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Opinión

“Sarmiento no existe; son los padres”

Hay un bicentenario que se nos cayó de la agenda: el nacimiento de Domingo Faustino Sarmiento, recordado por su aporte a la educación pública aquí y en Latinoamérica. El 11 de seoptiembre se cumplió un aniversario de su muerte y se recuerda a todos los maestros en su honor. Nos olvidamos de este bicentenario. ¿Nos “olvidaron”?

Este domingo se conmemoró el Día del Maestro en Argentina, pero también en gran parte de Latinoamérica. La fecha recuerda la muerte en Asunción del Paraguay del sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento. El 15 de febrero pasado se cumplieron 200 años de su nacimiento, en una fecha “redonda” que pasó sin que se lo homenajeara con la dimensión que su figura merece. Hoy, que se lo recuerda con el hábito necrológico acostumbrado por estas tierras, nos damos cuenta que también este bicentenario se nos pasó de largo.

Podemos discutirlo hasta el hartazgo: gran parte de sus definiciones resultan repugnantes, excluyentes y discriminatorias. Situadas en su época, probablemente puedan comprenderse debido al contexto. De hecho, fue Sarmiento el gran “discutidor” de la Argentina y de América latina. Sus polémicas en el Senado, sus cartas, sus libros son una provocación a pensar y discutir.

Lo mismo va a pasar en el futuro: podrán esperarse en construir un relato de lo que se vive, pero la historia juzgará implacable a este presente por una frase infortunada, un hecho no calculado o, probablemente, una omisión absurda (tal vez, como de la que estamos hablando). Dependerá del signo que asuman los nuevos tiempos, de la actitud de los relatores del pasado y de las “verdades” que el poder asuma como tales en los años venideros.

Hoy, el Gobierno destina a la Educación cifras inusitadas de su presupuesto y distribuye tecnología para su uso en las escuelas como nunca nadie lo hizo aquí ni en otra parte del mundo, según las palabras de la Presidenta.

¿No resulta entonces ridículo que el Estado se haya olvidado de este bicentenario tan vinculado con el acceso masivo de los argentinos a la enseñanza?

Sarmiento es una figura tan fuerte de la historia que da espacio tanto  para odiarlo como para quererlo, para defenestrarlo como para endiosarlo. Por eso resulta increíble el “olvido”.

Olvidarlo es la peor actitud que podemos asumir: esta ausencia de memoria sobre el pasado ya ha causado saltos temporales dramáticos en la cronología de la Patria. Tanto, que muchas veces –como dice el repetido dicho- nos vimos condenados a repetir situaciones por no hacer uso, precisamente, de la memoria.

En el caso de Domingo Faustino Sarmiento, su propia figura, hechos y definiciones son un llamado a gritos al debate y son estos tiempos del país, precisamente, tiempos de confrontación y de llamado a que se tome posición de uno u otro lado. Hablar sobre su incidencia en la historia argentina sería, sin dudas, y con sus palabras a mano en libros, documentos y cartas, combustible de alto octanaje para un debate de calidad sobre el presente.

La semana que terminó, uno de los grandes escritores de la actualidad, Ricardo Piglia, hizo un último llamado casi desesperado a no dejar pasar así no más estos “olvidos”. Dijo (y advirtió que no estaba exagerando) que Sarmiento no solo fue el mayor escritor del Siglo 19, sino que también lo fue del 20. Concretamente obvió a Jorge Luis Borges, pero lo explicó: “Borges fue un orfebre de la literatura”, pero Sarmiento, dijo Piglia, “el gran escritor de todos los tiempos y todos los campos”.

“Cuando terminó la primaria, su madre, Doña Paula Albarracín, quiso que estudiara para sacerdote en Córdoba, pero Domingo se negó y tramitó una beca para estudiar en Buenos Aires. No la consiguió y tuvo que quedarse en San Juan donde fue testigo de las guerras civiles que asolaban la provincia. Marchó al exilio en San Francisco del Monte, San Luis, junto a su tío, José de Oro. Allí fundaron una escuela que será el primer contacto de Sarmiento con la educación”, cuenta Felipe Pigna, el historiador a quien no se le puede acusar, precisamente (y si acaso eso puediera ser considerado como un agravio) de “sarmientino” El hombre, el “cuyano alborotador”, como le llamara García Hamilton a los 15 años se le ocurrió una barbaridad tremenda: fundar una escuela.

El concepto de Nación, en nuestro país, lo dio ese primer gran gesto de un pibe de 15 que ya se veía venir como un chico complicado y con el “peligro” de poseer ideas propias, sumado a su hambre de alimentarlas con otras desde cualquier lugar del mundo del que se sentía parte.
Porque sucedió aquí que la escuela pública creada por este hombre a quien olvidamos por acción u omisión, acogió y educó por igual a hijos de patrones y obreros y les dio a muchos obreros la posibilidad de ser patrones. Porque ese mismo concepto educativo le dio profundidad de nación a un territorio dividido y siempre en conflicto como es el de nuestro país. Y porque, además, también fue la escuela la que hizo que nativos e inmigrantes cantaran un mismo himno, accedieran a un mismo nivel de conocimiento y otorgara, de arranque, una nacionalidad a todos por igual, más allá de los abismos sociales que pudieron persistir (y que persisten todavía hoy).

Hace unos meses, su imagen fue expropiada por la dirigencia agropecuaria al abrir la Exposición Rural de Palermo y levantada como su propia bandera. Desde enfrente, entonces, se la tomaron contra Sarmiento, vinculándolo a la patronal del campo y despojándolo de su carga positiva. Unos, lo disminuyeron hasta ponerlo a la altura de sus intereses. Los otros, lo condenaron a la desmemoria.

Por ello, éste no es un homenaje a Sarmiento sino un flash que nos permita darnos cuenta del gran olvido que no es solo del Estado o del Gobierno, sino de las instituciones, las empresas, la comunidad educativa, los sindicatos y la sociedad.  Y ese flash es un aviso en torno a cuán fácil puede resultar pasarnos de largo un episodio de la historia cuando estamos concentrados en otra cosa.