y social.