Presenta:

La desesperante encrucijada en Gaza y el fantasma que aterra a Trump

La guerra alcanza un punto crítico a nivel humanitario y diplomático, con una creciente presión internacional sobre Israel y un bloqueo en las negociaciones con Hamas. El escándalo Epstein sacude a la administración Trump. Se consolida un nuevo estilo diplomático directo y brutal que también impacta en la Argentina.

La ONU denunció esta semana que uno de cada tres gazatíes pasa días sin probar bocado.
La ONU denunció esta semana que uno de cada tres gazatíes pasa días sin probar bocado. Getty Images

Como hacía tiempo no sucedía, la palabra hambre volvió a titular los principales diarios del mundo con imágenes estremecedoras de niños raquíticos y madres desnutridas, ya sin lágrimas para llorar. Es el retrato que la mayor parte de la prensa hace sobre lo que está pasando en Gaza, un conflicto que parece estar en una encrucijada. Una especialmente dramática.

Desde todo punto de vista, es una crisis que se está volviendo insostenible. Porque, a nivel humano, es un infierno que los más de dos millones de habitantes de la Franja no van a poder soportar por mucho tiempo más. Y porque, a nivel político, la presión contra Israel está llegando a niveles preocupantes.

La cantidad de civiles muertos en ataques israelíes va en aumento, al igual que los devastadores efectos del hambre generalizada. Pero resulta imposible establecer cifras precisas: los datos provienen del Ministerio de Salud de Gaza, controlado por funcionarios puestos por Hamás, una organización que durante casi dos décadas mantuvo el control absoluto del aparato militar y administrativo de la Franja. Sin embargo, aun con la sospecha sobre la credibilidad de esos reportes, los testimonios que llegan desde adentro coinciden en lo esencial: es una catástrofe. Cada entrega de alimentos o medicamentos supone un momento de posible violencia que supera la capacidad de respuesta de los soldados israelíes, tanto por la amenaza siempre latente de terroristas infiltrados entre la población civil como por los desbordes propios de una multitud hambrienta.

Hoy el grueso de la distribución de ayuda está en manos de la Gaza Humanitarian Foundation, una ONG estadounidense respaldada por Israel. Reemplazó a los mecanismos tradicionales de la ONU, luego de que se detectaran desvíos de insumos que terminaban siendo vendidos y distribuidos arbitrariamente por Hamás. Pero es claro que este sistema no está funcionando, lo que pone a Israel ante una disyuntiva: volver al sistema anterior —lo que inyectaría combustible en los tanques de reserva de Hamás— o pagar el costo de ser visto como responsable de una debacle humanitaria.

El problema para el gobierno de Benjamín Netanyahu es que el costo crece día a día, lo que acecha con dejar al país completamente aislado. Esta semana, 28 países, en su mayoría europeos, publicaron un comunicado conjunto reclamando el cese inmediato del conflicto, señalando a Israel como principal responsable. A ese pronunciamiento se sumó Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, con declaraciones inusualmente duras.

Con plena conciencia de su superioridad militar y convencido de la legitimidad de avanzar hasta las últimas consecuencias con una guerra que inició Hamás el 7 de octubre de 2023, enfrenta ahora un dilema más complejo: la ofensiva ha diezmado la capacidad operativa de Hamás, pero no ha conseguido su desarticulación total; terminar la guerra sin haber alcanzado ese objetivo aparece como una opción difícil de digerir para los halcones israelíes, pero seguir adelante sin certeza de resultados puede ser muy peligroso.

Hamás aprovecha que la tapa de los diarios sean los niños muertos de hambre “por culpa de Israel”. Desde la comunidad internacional se multiplica un relato que, al omitir la naturaleza terrorista del grupo y su responsabilidad en el conflicto, tiende a dibujar la guerra como un ataque indiscriminado contra civiles palestinos. Como si Hamás no fuera reconocido como el otro bando de esta disputa, a pesar de que es una organización armada con decenas de miles de combatientes.

Bajo esa lógica, conceptos como “genocidio” ganan lugar en el discurso público, pese a que es un contrasentido. El 20% de la población israelí es árabe: ¿qué país que busca la erradicación de una población por su origen étnico y religioso —esa es la definición de genocidio— aceptaría que fueran ciudadanos de pleno derecho tantos representantes del grupo que pretende erradicar? La lógica del genocidio tampoco se condice con el dato fáctico de que la población palestina se haya multiplicado desde la creación de Israel.

Este escenario volvió más intransigentes a los negociadores del grupo, que pusieron nuevas trabas en las conversaciones que se desarrollan en Doha para alcanzar un cese del fuego por 60 días. Lejos de las expectativas sobre un acuerdo que parecía inminente hace dos semanas, las nuevas condiciones pretendidas por Hamás fueron consideradas inaceptables incluso por Catar y Egipto, los mediadores más cercanos a la organización.

Esa negativa evidencia cómo Hamás sigue priorizando su supervivencia política y militar, incluso al costo de prolongar el sufrimiento de su propia población. Es al revés: cuanto más se visibiliza el padecimiento de los palestinos, más confianza ganan los terroristas como para seguir dilatando una solución. La presión internacional enfocada exclusivamente sobre Israel les da oxígeno.

De Macron a Trump, dos miradas opuestas

Tras retirar a sus representantes de la mesa de negociación, Trump fue categórico: “Hamás no está interesado en un acuerdo, solo quiere morir”. Declaración propia de alguien que, por su estilo poco inclinado a las palabras amables y a la seducción discursiva, entiende mucho mejor el lenguaje de Oriente Medio que los líderes europeos. No es casual que haya sido el único líder occidental en décadas capaz de alcanzar acuerdos significativos en la región, como fueron los Acuerdos de Abraham firmados durante su primer mandato.

En el extremo opuesto está Emmanuel Macron. Necesitado de dar una respuesta al agravamiento de la crisis en Gaza, anunció este jueves que Francia reconocerá formalmente el Estado palestino en septiembre, durante la Asamblea General de la ONU. Se suma al grupo de naciones europeas que habían dado ese paso el año pasado —España, Irlanda y Noruega— y a más de 140 que lo habían hecho antes. Una muestra de cómo operan hoy los líderes de un continente que atraviesa una crisis existencial sin salida a la vista: tomando decisiones testimoniales, sin consecuencias prácticas y sin un sentido claro. Porque está claro que los palestinos tienen derecho a un estado propio. También lo está que fueron sus líderes quienes lo rechazaron sistemáticamente desde 1947 hasta principios de los años 2000. Su idea fue siempre que hubiera un solo estado árabe y musulmán, sin uno judío al lado.

Y la pregunta más elemental que no puede responder Macron es quién va a encarnar ese Estado. Porque puede haber muchos palestinos que lo anhelen, pero hoy una parte de la representación la tiene Hamás, que está en desbandada y que, cuando estaba organizado, solo quería destruir a Israel. La otra parte es la Autoridad Nacional Palestina, repudiada por los propios palestinos. Entonces, la única consecuencia del anuncio de Macron es que Hamás puede decirles a los palestinos que después del ataque del 7 de octubre hay otro país más anunciando el reconocimiento de Palestina como Estado.

Trump volvió a diferenciarse de Macron en este punto. Cuando le preguntaron por el anuncio del francés, respondió: “Lo que diga no importa. No va a cambiar nada”.

El fantasma que aterra al hombre más poderoso del mundo

En el mundo, Trump puede sentirse bastante cómodo, pero en su casa enfrenta una tormenta de proporciones inimaginables un mes atrás. El detonante no ha sido un rival político ni una crisis económica: su mayor enemigo es hoy un fantasma, Jeffrey Epstein. La reaparición del escándalo ligado a la red de abuso sexual de menores liderada por este financista que era amigo de todos los poderosos —incluido el hoy presidente— sacude los cimientos de la administración Trump.

La revelación de que el nombre del propio mandatario aparece mencionado en numerosos archivos clasificados del caso encendió todas las alarmas. The Wall Street Journal y The New York Times aseguraron que Pam Bondi, la fiscal general, le avisó en mayo de este hallazgo tan desagradable. Un mes y medio después, la misma funcionaria que, al poco de asumir, anticipaba que iba a divulgar la lista completa de clientes de Epstein, afirmó que no había ninguna lista ni nada relevante para difundir. Caso cerrado. Pero no. Al menos no para la base electoral de Trump, que considera el affaire Epstein como la muestra más cabal de la ciénaga en la que se convirtió Washington D.C., que Trump había prometido drenar. Aunque no hay pruebas concluyentes de que él haya sido uno de los clientes de Epstein, el dato es lo suficientemente perturbador como para haber generado una crisis.

https://www.bbc.com/mundo/articles/c9vr32wjyvro
Donald Trump también enfrenta una situación crítica en el plano interno. Foto Archivo

Donald Trump también enfrenta una situación crítica en el plano interno. Foto Archivo

Como no podía ser de otra manera, el método elegido por el presidente para sortear este obstáculo es arrojarle una bomba. Aunque sea una de humo. Es la única forma de leer la ofensiva desatada contra Barack Obama, a quien ahora acusa de haber conspirado para sabotear su elección en 2016 y luego intentar un golpe de Estado para derrocarlo.

Sin presentar evidencias, Tulsi Gabbard, directora de Inteligencia Nacional, afirmó que el exmandatario ordenó una operación de inteligencia destinada a instalar la versión de una colusión entre Trump y Rusia para interferir en los comicios de 2016 y hacerle trampa a Hillary Clinton. Tras la acusación, el Departamento de Justicia abrió una investigación contra Obama. ¿Será este caso suficiente para hacer que se evapore el fantasma de Epstein?

Diplomacia sin filtro

En un contexto en el que Argentina se ha convertido en un actor clave para la diplomacia estadounidense, la comparecencia ante el Senado de Peter Lamelas, el embajador designado por Trump para el país, confirmó que en su mundo ya no hay espacio para los eufemismos. Durante su intervención, dejó en claro que su gestión apuntará a garantizar que ningún gobernador firme acuerdos con China, a respaldar el cumplimiento de las condenas judiciales contra Cristina Kirchner y a trabajar activamente para que el gobierno de Javier Milei tenga éxito, bajo el argumento de que una eventual alternancia podría devolver al poder a sectores hostiles a los intereses de Washington.

Las declaraciones desataron una fuerte controversia, por su tono injerencista y por evidenciar un abandono de las formas habituales del oficio diplomático. Pero, al mismo tiempo, exhiben con crudeza una dinámica que no es nueva: Estados Unidos siempre ha buscado asegurar que sus aliados en la región actúen según su agenda geopolítica. ¿Alguien cree que Marc Stanley, el embajador de Biden, tenía una agenda diferente?

La diferencia es que, en el multiverso Trump, esa agenda se presenta con menos adornos y más impunidad. Lo que antes se negociaba en despachos reservados, hoy se proclama sin matices desde un atril. Claro que esto tiene un costo para el gobierno argentino: cada gesto de alineamiento reactiva viejos fantasmas de dependencia y sumisión que al peronismo le han funcionado muy bien desde “Braden o Perón” hasta acá. Más mesurada, Cristina los postuló en estos términos: “Lamelas o Argentina”.