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Opinión

"Sensación de injusticia" o "Menem (no) lo hizo"

Elegí vos el título. Mientras los argentinos veíamos en cadena nacional los hierros retorcidos de dos trenes contra un micro que se cobraron once vidas y pusieron en riesgo a más de 200, no miramos el primer caso en que un ex presidente de la República llega a juicio oral acusado de un grave delito. ¿Justicia? ¿República? Dos puntos para reflexionar. Si apagás la tele.

Mientras leían el fallo, Carlos Saúl Menem sonrió. Un par de personas que lo acompañaban le hicieron saber su beneplácito por lo que escuchaban, pero pidió silencio para seguir oyendo el dictamen: “absuelto”.

La gente estaba en otra cosa. En una transmisión televisada en una virtual cadena nacional, los argentinos no estaban presenciando el resultado final de 16 años de juicio, que insumió la declaración de 400 testigos y que se convirtió en el primer juicio oral y público al que es sometido un ex presidente de la República.

La tragedia de la República, precisamente, era eclipsada por otra: los argentinos presenciábamos al detalle, un minuto tras otro, la repetida imagen de hierros retorcidos y balizas de ambulancias en la desgracia que involucró a dos trenes y un micro en el barrio porteño de Flores y que dejó a 11 personas muertas y más de 200 heridas, el 10 por ciento de ellas, en muy grave estado.

No pudimos ver en vivo y en directo, casi como en una burla de las circunstancias, la felicidad del ex presidente, de su ex cuñado Emir Yoma y de los otros 16 acusados: “absueltos”, dictaminaron, poco antes de que uno de los abogados pronunciara la provocadora frase que ya fuera usada en el pasado para justificar una y mil picardías: “Acá no hay vencedores ni vencidos”, tal la expresión de uno de sus abogados

Entre 1991 y 1995, Menem no hizo lo que hizo. Para la Justicia, no son prueba suficiente que haya firmado los decretos que permitieron exportar ilegalmente armamento a dos países que sufrían embargos internacionales para este tipo de mercadería por estar, precisamente, en medio de conflictos armados, como lo eran Croacia y Ecuador. "Mis actos como presidente se limitaron a firmar los decretos para exportar las armas a Venezuela y Panamá", testificó Menem durante el juicio. Esas armas alimentaron la maquinaria de muerte en otros dos países.

Según la Fiscalía –que deberá esperar hasta dos semanas después de las elecciones presidenciales, recién el 7 de noviembre, para conocer los fundamentos del fallo y así poder apelar- el ex dos veces jefe de Estado firmó los decretos "a sabiendas del verdadero destino del material" bélico.

Además, de acuerdo con el Ministerio Público, "convalidó la venta de armamento a los verdaderos países de destino con cuyos gobernantes tenía una excelente relación". La Aduana, querellante en la causa, había pedido una pena de cinco años para el ex mandatario. La Fiscalía, ocho. Igual, Menem no pasó más de cinco meses en prisión domiciliaria y, teniendo en cuenta el paso de los años y su avanzada edad (81), no hubiese visto de todos modos los barrotes de una prisión, como sí les pasa a criminales comunes y no tan comunes en el resto del mundo por causas mucho menos importantes que ésta.



Es imposible no pensar en la sensación de injusticia que deja la conclusión del caso en esta instancia. Además, se revela torpemente el estado en que se encuentran las cosas: por amistad con uno, por subordinación hacia otros o por conveniencia propia, los medios masivos prefirieron poner el foco en otro lado y no un caso histórico.

Además de las consecuencias económico sociales de su paso por el gobierno, cosa que pertenece a otro tipo de análisis y discusiones, pasaron muchas “cosas raras” en el país de las “relaciones carnales”: atentados terroristas, la muerte del propio hijo del presidente, la explosión de la fábrica militar de Río Tercero, el otorgamiento de pasaporte argentino ¡en Mendoza! a un traficante sirio de armas… Todas causas en las que, tal como rezó algún eslogan de campaña modificado, “Menem (no) lo hizo”.

Mientras Menem hacía lo que según la Justicia no hizo, eran miles los hombres y mujeres con poder real que aplaudían como focas de circo amoríos, ocurrencias y determinaciones del riojano, derramando, en el grotesco ademán, el champán de sus copas.

Eran tiempos en que, a pesar de todo, la prensa, ciudadanos de a pie y sectores importantes del Congreso comprendieron el rol que les tocaba en el sistema republicano y, entonces, sostuvieron con fuerza su voz en contra, señalando y denunciando los hechos más allá de la ya famosa “servilleta de Corach” con la que, según reza el mito popular alimentado por la impudicia de muchos testigos, se designaba a los jueces.

Hoy, la más mínima esperanza de que realmente se logren los equilibrios institucionales que precisa el sistema amenaza con desvanecerse con sólo comprobar que nadie hablaba del abrupto final de la instancia judicial más grave -¿hay que repetirlo?- a la que se haya sometido a un ex presidente en la Argentina. A lo sumo, un vergonzante “son todos iguales” nos habrá disminuido, en la ocasional tarde de café en la que no se habló del tren porteño, al mismo barro en el que muchos sabemos que no estamos, no estuvimos ni estaremos.

Se consolida una “sensación de injusticia” que se sumará a la del “no se puede” de tantos que han bajado los brazos y que merodeará a los “contentos por cualquier cosa”, esos optimistas de ocasión que creen que las malas noticias las inventa algún poder destituyente para arruinarles la vida.

El mundo observa azorado el resultado del “Caso Menem - Armas”. Los argentinos, no.