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Opinión

Sumate: para que no existan argumentos para El Puntero

Las "internas abiertas con preferencias" se han transformado en una opción vanguardista que atrasa y justifica las peores perversidades del sistema. Mirá de dónde salen los que manejan nuestro presupuesto y ponen y (rara vez) sacan a los que administran la justicia. Cambiar es posible.

Mendoza se estanca sobre sus propios prejuicios y mañas. La otrora provincia ocurrente, capaz de correr a cualquiera con la vanguardia en la mano, está sumida en la mismísima nada, cuando de elegir a los “mejores hombres y mujeres” se trata.

Es la misma Mendoza que promueve y después niega la posibilidad de realizar referendos y consultas populares sobre temas clave. La misma que se embandera en la queja, sin saber hacer el duelo y, resiliente, salir adelante.

Y "la culpa es de todos" resulta un argumento ideal. Aunque posiblemente no haya muchos empresarios, dirigentes sociales, gremialistas y políticos dispuestos a un cambio de calidad, la posibilidad hoy está en manos de un solo sector dirigencial, el que tiene "la manija": la política.

Han concluido los comicios internos de los principales partidos políticos de Mendoza y de allí surgieron, con mayor o menor entusiasmo de los votantes, quienes conforman la oferta electoral y quienes aspiran a representarnos en las cámaras legislativas, concejos deliberantes y dirigir la cosa pública desde el Ejecutivo provincial y municipal.

La tarea que recaerá en manos de las personas elegidas en estos procesos internos tradicionales y, por lo general, amañados, de los partidos políticos, tendrán que opinar sobre miles de millones de pesos del Presupuesto de Mendoza, tomar determinaciones en torno a los fondos y obras de las comunas, controlar con calidad la gestión del oficialismo y gestionar con éxito, por parte de aquellos a quienes les toque la responsabilidad de ser votados para integrar la administración central. Los legisladores que votaremos designarán y, en casos muy excepcionales –ya que la legislación en este punto también es conservadora, vetusta y mañosa- expulsar a magistrados de sus cargos.

En su momento, se dirá que “fueron elegidos por el pueblo”. Ante las críticas por su futura inacción o desconocimiento público de muchos de los que terminen impuestos en importantísimos cargos resguardados por la Constitución, se responderá que “son el legítimo resultado de la opinión de la ciudadanía”.

Pero hay una verdad que resulta incómodo admitirla, cuando hay tanta gente de acuerdo en que todo siga igual: ¿realmente los procesos internos vividos han sido tan impecables como el sistema reclama? ¿No hay una posibilidad de que resulte mejor? ¿Hay instancias para levantarle el octanaje al combustible del sistema?

Está el sistema de primarias abiertas, obligatorias y simultáneas. La Nación lo está implementando y Mendoza mira, chiflando, para otro lado.

De haberse aplicado, los votantes hubieran concurrido todos el mismo día, cumpliendo con el deber cívico (obligados, digamos) a elegir a los mejores de todos los partidos.

En los procesos pasados recientemente, los partidos políticos se vieron urgidos a movilizar gente a favor de candidatos preestablecidos en función de acuerdos o desacuerdos. Y para ello, se tuvo que recurrir a los estímulos y a lo que comúnmente se conoce como “aparato”.

Así, durante las coberturas en tiempo real y abiertas a la opinión de l gente que realizó MDZ se recopilaron datos que demuestran cuan pervertidas están las elecciones internas individuales y cómo ni siquiera el resultado legitima a candidatos que, una vez surgidos del comicio, no son reconocidos por ningún vecino cuando los ven pasar.

Como la gente no se ve motivada ni obligada a concurrir a las escuelas a votar por gente que ni siquiera conoce, los partidos recurren a promesas, regalos y hasta le ponen el transporte para hacerlo.

Es muy difícil conocer los gastos a los que recurren para esta tarea y mucho más, el origen, cuando uno se da cuenta de los montos que se manejan.

Por ejemplo, el alquiler de una combi por un día, en la última interna radical, costó entre 750 y 950 pesos. Un solo candidato de un solo municipio del Gran Mendoza alquiló, pagando de contado, unos 200 de estos vehículos, más automóviles (a 350 pesos) y taxis. La cuenta en movilidad no baja de los 300 mil pesos.

También se les pagó a fiscales, entre 50 y 75 pesos, atentos a la desmovilización real que sufre la política. Y en muchos casos no comprobados llegaron denuncias de compra de votos, visitas domiciliarias padrón y billetera en mano y hasta ofertas masivas a equipos completos de fútbol para que fueran a votar y, tras recibir sus estímulos, devolverlos al lugar en donde solo los esperaba la pelota.

Todo esto y mucho más se hace “para ganar”, Pero ¿quién gana? y ¿qué se gana con esto? En muchos casos, solamente se gana un proceso interno, como si se tratara de una ludopatía irresuelta y riesgosa. En esta “internapatía” el gana y gasta hasta lo que no tiene en su patrimonio personal para poder anotarse un triunfo que, lo sabe, lo entiende porque no es tan tonto, quedará sólo en la interna, sabedor de que sus posibilidades de proyección frente a los contrincantes son nulas, difíciles o, en el mejor de los casos, azarosas.

Una interna abierta, simultánea y obligatoria, unas “primarias”, nos salvarían a los contribuyentes pero también a mucha dirigencia sana de sostener esos verdaderos ejércitos de punteros que deben sostener porque si no, no ganan las internas tradicionales.

Con un sistema como el propuesto y al que Mendoza le dio la espalda, no desterrará las perversiones y mañas, pero las dejará al alcance de la luz del día y posibilitaría que quienes compitan por un cargo, por lo menos sean conocidos y, en lo posible, estén capacitados.

Porque el poder interno no es proporcional, mágicamente, a la capacidad de sus candidatos, sino a los recursos que consiguen. No es de extrañar, entonces, que en los partidos políticos no terminen tan contentos con el resultado que ha dejado “el sagrado mandato de las urnas”. Esto, porque muchos de los candidatos que resultan “potables” para mover hacia adentro, terminan siendo todo lo contrario una vez que la sociedad les puede poner la lupa encima.

Hubo una  Mendoza que fue mostrada como “una isla”. Creimos que fuimos “la capital de la reforma política”. Nos sentimos superiores en muchos sentidos a provincias a las que llamamos, con asco, “feudales”. Pero esta es la Mendoza que somos: la que se niega a los cambios, la estancada, la que te dice, sin vergüenza, “es lo que hay” y no mueve un dedo por tratar de ser mejor.

Gabriel Conte en Twitter: @ConteGabriel