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Opinión

¿Qué queda de nuestro estilo de potrero?

La reciente visita de Diego Maradona a Mendoza nos insta a recordar y pensar sobre el fútbol en nuestro país, cómo nació nuestro estilo de juego en la marginalidad de los potreros y qué queda de aquel ante el encumbrado profesionalismo de nuestros días.

Nuestro fútbol criollo

El fútbol en la Argentina, hoy mercancía fundamental de la industria del tiempo libre, es uno de los espacios masivos por excelencia donde se desplazan los conflictos sociales. Si bien el fútbol no es un reflejo directo de lo que pasa en la sociedad, sí constituye una arena simbólica de importante densidad significativa donde interpretar nuestra cultura. Por ello, es recomendable, no analizar los fenómenos de violencia en el fútbol desde el “campo” estrictamente deportivo, sino desde un análisis cultural de la sociedad. Se supone que es en las canchas donde las penurias cotidianas pueden amortiguarse con el disfrute de un juego que apela a sensaciones colectivas. Esa fue la intención básica y la función fundamental del deporte moderno, desde sus orígenes, en nuestras sociedades: contener, cohesionar, y porqué no adormecer todo intento de resistencia o rebelión en la vida cotidiana (recordemos que era el auge del anarquismo social).

Fue estrategia político-ideológica de aquellos empresarios que con  sus empleados-obreros, armaron su equipito para distraer a sus trabajadores, pero también para alejarlos de la vida licenciosa en las tabernas, y mantenerlos en estado saludable para que puedan rendir productivamente en la fábrica. Es en el contexto del modelo agroexportador entre 1880-1930 que nuestro fútbol argentino, como en la economía  y la política, también dominado por el estilo inglés, era una práctica amateur. Luego, los jugadores serán “trabajadores” del fútbol y tendrán sus sindicatos, y pelearán por sus condiciones de trabajo.

De ahí que la gran huelga de jugadores durante los primeros años del peronismo, en 1949, nos impidiera participar en el mundial en Brasil del 50 y, como consecuencia de aquella, por la emigración de jugadores a otros destinos, no participaremos en el mundial de Suiza del 54. Dos mundiales sin participación de la Argentina producto de la lucha sindical de los futbolistas. El fútbol entró, de ahí en más, al mundo del profesionalismo, y todo será distinto. Pero este profesionalismo ascendente, no pudo neutralizar del todo la picardía y las astucia de la gambeta que caracteriza el juego en el sur. En nuestro país también se expresan rebeliones y resistencias en nuestros “criollos circos romanos”.

Por caso remontémonos a los inicios. Fue recién en 1913 cuando un equipo argentino (Racing Club), integrado por jugadores criollos e inmigrantes españoles e italianos, pero ninguno de origen inglés, saldrá campeón de la primera división, destronando al invencible Alumni, referente del juego-máquina de los ingleses, de los hermanos Brown. Se inicia allí lo que se denomina la refundación criolla del fútbol argentino, ya que la primera fundación fue británica, hacia fines del siglo XIX. Los nuestros, nacionales, serán jugadores que aprenden este deporte en los baldíos y potreros, y no en las escuelas con pizarrones, como lo hicieron los ingleses. Nuestro “potrero sudamericano” hará emerger a un tipo social paradigmático, que desarrollará las habilidades propias de nuestro fútbol: “el pibe criollo del potrero”. Desde aquella época se produce una suerte de independencia- relativa de estilo de nuestro fútbol respecto del inglés. El baldío será la patria y el tango su música. Entre esos descampados y la escuela pública se empezarán a socializar y a argentinizarse los niños marginados de estas tierras.

Maradona y la escuela de los malditos

Maradona, a diferencia de otros grandes jugadores que tuvo la historia del fútbol argentino, se convirtió en un ídolo popular que excedió la geografía argentina para ser “tomado” como tal por la gente amante y no amante del fútbol en todo el mundo. El estilo-símbolo Maradona se asienta en lo siguiente. Por una parte su estilo de juego marcadamente sudamericano, con individualidades perfectamente catalogables como artísticas, se destacan a contrapelo de una tendencia general del fútbol del Cono sur a imitar esquemas y estilos de juego europeos, más eficientistas, más especulativos, y que, en definitiva, buscan mayor rentabilidad con la menor pérdida de tiempo e “irracionalidades” posibles.

El juego- Maradona combina el coraje, la inteligencia, el placer por deleitar y deleitarse y sobre todo una complicidad absoluta con la gente en las tribunas. La picardía popular, el engaño y la astucia para con el contrario, en definitiva, un estilo y un criterio de juego bien de potrero, suburbano y de barrio, que “conecta” con los sectores populares, es re-presentado por Maradona en la cancha. Esa forma y contenido en su fútbol, no pudo ser vigilada, controlada, cambiada, por las reglas institucionales del deporte. Porque? Si tenemos en cuenta que el fútbol cuanto práctica deportiva informa sobre destrezas corporales y su domesticación para materializar estrategias rentables, en goles por ejemplo, y que el “autorizado para “hablar” es el director técnico, Maradona, devuelve “al centro del juego” al jugador,  retorna la posibilidad de que aquél pase sobre éste, y superar al director técnico, (división técnica establecida entre el trabajador que juega y pone su cuerpo (fuerza de trabajo) y el director que ordena, selecciona y excluye, que tiene el poder, cambia los estilos y moldea a los que les gusta mucho lucirse con “jueguitos”). Maradona “habla” y dice cosas no autorizadas por la “normatividad” del campo del fútbol. Rompe con el “silencio” de los deportistas.

Su origen de clase siempre se terminó colando en su vida de éxitos y fracasos, de declaraciones y de reacciones de ira. Un diego contradictorio, tal como la misma sociedad que lo parió. Por ello, todavía hay esperanzas de que “el juego” no se pierda. Mientras aparezcan sus sucesores fieles al campito, más allá del corsé al que están sometidos por las grandes empresas que dominan el negocio del fútbol: Lio Messi, Agüero, Zárate, Valeri, Mascherano, Román, por nombrar algunos referentes.

Pero aquí en Mendoza también tenemos a los nuestros: el “mago”Enzo Cappa y el irreverente Gonzalo Díaz del tomba, el imparable gambeteador Martín Gómez de la Lepra, o “el niño terrible” Matías Declaux, hoy en el “boli” de San José, que dirige Leopoldo Luque. Todavía pueden divisarse algunos potreros en el gran Mendoza, secos y con champas disperas en Las Heras, costeando los barrios del oeste del piedemonte godoycruceño, o en el mismo guaymallén, donde  quedan algunos campitos que resisten la instalación de un complejo privado. Es allí donde los niños, a cuero pelado en verano, patean y patean la pelota barata del supermercado. Es allí donde muchos clubes van a buscarlos para detectar los talentos, que luego nos harán deleitar desde las tribunas del juego lírico, de la gambeta traviesa e irrespetuosa, o del caño atrevido.

Luego serán moldeados por la industria del deporte, los pesarán y los medirán, le ofrecerán un futuro promisorio y fantasías de salvación. Los semidioses de barrio, a esta hora, están payaneando su destino. Esos malditos carasucias.