Opinión
Una noche bahiana: vivir para contarlo
Fue muy simple. Llegué una noche lluviosa y calurosa al aeropuerto de El Salvador de Bahía. Tenía la dirección de la posada donde me alojaría por 4 días en pleno Pelourinho, frente a la “Casa Fundación Jorge Amado”. Ni bien bajé del avión atiné a preguntar por buses económicos que me al menos me acercaran a mi destino –los taxis te matan hasta en Bahía.
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Conseguí una Van atestada de mochilas y turistas por solo 4 reales el viaje. Buen comienzo me dije, empecé a economizar de entrada nomás, cuando la guita escasea. La cosa es que luego de una hora de viaje llegue a Plaza Da Sé. ¡Aquí!, me indicó el conductor. Mochila al hombro, bolsito de mano y a encarar hacia Largo de Pelourinho nº 7. Durante el andar, varios bahianos se me acercaban ofreciéndome macoña y merca. Algunas mujeres me hacían gestos con las manos, como empuñando un pene, llevándoselo a la boca varias veces. Así de corta, sin vueltas. “Llegué al infierno”, pensé.
“Esto es lo tuyo” –me decía el diablito.
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“Esto no es lo tuyo” –me decía el angelito.
“A tomar por culo” –les dije a los dos- “dejen vivir la experiencia”.
Del cielo, y de a ratos, destilaba una garúa agradable, acariciaba pegajosa. Di con el hospedaje “País Tropical” y deposité mis bagallos en la cama de una habitación compartida con unos españoles. ¡A tomar una birra! -me animé y dije en mi soledad. Transité dos cuadras empedradas y encontré un salón abierto. El chabón que atendía parecía un linyera, por eso lo esquivé dentro del bar y esperé en una improvisada barra que apareciera algún garzón. El linyera me miró fijo y preguntó: ¿cerveza? “Ok, una Skol helada por favor”.
Un vendedor de collares me puso cinco en mi cuello, colgó tres pulseras en cada una de mis muñecas y tras una bendición espetó: “el primero va de regalo, dame por los demás 30 reales”. Se los dí. Mi situación se parecía demasiado a la de un turista de “La isla de la fantasía”. Tudo bom. Encollarizado, enpulserizado y bebido. Si me ponían un disfraz de Bob Marley con el sombrero de Jackson o el turbante de Bin Laden, igual, lo aceptaba. Pedí otra Skol. Ya me sentía más que animado. A partir de allí, compraba lo que me pusieran en la mesa.
La segunda cerveza quise tomarla sentado. En eso observé una pareja que hablaba de a ratos español. “Perdón ¿puedo compartir la cerveza con ustedes?” “Como no amigo, dijo la mexicana simpática”; mientras, la “cara de nada” del americano de Arizona que la acompañaba, atinó un gesto tibio de aprobación, forzado.
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La ciudad colonial caía sobre mi cabeza. El imperio portugués había llegado allí por primera vez a tierras brasucas y fundaría la capital en El Salvador por 200 años. El componente negro domina la escena, descendientes de esclavos africanos por generaciones, al ritmo del batuque, se hacían sentir en las ventanas de los cuidados edificios de más de 400 años. El empedrado mojado le proporcionaba un toque particular al “Peló” -así le llaman cariñosamente a la ciudad casco viejo- Había llegado al destino propuesto desde Mendoza. Luego de divagar por San Pablo y Río de Janeiro, el Estado de Bahía, pensé, sería el descanso del caminante. No fue así, debo confesar. La alegría está en Río y la locura en Bahía.
Recorrimos con los de Arizona una serie de bares tomando cerveza y caipiriña, y el batir de los tambores hacía latir a todo el Pelourinho. Era el alma negra religiosa del batuque que nos movía de bar en bar, a risotadas y aplausos, con perfume de despedida. La noche terminó en un restaurant con una charla sobre la frontera de Tijuana, más precisamente “Sonora” una franjita del terror. Los asesinatos narcos, descuartizamiento de jóvenes envueltos en nylon depositados en la casa de sus padres, cocaína por doquier que se toma en la palma de la mano, me contaban. De allí venía Javiera, la mexicana, escapando de la violencia narco, recorriendo con su americano parco pero correcto, el mundo brasileño.
A Scott, una mujer negra embarazada puesta de crack le colgó unos collares de semillas y otros de pedacitos de coco. “Son de regalo”, dijo la mujer, “dame lo que puedas”, arremetió. Scott sacó 20 reales y se los dio. La mujer agradeció a dios y miró el cielo negro, como si el mismo fuera un espejo que reflejara su rostro. “Ve con dios”, le dijo a Scott a los ojos. “A ti, argentino, te digo que Maradona es también un dios”, me lanzó sin querer venderme. “A ti te regalo esta cinta roja para el brazo izquierdo”. Mi apariencia había cambiado en una hora. Era puro circo y en mi sangre corría caipiriña. La noche concluía por decisión propia. Con Javiera nos despedimos con un gran abrazo, Scott me tendió su mano, apurado. Nos vemos, tal vez…



