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Opinión

Seducción y política

El imperio de los “gestos” y el “vestuario”, como prácticas de seducción en la política, terminan en la experiencia nazi de “gran hermano” como un voyeurismo social.

Las acciones sociales, las prácticas y los desplazamientos de los sujetos, siempre remiten a “otro” social. Ese “otro”, es construido como objeto, donde se dirigen aquellas acciones, las cuales se desarrollan como práctica articulatoria de intereses sociales en términos de “seducción”. La categoría de seducción ha sido muy tratada en el ámbito de la psicología, en las relaciones que ritualizan la “cacería” sexual, y muy pocas veces en la política. Sin embargo, en este punto, son de interés los trabajos de los sociólogos franceses Jean Baudrillard y Michel Maffesoli, quienes han atendido desde sus teorías sociales el tópico de la seducción en la política, como desplazamiento de la convicción política que caracterizó a otras décadas. Digamos que la práctica de la seducción apela a una serie de mecanismos psicológicos y sociales, codificados según el contexto cultural donde se producen. La seducción puede ser vista como frivolidad en el sentido ideológico-cultural, como fetichismo simbólico que engaña y confunde la vigilia, la realidad y el sueño. También como alucinación hipertrofiada de las mediaciones socioculturales a las que se someten, activamente, los sujetos. Lo cierto es que la noción de seducción también remite al despliegue de una serie de capitales acumulados por personas o instituciones, por símbolos o mitos.

Promesas celestiales y terrenales

La religión y la política, tal vez, sean los ámbitos por excelencia donde la seducción es práctica dominante. Justamente son, paradójicamente, estas dos esferas las que más niegan desde sus discursos la práctica seductora. Moralmente reprobada, constituye el artilugio hegemónico-ideológico a través del cual políticos y religiosos se construyen como portavoces de interpelación social. La “palabra” y el “vestuario”, los “gestos” y la “promesa”, son las armas que articula todo buen seductor. Digamos entonces que la seducción se desenvuelve siempre en el terreno de la promesa, la ilusión, la expectativa, apelando a activar el deseo. Es en sí misma una parcialidad con autonomía que no predetermina la situación prometida, que tiene final abierto, que no depende irremediablemente de su concreción. Desplegar el medio, y el eficaz despliegue de sus medios, constituyen sus objetivos. Lo demás porvenir puede articularse a la seducción o no, por ello su materialización es contingente. La seducción cobra vida como acto o artilugio, pero no necesita de su demostración. La seducción es ilusión y “encantamiento”, atracción ritualizada, gestos y contra-gestos en lógica equivalencial. Como mortales, podemos sospechar que nadie fue al paraíso, y que los políticos hoy no nos garantizan nada, sino es a fuerza de reclamos y luchas sociales.

Política y espectáculo

Un desplazamiento sintomático se produce desde hace más de una década en nuestra sociedad, que revierte las formas de representación e interpelación social. En las campañas políticas y presentaciones de candidatos, se ha impuesto el imperio de la publicidad por sobre la noción de propaganda. En la política esto ya puede palparse claramente. Los candidatos contratan agencias de publicidad, para venderse como productos en el mercado electoral. La publicidad política moderna comenzó donde finalizó la propaganda política, es decir, al finalizar la segunda guerra mundial. Mientras que la publicidad apunta a extender y ampliar el mercado de consumo de productos y bienes comerciales, la propaganda tiene por fin la inculcación ideológica y doctrinaria, la circulación de ideas. La publicidad utiliza la seducción y la propaganda la interpelación. Hoy la política es publicitada para consumirse, más que para protagonizarse. Por los menos esto es así en los envases tradicionales que siguen vigentes y dominan la escena. Las elecciones son un gran espectáculo de simulación democrática. Para mirarlo por TV, como en un partido de fútbol sin hinchas en las tribunas, pero con muchos televidentes pagando señales codificadas.

Lo cierto es que la sociedad argentina vive un momento de gran confusión política, de “gestos” y “señales” que cuesta interpretar, de disfraces difíciles de adivinar. Mientras tanto, la gente, cansada de tanto cambalache, prende la tele y espía la privacidad de un grupo de jóvenes que experimentan el nazismo, o se va a la cama, bailando por un sueño. La gente ya no participa de la obra, a lo sumo es protagonista solo manejando la ilusión del control remoto. Si, un control, remoto.