Manuel Belgrano y su compromiso con la educación pública
Hay en Manuel Belgrano aspectos poco conocidos, como su compromiso con la educación pública como derecho universal. El análisis del vicerrector de la UNCuyo, Gabriel Fidel.
Manuel Belgrano y su compromiso por la Educación Pública.
Cuando pensamos en Manuel Belgrano, nuestra memoria colectiva suele evocar inmediatamente al creador de “la bandera idolatrada”, como lo inmortalizó para siempre la poesía de Juan Chassaing, convirtiendo su legado celeste y blanco en el máximo símbolo que nos argentiniza.
Belgrano fue, por sobre todas las cosas, un revolucionario adelantado a su tiempo, un intelectual de vanguardia; un economista formado y pragmático; un agitador de ideas desde su rol de periodista. Fue un abogado brillante recibido con honores en la prestigiosa Universidad de Salamanca, donde todavía se lo recuerda como uno de sus egresados más ilustres; un precursor de la ecología; un ferviente americanista; un político con visión de estadista; un defensor de los derechos humanos, lo que quedó plasmado en el “Reglamento para el Régimen Político y Administrativo de los 30 Pueblos de las Misiones”, redactado el 30 de diciembre de 1810 en el Campamento de Tacuarí, que reconocía derechos y garantías a los pueblos guaraníes de la zona, y que varias décadas después será incorporado por Juan Bautista Alberdi como una de las bases de la Constitución Nacional.
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Indudablemente la obra de Belgrano fue gigante, pero hubo un aspecto trascendente en su accionar y que en la actualidad cobra una inmensa vigencia. Fue Belgrano un acérrimo defensor de la educación pública y del desarrollo integral de la sociedad. En su visión, la verdadera independencia de una nación no solo se lograría con la liberación del yugo extranjero, sino terminando con la ignorancia.
La educación pública como motor de igualdad y progreso
Habitualmente identificamos, con justicia, a Domingo Faustino Sarmiento con la transformación educativa. Sin embargo, mucho antes de nuestro nacimiento como una Nación organizada, Belgrano ya diagnosticaba que el principal enemigo de los pueblos era la falta de instrucción. Durante su gestión como Secretario del Consulado de Comercio de Buenos Aires (1794-1810), utilizó sus célebres “Memorias” para diagramar un plan educativo sin precedentes. Para él, la educación no debía ser un privilegio de las élites, sino un derecho universal y una inversión estratégica del Estado con clara visión federal: beneficio educativo “tanto en la ciudad como en la campaña”.
Su preocupación por la educación técnica y los oficios demostró que Belgrano entendía que la universidad colonial, enfocada prioritariamente en la teología y las leyes, no generaba la riqueza que el territorio necesitaba. Así fue que fundó la Escuela de Náutica y la Escuela de Geometría y Dibujo, orientadas a formar profesionales que impulsaran el comercio, la navegación y la infraestructura.
Otra inquietud sustancial fue la inclusión de las mujeres en los distintos ámbitos laborales y profesionales de la sociedad. Se oponía abiertamente a la visión conservadora que confinaba el rol femenino solamente al ámbito doméstico, estimulando la necesidad de su escolarización y sosteniendo que las mujeres debían educarse no solo por derecho propio, sino porque eran las primeras formadoras de los ciudadanos, convirtiéndose entonces, según sus palabras, “en un vivero de las buenas madres, buenas hijas de familia y buenas maestras”. Y así como Sarmiento, impulsó el laicismo y la obligatoriedad de la educación argentina, junto con la gratuidad y la incorporación de la mujer al sistema educativo.
El desprendimiento final de Manuel Belgrano: un legado en cuatro escuelas
La coherencia entre las ideas de Belgrano y sus acciones quedó sellada de manera trágica y magnánima tras sus victorias militares en Tucumán y Salta (1812-1813). La Asamblea del Año XIII lo premió con la enorme suma de 40.000 pesos oro por sus servicios a la patria.
Belgrano, que ya sufría problemas de salud y carencias económicas, no dudó un segundo: donó la totalidad del premio para la construcción de cuatro escuelas públicas en Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero. Pero además su plan educativo se plasmó en un reglamento interno sumamente completo que abarcaba desde las inasistencias hasta el sistema de reconocimiento a los mejores estudiantes, potenciando siempre el rol del maestro, defendiendo su remuneración digna, ello en el férreo convencimiento que “un pueblo culto no puede ser esclavizado” y “que fundar escuelas es sembrar en las almas”.
Manuel Belgrano murió en la pobreza más absoluta el 20 de junio de 1820, ignorado por el poder político de una Buenos Aires sumida en la guerra civil. Sin embargo, el tiempo se encargó de dimensionar su verdadera estatura.
Su mayor batalla no la libró en Salta ni en Tucumán, sino en las aulas que soñó, en los campos que instó a sembrar y en los talleres que ayudó a fundar. Belgrano nos dejó la bandera como símbolo de identidad, pero su legado más profundo es la convicción de que un país solo es soberano cuando su pueblo es instruido. Hoy, su figura sigue siendo un faro que nos recuerda que la educación y el desarrollo humano no son gastos, sino los cimientos irrenunciables de cualquier patria libre.


