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Opinión

La TV mundial y el ciudadano menguado

La demoledora e imprescindible crítica que el filósofo Tomás Abraham lanzó esta semana contra la televisión argentina, tiene validez en todo el mundo y desnuda un proceso de limitación y vulgarización de la democracia en la aldea global.
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“Cada época tiene sus mitos. La época en la que nací tenía como mito al Hombre de Estado, y esta en la que se nace hoy tiene como mito al Hombre de la Televisión”, explicó Umberto Eco. El razonamiento conducía a una conclusión inquietante: “las nuevas dictaduras serán más mediáticas que políticas”.

El mito dominante determina conductas y certezas con total naturalidad. El Hombre de Estado podía ser inteligente y humanamente virtuoso, pero también podía ser tiránico y brutal; podía representar sensata compasión o supremacismo exterminador. De hecho, en sus reflexiones al respecto, el autor de “El Péndulo de Foucault” recuerda que, al nacer, el médico dijo a sus padres que “es un niño bello” porque “se parece al Duce”; y sus padres, sin ser fascistas, lo tomaron como un elogio. Al fin de cuentas, la pequeña burguesía italiana “tomaba la dictadura como un hecho meteorológico”. Algo que, sencillamente, ocurre.

El mito actual, o sea el ser televisivo, puede también rebosar de inteligencia y humanidad, o bien de bajeza y mediocridad. En las primeras décadas de su existencia, la televisión tuvo, en términos generales, un efecto positivo. En lo que de verdad constituye un tratado sociológico lúcido y profundo, Quino describió a los hijos de la televisión a través de Mafalda y sus amigos; una generación de niños inteligentes y curiosos en cuyas preguntas e inquietudes naufragaban los sobrepasados padres.

Por cierto, también aquella televisión tenía contraindicaciones, pero se la recuerda como un bálsamo frente a la pantalla de hoy, donde la violencia, la mediocridad, el vacío, la frivolidad, lo superfluo y la obscenidad conspiran en la creación de un ciudadano menguado.

La tinellización, el periodismo devenido en show mediático, el éxito de los seres grises que exhiben escabrosas intimidades, la exaltación de lo abyecto etc, no es sólo un problema argentino sino la muestra local de un proceso de mediocrización televisada que se está dando a escala mundial.

Algunos pensadores y escritores alertaron, incluso antes de la era de la televisión, sobre el oscuro proceso de degradación humana insinuado con claridad en la primera parte del siglo 20.

“La característica del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho a la vulgaridad y lo impone donde quiera”. Lo afirma Ortega y Gasset en “La rebelión de las masas”, libro escrito y publicado en la década del 20 del siglo pasado.

Más explícito y aterrador fue Aldous Huxley en “Un mundo feliz”. El nombre original de aquel libro escrito en 1932 es “Brave new world” y fue inspirado por “La tempestad”, obra de William Shakespeare en cuyo quinto acto Miranda, el personaje, dice extasiado “que maravilla; cuantas criaturas bellas hay aquí; cuan bella es la humanidad. Oh mundo feliz en el que vive gente así...”

Ese “mundo feliz” es el de la dictadura perfecta, o sea una sociedad donde la opresión se vuelve imperceptible porque esclaviza mediante un sistema de consumo y entretenimiento.

La sociedad sobre la que advierte Huxley utiliza la genética y la clonación para la creación en serie de individuos condicionados. Los alpha, que constituyen la elite; los beta, que son los ejecutantes de las determinaciones de los alpha, y finalmente los gama, empleados y mano de obra.

En ese mundo la libertad es una apariencia, porque se trata de seres condicionados por el consumo y el entretenimiento. Ese hombre que consume y se entretiene, fue descrito en 1932 por el autor británico nacido en una familia de intelectuales y científicos.

Al ver que, junto a la pornografía y la violencia difundida en Internet, la televisión se ha convertido durante la última década en un instrumento de mediocrización a gran escala y a nivel mundial, Umberto Eco agregaría a sus  ejemplos de la dictadura televisiva el reality show, donde se sacrifica la intimidad en el altar del rating, bajo la consigna “soy visto, luego existo”.

Sobre el reality como faz totalitaria de la televisión reflexionó Peter Weir, describiendo la vida de Truman Burbank en la isla Seaheaven. Pocos alegatos cinematográficos contra el totalitarismo han sido tan contundentes pero desapercibidos como “The Truman Show”.

Esos televidentes de emociones teledirigidas siguiendo la vida de un hombrea creado por la televisión y atrapado en una perfección artificial, se parecen al “homo videns” que describió Giovanni Sartori.

En su obra cumbre, el politólogo italiano advierte que el “homo sapiens”, un ser caracterizado por poseer pensamiento y capacidad de abstracción, está siendo reemplazado por el “homo videns”, la criatura que mira pero no piensa y que ve pero no entiende.

Al humanoide sobre cuyo advenimiento advierte Sartori en su libro “Homo Videns”, el filósofo esloveno Slavoj Zizek lo describe como un hombre que cree que actúa y cree que influye pero, en realidad, se ha vuelto inactivo y sin ninguna incidencia en la realidad que lo contiene.

Tomás Abraham, argentino pero nacido en Rumania, país pegado a Eslovenia, la patria de Zizek, es un filósofo imprescindible por ser de los pocos que desprecian el lenguaje críptico, y tan intelectualmente honesto como para reconocer que le apasiona ver televisión.

De ella añora los desaparecidos programas de humor, y valora las actuales comedias norteamericanas en las que el humor convive con una ácida y devastadora crítica social y cultural, como el genial Seinfeld.

Con la misma franqueza y lucidez, Tomás Abraham disparó a mansalva sus críticas a ese reino de la obscenidad y la violencia, donde la mediocridad va horadando el pensamiento y la capacidad de abstracción. Advierte el autor de “Fricciones” sobre los estragos que esto causa en la sensibilidad y la inteligencia de los niños. 

El fenómeno que describe no se circunscribe a la Argentina. Se está dando a escala mundial y su consecuencia, en la aldea global, será la democracia devaluada en la que cree actuar e influir un ser en realidad inactivo y sin incidencia: el ciudadano menguado.