Otra derrota de China en el campo de batalla: tecnología sin eficacia
La última escaramuza entre India y Pakistán expuso lo que muchos intuían: el armamento de China brilla en ferias, pero falla en combate.
Una vez más, la realidad destrozó al relato. El último conflicto entre India y Pakistán, breve pero intenso, dejó al descubierto lo que muchos sospechaban pero pocos afirmaban en voz alta: el arsenal de China no está a la altura del marketing que lo rodea. Los satélites chinos que supuestamente darían ventaja táctica a Pakistán apenas sirvieron para cambiar el ángulo de las fotos, pero no para evitar que India destruyera con precisión quirúrgica, instalaciones militares clave como la base de Nur Khan. El supuesto “ojo en el cielo” terminó siendo un dron de juguete con buena prensa.
Y hablando de drones, Pakistán lanzó entre 300 y 400 en una sola noche, en un despliegue de enjambres que parecía sacado de un video promocional. ¿Resultado? Cero impacto estratégico. Ni un daño relevante, ni una instalación india afectada. Los sistemas de guerra electrónica indios, muchos de ellos desarrollados sin ayuda de Pekín, interceptaron o desviaron la mayoría. Fue un show de luces sin consecuencias. Sirvió para mostrar que se pueden lanzar cientos de aparatos voladores, pero no que sirvan para algo en una guerra real.
Los cazas J-10C —el orgullo de la industria aeronáutica china— armados con misiles PL-15E, tampoco lograron nada: dispararon, sí; impactaron, no. La Fuerza Aérea India ni siquiera perdió un piloto. En un conflicto sin combates aéreos cercanos, la capacidad de detección, seguimiento y neutralización a distancia es lo que importa. Y en eso, los sensores y misiles chinos fallaron donde no debían.
El sistema de defensa HQ-9, supuestamente comparable al S-300 ruso, no detuvo el ingreso de los misiles BrahMos, que impactaron directamente en bases estratégicas ¿No detectó? ¿Detectó y no interceptó? Poco importa. El resultado fue que las defensas chinas quedaron expuestas como ineficaces ante ataques modernos, especialmente cuando no están integradas en redes más complejas.
Y si algo faltaba, fue el fallido intento de reconvertir el misil hipersónico CM-401 —pensado para destruir barcos— en un arma contra blancos terrestres. Ni impacto, ni efecto. ¿Qué hacía Pakistán lanzando un arma naval contra tierra? ¿Y qué dice eso de la supuesta versatilidad del armamento chino?
Este no es el primer episodio. En otras regiones donde se usaron armas chinas —desde África hasta Yemen— los resultados fueron similares: fiabilidad cuestionable, bajo rendimiento, mantenimiento complejo y sistemas que dependen de una integración que rara vez tienen en el terreno. Mientras tanto, el armamento ruso, con décadas de experiencia en combate real, muestra resultados más sólidos, aun con recursos más limitados.
China puede fabricar drones por miles, puede exportar misiles con nombres intimidantes, puede llenar ferias internacionales con blindados que brillan bajo los focos. Pero en el campo de batalla, sus armas se desarman. No es potencia militar quien tiene más metal, sino quien lo sabe usar. Y hasta ahora, China solo demuestra que su industria de defensa está inflada, sobreactuada y sobrestimada. Un nuevo cuento chino. Uno con misiles que no impactan, radares que no detectan y promesas que sólo están en el aire.
Las cosas como son.
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