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Opinión

Escribí cien veces: “Qué país quiero, qué Mendoza quiero"

En medio de la Babel educativa, la idea está en buscar -como en el principio de los tiempos de la argentinidad- un idioma que nos resulte común aun en la diversidad. Saber de qué hablamos y hacia dónde vamos. La opinión de un padre a los expertos; de un ciudadano a su gobierno. Ahora necesitamos tu participación.

No sabemos qué está peor: lo que educa, el que recibe esa educación o el que la apoya activa o pasivamente desde el hogar, casa o rancho. No sabemos quién cumple el rol principal en la tarea educativa: el padre, el alumno, el docente, la directora, el Gobierno. No sabemos quien confunde más (y ahora, repítase la última enumeración).

En medio de tanto barullo y malos entendidos – los que se producen por distracción, desinterés o, directamente, a propósito- están nuestros pibes, “el futuro” para algunos, “el presente” para otros, según la ocasión haga al ladrón que da el discurso sobre “la importancia del sistema educativo en el desarrollo de nuestra sociedad”.

Durante mucho tiempo se cocinó el escepticismo que marca y condiciona esta nota, escrita por un “no experto” en temas educativos, pero padre de cinco chicos en edad escolar.

Sucedió con la recepción de la formación escolar propia, mechada en tiempos de dictadura y de democracia, pero pasó también –y centralmente- cuando “la educación” se arrodilló ante el mandato económico de los años noventa y determinó que los pibes serían, en adelante, poco más que repositores en los supermercados. La idea era esa: aceptar que este país estaba para menos y, por lo tanto, preparar  a los pibes y las pibas para las tareas domésticas, no para la producción. Y si tenías dinero, para el consumo, no para la inversión.

Durante lo que llamamos como “período de reinstauración de la democracia” fuimos y volvimos y en cada carrera alrededor de alguna teoría comprada, alquilada o pedida prestada de otros países fuimos perdiendo –cual sales del cuerpo de un maratonista porfiado y sin destino final- todo rasgo que pudiera hacer distintiva a la educación argentina como un corpus nacional, con una clarísima misión y un compromiso conjunto por llevarlo adelante.

Conviven ahora decenas de intentos inacabados. Esa confederación de iniciativas truncas, malhechas, maltrechas, frustradas conviven con experimentos educativos más o menos buenos o más o menos malos.

Al demonio, entonces, con aquella escuela que obligó a los tanos, gallegos, rusos y originarios a cantar un mismo himno y, luego, a usar un mismo color de guardapolvo, para unificar bajo una misma bandera a ricos y pobres, a oriundos y refugiados de las crisis del Viejo Mundo. Fue la escuela que dio origen al sentido de Nación que nos distinguió por años.

Durante esta democracia intentamos democratizar todos los ámbitos y nos prohibimos la autocrítica, poniéndonos como límite un cuco ya inexistente: el del miedo, la persecución y la muerte que marcó no sólo a la dictadura última, sino a gran parte de la historia argentina, durante la cual se formaron los maestros de los maestros de los maestros de los maestros de la actualidad.

Claro: nos pareció que con la democracia todo se solucionaba y que la sola invocación de esa palabra exorcizaba al país no sólo de los demonios del pasado más o menos reciente, sino de los males por venir.

Pero la democracia no es más que un sistema de gobierno que hay que rellenar con decisiones y políticas públicas. Puede ser buena, mala, mediocre, fofa, de alta calidad, absurda, absolutista, representativa, republicana, federal, unitaria, centralista, autoritaria. Todo eso y mucho más.

Por la complejidad, entonces, cada rubro en discusión en el marco de la democracia fue asumiendo formas y lenguajes propios.

Hoy los políticos se hablan entre ellos y transformaron la representación en la representación de sus partidos, no de ideas y mucho menos de ese colectivo al que llamaron alguna vez “el pueblo” y luego “la gente”.

Así, los abogados hablan “en difícil” y se regocijan haciéndolo entre pares, sabiendo que cada vez que eso sucede se está dilucidando un “códice” accesible para pocos.

Los periodistas hablamos de periodismo, en lugar de contar noticias. O peor: hacemos de nuestros problemas una agenda de noticias y nos mostramos nuestras miserias en público, como si a alguien le sirviera ese espectáculo para mejorar su calidad de vida.

Bueno –ya lanzados brutalmente esos ejemplos- digamos, para seguir siendo duros con lo que nos pasa a nivel educativo, que los ámbitos educativos desarrollaron también su propio idioma: el “educaciones”.
Cosa curiosa, pero aquellos a quienes se les transmitió el don de la didáctica prefieren enroscarse en sus múltiples frecuencias que, claro está, sintonizan con muy mala calidad con el resto de los integrantes de lo que se llama como “sistema” o “comunidad” educativa.

En síntesis, lo que estamos intentando desde MDZ con este Desafío Mendoza es abrir el juego para encontrar un idioma común que nos permita entender algunas cosas simples en medio de la necesaria complejidad del fenómeno educativo: qué hacemos, cómo lo hacemos, con quiénes lo hacemos, para qué lo hacemos.

Podemos fracasar una vez más reinventando un absurdo esperanto que jamás hablaremos todos. O abrir un canal que permita reunir coincidencias y barrer disidencias con la intención puesta en vivir en una Mendoza y una Argentina mejor. Ojalá podamos. Ojalá nos escuchemos. Ojalá escuchemos también a los pibes y les permitamos que sean ellos los que hagan las preguntas y nos tomen lección a los adultos, nos dejen al borde de la ridiculez y descubran por sí solos, como los antiguos, el por qué de las cosas.