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Opinión

El día de la cacerola, la cadena de emails del golpe, la plata de las cajas de seguridad, la Afip, vos y yo

El gobierno tiene que hacerse cargo de clarificar su política impositiva para evitar la proliferación de rumores de alto poder de impacto. Un clima enrarecido que favorece la protesta fuera de los canales del sistema político. La opinión del director de MDZ.

En Twitter: @ConteGabriel

Hay que exorcizar a los fantasmas del pasado. A la incontrolable pasión por hablarle a todos y todas una o dos veces por semana por parte de la Presidenta, se le ha sumado una irracional respuesta con operaciones, rumores (creíbles, increíbles, aunque también algunos de probable cumplimiento) y hasta una cadena que ya no es de “desánimo”, como la que, según CFK, encabeza Clarín, sino lisa y llanamente una que promueve el caos social como "salida".

Si analizamos el panorama, éste se compone ni más ni menos que de un collage del pasado histórico argentino: cuando no se conseguía ganar elecciones se golpeaba la puerta de los cuarteles o se generaban saqueos, corridas bancarias. "Desestabilizar" es un verbo genético argentino y, por ello, no debe resultar extraña su vigencia.

Es necesario mencionar aquí, entonces, a esa amenaza fantasmagórica surgida de un anonimato pero que nutre su poca credibilidad con los miles y miles de reenvíos por correo electrónico. Su mensaje podría sintetizarse así: “Nosotros que somos democráticos hagamos un golpe y expulsemos a esta dictadura”.

La cadena, la otra, la que circula en emailes que prometen el fin de los tiempos signados por la letra K, hablan de un golpe contra un presunto autogolpe que colocaría la sede de gobierno en Campo de Mayo, que arrasaría con el gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y que, de paso, pondría a los gobernadores de rodillas (como si ahora  no lo estuvieran). Increíble. Una tremenda estupidez.

Lo que pasa aquí es el resultado de un efecto paradojal: el gobierno que sucede al que en 2003 le devolvió vida a la política, elige jugar como único miembro en esas lides e impone a la prensa como adversario, quitándole personería simbólica a sus posibles contrincantes dentro de la política. Los grandes temas se plantean en la nueva plaza pública que es la televisión, no en el Congreso de la Nación que, trocando con aquella su rol, se vuelve poco más que una caja de resonancia de lo ya decidido, debatido, discutido, aprobado o reprobado a priori a través de la caja boba.

La oposición, a su vez y diferenciando cada una de las múltiples partes que la componen (nunca iguales), acepta el juego: “Mejor conseguir una banca que competir por la conducción del país; mejor el riesgo a perder una elección que el de triunfar y tener a toda esta gente en la oposición”, parecen ser las ecuaciones que se hacen dentro de sus cuadros.

Con las cosas planteadas de este modo, no suma nada a la vida política del país quejarse ni descalificar a los cacerolazos como el programado para hoy: terminan siendo tan solo la respuesta de una porción, pequeña, grande, lo que sea, de una población que encuentra en golpear una olla una sensación de libertad o una forma de expresar sus desacuerdos (en temas pequeños o grandes, los que sean) que los espacios partidarios no muestran con claridad.

Como ocurre con los sismos, habrá que analizar tanto la magnitud como la intensidad de estos movimientos de expresión popular: si se hacen porque levantaron una novela que muchos querían ver o si responden a un sincero sentimiento de perjuicio frente a la realidad del país y necesitan quién los escuche y, en lo posible, represente.

En este marco, de lo que el Gobierno debería tomar nota, en un gesto de humildad militante, es de la confusión reinante y hacerse cargo, al menos, de esa culpa.

A un Indec de cuyas cifras evaluatorias de la situación del país se ríen en privado hasta los funcionarios más comprometidos con “el modelo”, hay que sumarle las idas y vuelta, anuncios y desanuncios provocados en cadena nacional, con todos en ascuas frente a la pantalla, aguardando que de una vez por todas esa imagen multiplicada por millones diga algo que nos cambie la vida, pero en serio.

En las últimas semanas, un efecto “pastor mentiroso” está generando que millones de personas muden su atención, por ejemplo, al Discovery Channel justo en el momento que debiera ocupar el mensaje más importante para los argentinos. Junto con las concatenación de medidas que surgen un día, para ser rectificadas después, corregidas y aumentadas, desmentidas y posteriormente aplicadas por parte de la Afip, se conforma un escenario de confusión que no hace más que alentar los reclamos en forma desordenada y hasta por fuera de los canales políticos adecuados para canalizar cambios reales.

La falta de claridad en la política recaudatoria, por ejemplo, genera rumores que, muchas veces, son oficiosos. Los funcionarios dicen algo en público y lo explican en privado. Las operaciones se multiplican y nadie sabe, en definitiva, si la medida es cierta y, por lo tanto, la da por cierta. y también hay una cuestión que de tanto repetirla en superficie se volvió de fondo, como es el currículum de los protagonistas de la vida política: ¿qué autoridad tiene el titular de la Afip cuando su pasado lo condena?

Desde el ostracismo se lanzan a circular cuestiones brutales por las redes sociales sin que la realidad les ponga un freno definitivo: que van a confiscar los depósitos de las cajas de seguridad, que van a eliminar los pasaportes y van a darlos a tal o a cual en cuentagotas… cosas que ni en el desopilante 2001 sucedieron ni como respuesta de la mitad de los actuales integrantes del kirchnerismo que integraron el gobierno de Fernando de la Rúa, ni la otra mitad que jugaba a favor de su destitución.

Hay un responsable del descalabro sobre el cual seguramente somos pocos quienes lo discutimos, mientras el grueso de la población intenta seguir viviendo: el gobierno nacional, porfiado, pretendidamente ejemplificador pero poco ejemplar.

Mientras aquí nos emputecemos en los detalles que le dan intensidad a la práctica de la democracia, muchos otros no leen esto, ni Clarín, tal vez reciban en su pueblo la cadena nacional y hacen patria con su esfuerzo cotidiano, confiados y esperanzados en que la dirigencia los haga parte de su proyecto.