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Opinión

El debut de Díaz Russo, el último ministro virgen

Carlos Díaz Russo se presentó, finalmente, en sociedad. Tras idas y vueltas, se muestra firme en el cargo, cosa que no podía asegurar hace un par de meses. Pero presentó sus lineamientos de gestión como un "plan". Un enfoque después de una larga charla con el ministro. Las dudas y una esperanza.

Carlos Díaz Russo hizo público su secreto mejor guardado: el plan para Salud, área de la cual es ministro. Esperó durante meses para hacer pie en un área que le resultaba ajena y adversa.

Como hemos visto, no basta con ser médico para conducir el área sanitaria del gobierno de una provincia con casi dos millones de habitantes. Esa simplificación siempre jugó en contra de la conducción política de un área que requiere tener al frente a alguien mucho más armado que con un estetoscopio rodeándole el cuello.

Primero fue su condición de experto en gestión privada de la salud lo que le jugó en contra. Luego, el hecho de haber quedado en medio de otras áreas y referentes, con más peso específico que él, a la hora de la toma de decisiones: el vicegobernador negoció un inusitado incremento de haberes del personal a su cargo y el ministro de Hacienda tuvo que tomar las riendas para que esa decisión no impactara en la implosión del ministerio.

Mientras todo eso le sucedía por el costado, el ministro hasta se vio afectado en su propio estado de salud debido al impacto cultura  que representa, para cualquier ser vivo, intentar situarse como movilizador en la Casa de Gobierno. Esta situación  fue la que abonó las especulaciones sobre la posibilidad de que no siguiera en el cargo.

Al presentarlo no se entendió mucho que digamos qué estaba haciendo. Habló de un “seguro de salud”, pero la verdad que esa receta, una típica recomendación de la banca internacional de los años 90, no convenció a nadie. Por lo visto, tampoco a sus impulsores, que no supieron explicar con claridad en qué se beneficiaban los supuestos destinatarios, ni quiénes son en realidad estos últimos.

Por cierto, el gremialismo vio en la propuesta, a priori, que tenía cola de pato, pico de pato y graznaba como un pato y dijeron: ¡otra vez pato! Al criticar con dureza la puesta en marcha de una iniciativa que creyeron calcada de los años del menemismo. En aquella época, el Estado se achicó, se comenzó a pensar en la ciudadanía como “clientes” potenciales y, junto a la gran exclusión social de amplios sectores de la población, muchas empresas hicieron su negocio con los que quedaban.

Pero la verdad es que Díaz Russo no lanzó un “seguro de salud”, sino que en realidad lo que hizo fue presentar su estrategia como titular del área, cosa de la que no había tenido oportunidad con anterioridad debido a la conflictividad gremial y a los desajustes internos del gobierno.

Muchos se preguntaron, de inmediato, si lo que se iba a hacer era redirigir a los sectores que no poseen cobertura social hacia los efectores privados de la salud. La respuesta, a la hora de las aclaraciones, fue  un “por ahora no”. 

Lo queda en superficie cuando se tamiza sus palabras no es poco, pero no constituye un programa de aplicación inmediata. Básicamente, su declaración de principios establece que quiere:

- Que los médicos reciban más formación en el territorio y que ese territorio no sea solamente el urbano.

- Que los pacientes de los efectores estatales de salud no sean siempre los mismos, sino que se trabaje con todos aquellos que sienten que estos centros les resultan ajenos, distantes o insuficientes para sus dolencias.

- Que la Provincia pueda fabricar algunos medicamentos genéricos para hacer frente a la demanda de sectores más populares y, de esa forma, prevenir que lleguen al hospital “a rescatar la salud que perdieron”, según sus propias palabras.

- Y una reasignación territorial de los profesionales de la salud, cosa que aparece como el desafío más conceptual de todo su plan de acción.

Díaz Russo dice que ya empezó en diciembre del año pasado con la tarea y muestra una larga lista de licitaciones para cuestiones muy puntuales que se publicó este fin de semana en los diarios de papel.

Pero advierte sobre un par de situaciones que ya resultaron un escollo para muchas gestiones anteriores que tenían un espíritu parecido:

1- El afán por el consenso. El ministro quiere que todos los sectores involucrados en el sistema de salud participen de las definiciones, un objetivo altruista, sin dudas. Pero cuando se comienza a definir al consenso como motor sabemos, de entrada, que se trata de un tránsito corto: nadie cede en función de los beneficios o privilegios con los que ya cuenta y eso rompe cualquier acuerdo unánime. Una de las premisas que se ha fijado el gobierno nacional para poder imponer su agenda se basa en una estrategia absolutamente inversa: romper los consensos preexistentes para fundar uno nuevo, con el Estado como líder y, en este caso, debería serlo, en todo caso, con la agenda social como primer punto.

2- El acompañamiento legislativo. No habrá plan, advierte el ministro, si no hay ley. La discusión en la Legislatura ya derivó en un sinnúmero de atrasos. Resulta altamente democrático hacerlo, pero hay cuestiones para las que no hace falta pedir permiso. Con una de ellas –insólita, acaso- ya se comenzó: unificar las bases de datos de las listas de espera de todos los efectores públicos. Un primer dato ya surgirá de esta acción burocrática para la que hacía falta nada más que una decisión política. La otra es el cobro de lo que adeudan las obras sociales. Pero falta lo sustancial: recursos para refundar, en gran medida, un sistema de salud pública altamente concentrado en los grandes centros urbanos.

La Organización Mundial de la Salud recomienda una proporción ideal de 1 médico cada 500 habitantes, aproximadamente. Mendoza está muy bien, con 280 habitantes por cada profesional de la medicina. Pero sucede que en el microcentro la proporción es de 1 cada 20 vecinos, pero un poco más allá del Gran Mendoza, todo se va al diablo: las proporciones, los médicos y la salud de la gente, como lo analizó MDZ ya en 2008 con una serie de protagonistas convocados frente a la necesidad de un “plan de salud”.

Fue entonces cuando el decano de la facultad de Medicina de la UNCuyo, Roberto Vallés, dijo que “en los últimos 25 años Mendoza no ha tenido un plan serio en materia de salud”.

Bueno, ahora se ha comenzado con delinear, por lo menos, los primeros pasos de una gestión.

Pero si el consenso en el que se respalda el ministro implica que ningún médico abandone las prácticas asumidas como “normales”, sin serlo, ocupando el mismo tiempo para atender en su consultorio personal y en el efector público, tratando al paciente como “cliente”, derivándolo a un millón de análisis ultraespecializados que terminan por tratarlo como a un Frankestein y no como a una persona, con tal de facturar por separado cada uno de ellos, servirá para que todo siga como está. Gatopardismo, le llaman.

En caso contrario, habrá que aguardar que se avance con lo que el ministro ha diagnosticado, sin dudas, en forma correcta. Pero, como en cualquier consultorio, lo difícil será atinar con la medicina adecuada para cambiar el cuadro por el que pasa la salud de Mendoza y no recetar tal o cual tratamiento en función de presiones sectoriales.