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Opinión
Cacerolas y vivarachol para todos (y todas)
En Twitter: @GabrielConteMDZ
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Aníbal Fernández ya puede quedarse callado. Sucede por primera vez en una década de protagonismo personal desde Duhalde hasta la actualidad en que su palabra resultó una topadora a veces graciosa, otras oportuna para escudar el poder. La Presidenta tuvo que llamarle la atención: "Qué gracioso que estás, Aníbal Fernández, o ¿qué tomaste?, ¿vivarachol hoy a la mañana?".
Antes había tropezado en lo que representa, probablemente, su mayor error de cálculo en su tarea chocadora: luego de exigirle a los medios y a los argentinos en general que "empecemos a hablar en pesos", aceptó que él ahorra en dólares. El senador admitió tener ahorros en dólares y aunque ratificó que "es sensato empezar a pensar en pesos" en la Argentina, defendió la decisión de elegir, en su momento, la moneda estadounidense porque es su "derecho", dijo, y con su plata hace lo que se le "antoja". Pero advirtió que sólo los venderá cuando no "pierda" plata. "Yo los compré legalmente, no me pidan que haga cosas de idiota, 'ah, tengo U$$ 24.000 entonces tengo que cambiarlos a $ 4,49 cuando en el marcado negro está en $ 6'", manifestó. "Tampoco soy un tarado que tengo que ir a venderlos golpeándome el pecho en un falso patrioterismo y perdiendo guita. Déjelos ahí tranquilos que están bien cuidados", expresó.
La mitad de las cacerolas que ayer se hicieron sonar en muy puntuales sectores de clase media de la capital nacional fueron sacadas de sus alacenas por el desajuste canchero y cutoritario de Fernández. La otra mitad, probablemente, sea esa misma gente a la que se le activa el nervio del bolsillo (con todo derecho) cuando siente que el gobierno le mete la mano. Es la misma gente que está en el medio de una pelea sin límites entre el gobierno nacional y el de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y toma partido, probablemente, por este último.
Pero más allá de la magnitud del cacerolazo real, lo que generó (amplificado por los medios opositores y ridiculizado por los afines al oficialismo) es una señal que la Presidenta avisó que había recibido: el kirchnerismo no está explicando (porque no quiere, no sabe o no puede) su política económica y cuando lo hace, se "anibaliza".
Por lo tanto, como sucedió otras veces en el país, lo importante no es la dimensión, sino que exista un germen capaz de producir que una pizca de disconformidad empiece a rodar como una avalancha potenciada por las redes sociales y los medios.
Restaría, en este caso, que la discusión no se quede dentro del oficialismo y que no termine en un tirón de oejas a quien se sale de libreto. Ya otras veces el Gobierno ha sufrido estos mensajes y ha sabido remontar la cuesta: unas veces con "cotillón" y otras con la tracción de las urnas.
Pero lo que está pasando con el dólar como emergente es bastante más complicado que una anécdota discursiva: hay un problema real, en el mundo y aquí también y, por lo tanto, lo que nos va a salvar a todos (y no sólo al Gobierno y sus adláteres) es la información, la claridad y la transparencia en torno a la realidad económica del país.
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