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Opinión

Ubatuba: el paraíso sin purgatorio

Por esas cosas del azar, donde paro, me crucé con Dimi Bass", cantante de Alcohol Etílico, e hicimos planes. Los dos en plena playa llenos de barro mirando estrellas. Brasil no sé cómo carajo es. A esta hora es de noche en todo Brasil y solo sé que en casa de Mónica, nuestra amiga, hay una heladera abarrotada para nosotros: para el Dimi y para mí.
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La pregunta que me formuló mi hijo mayor en el aeropuerto, el día de la partida, fue la siguiente: ¿papi, pero a qué te vas a Brasil? Claro, desde que se enteró que durante julio no estaría en casa porque viajaba, esa pregunta rondaba en la cabeza de toda mi familia y de varios amigos. Y tenían razón por preguntárselo porque yo mismo me hago exactamente la misma pregunta, estando por estos días en Brasil ¿Qué hago aquí? A mi hijo le respondí acorde a su ansiedad “voy por trabajo mi amor, y a hacer unos contactos en la universidad”. Si bien es cierto, el motivo del viaje no fue aquella respuesta. Todavía el motivo está en construcción. Y ello es más excitante. Sin rumbo fijo pero con brújula.

¿Qué les puedo contar con 43 bramhas encima? Que llegué a Sao Paulo y me senté en un bar del aeropuerto a charlar con Maira, una gordita muy simpática que esperaba su enamorado del nordeste –aquí les llaman enamorados a los novios-. Y la gordita dio conversación luego de devorarse dos queques de chocolate con un capuchino brasilero, de un litro por lo menos. Así empezamos. Estoy ahora en la playa a las tres de la mañana y garúa finito y suave. Por esas cosas del azar, donde me aloja una amiga, me crucé con "Dimi  Bass", cantante de Alcohol Etílico e hicimos planes. Por esas cosas del azar, “Dimi” también anda sin rumbo fijo en Brasil, pero con brújula.

Aquí estamos, los dos en plena playa llenos de barro mirando estrellas. Brasil, por cierto, no sé cómo carajo es. Es de noche en todo Brasil y en casa de Mónica, nuestra amiga, hay una heladera abarrotada para nosotros: para el Dimi y para mí. La idea inicial fue  programar cada uno la suya, pero de aquí en más, la ruta será compartida hasta Río, al menos. Brindamos en la “playa dura”, de noche, eufóricos y descalzos.

 “Esto recién empieza” nos dijimos entre carcajadas.

Nos encontramos de pedo en Sao, en "Ubatuba", un pueblito muy verde que ni se ve por la altura de las palmeras. Y les tengo que decir que los voy a traicionar una vez más: soy peronista y brasileño, tombino y agnóstico. Si estamos acostumbrados a que nos domine alguien, que sea Brasil ¡Por favor!

Los acordes de The Clash suenan y todos duermen, menos nosotros, porque la caipiriña y "combat rock" de los clash nos tienen a pelo de caballo. Todo lo que imaginamos aquí sucede y no sabemos si volveremos. Tal vez si, tal vez…no.

Es invierno para el Brasil pero se parece demasiado a una fresca de verano, esas que mantienen al cielo chispeando suave sin detener la marcha de gotitas sobre la frondosa vegetación. Es cuanto menos un shock visual y cultural este país, para quien no haya venido nunca, como en mi caso.

Ubatuba es un municipio chico, con posadas y casas de fin de semana, playas de 1800 metros, la más chica. El último municipio de Sao Paulo pegado al Estado de Rio de Janeiro. Posee una población pequeña, por supuesto retirada de la playa después de la ruta. Los mejores lugares del mundo han sido conquistados por compradores de terrenos, pero ese es otro cuento. Y

como es invierno, no hay un alma, estamos solos en la costa con los amigos que nos alojan. Comemos durante todo el día, caminamos por la playa inmensa y adormecedora, charlamos desde una paz envidiable para cualquier mortal. Aquí el “asado” se consume como una picada eterna, de a pedacitos. Comimos "picanha" asada a la parilla, una carne parecida a la punta espalda que en su envase plástico aclara: “carne do macho”, es decir, de buey, no de vaca. Sabe bien a las 7 de la tarde con la noche rugiente de fondo.

El aperitivo, batida de coco con vodka, rejuvenece luego de una caminata de un par de horas por el cerro (morro le dicen aquí). Parece la selva misma sin estar en la verdadera selva. Las casas tienen de fondo su patio explosivamente verde y a sólo 30 metros, el propio mar de “Praia dura”, una playa que por la subida de la marea nunca lograr secar y es apta para los deportes. Intentaré algo de surf, aunque el destino sea el más rotundo fracaso, anunciado.

Por ahora, esta partecita del Brasil, nos conectó solo con grandísimas arboledas de cocoteros y bananeros, arboles paralluvias, inmensos papiros, y no sé cuantas especies de palmeras que brindan todo tipo de frutos. Es el paraíso sin purgatorio. Las mañanas son soleaditas pero en cualquier momento se forma una cobertura gris que escupe gotitas de agua bendita, mientras, el aire, acaricia.