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Opinión

Otra de esas ideas geniales: piedra, papel o tijera para entrar a la Ciudad

Comprobado: somos chatos, chetos y chotos. Y entendemos a la democracia de una manera perversa. No solucionamos: obstruímos. La decisión de los concejales de Capital de cerrar el debate y arrodillarse frente al mandato del intendente asquea. El intendente, frente a su inexistencia política fuera de la Capital, logra decidir sobre la vida de los que vivimos en el Gran Mendoza. Una opinión.

Confirmada la teoría: en Mendoza somos chatos, chetos y chotos. ¿De qué otra manera podríamos calificarnos si la salida a los problemas que buscamos y encontramos termina metiéndonos en otros, y así sucesivamente, en una espiral interminable de mañas incambiables y, además, terminamos orgullosos de que esto pase?

La Ciudad de Mendoza acaba de delegarle, a través de sus representantes, poderes especiales al intendente para que este cierre a “gusto e piacere” las fronteras de la Capital.

Cosa de locos: para resolver un problema de tránsito que es real, se fundamenta la decisión de filtrar el ingreso de autos a una porción de la ciudad que es el Gran Mendoza en que, precisamente, falta transporte público de pasajeros.

Lo peor no es la contradicción de la ordenanza, que consta en su propio y confuso texto, sino también de quienes tienen la atribución de aprobarla, rechazarla o, además de esas dos opciones extremas, discutirla, debatirla, abrir el juego a los expertos y, luego, votar a conciencia y no de acuerdo a las órdenes que reciben de otro poder, justamente, el que deben controlar.

La aprobaron, sin más. Ésa era la orden.

Podría haber sugerido "el jefe" que se hiciera un "piedra, papel o tijera" en cada esquina de la Capital. Y la hubieran aprobado, chochos.

Somos chatos, porque no resolvemos los problemas: empeoramos la situación, creamos más inconvenientes en paralelo para la gran ciudad y para sus otros habitantes.

Somos chetos, porque creemos que por tener poder en un cuadradito de toda la superficie de toda la provincia podemos regir las vidas de cientos de miles de personas. Y parece que nos gusta que así suceda.

Y somos chotos, porque no somos capaces de encontrar salidas ingeniosas, saltar hacia delante. No es solo un problema de Capital, sino de Mendoza toda.

Porque al que le toca gobernar le encanta, generalmente, rodearse de aplaudidores, cual focas, incapaces de reconocer una crítica, refractarios a las opiniones diferentes y absolutamente permeables a las ocurrencias que resultan, habitualmente, muy caras, muy malas y definitivamente obstructivas.

Parece un chiste malo: mientras el mundo se integra y hay países en los que se puede cruzar las fronteras internacionales sin necesidad de frenar en puestos de control ni mostrar documento alguno, ahora los mendocinos de la misma Mendoza tendremos que exhibir patente par o impar, o alguna genialidad como ésta que no está en la ordenanza, sino que se le ocurrirá en su debido momento al intendente, en quien los representantes de los vecinos han delegado la toma de todas las decisiones, renunciando a su rol, pero no a sus dietas.

Desde que se les cruzó a las autoridades capitalinas la loca idea de cerrar sus límites difusos no pasó ni siquiera un mes para que se imprimiera como norma. Para colmo, parece que ni siquiera se les ocurrió a ellos, sino que se la robaron a un grupo de estudiantes del secundario del Martín Zapata, según lo denunciado por ellos mismos.

Aquellos progres se volvieron retro. Un pasito para atrás. Tal vez con decisiones como ésta se le cumple el sueño a un intendente que no logra existir políticamente fuera de los límites del municipio: ahora decide sobre la vida de quienes viven en los municipios que lo rodean. ¿No resulta un poco perversa la democracia entendida de esta manera?

Gabriel Conte en Twitter: @ConteGabriel