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Del 11-S a Donald Trump: dos invasiones, siete guerras y más de U$S8 billones de costo

La guerra contra el terrorismo iniciada tras los atentados de 2001 transformó la política exterior estadounidense, multiplicó las operaciones militares y alimentó una polarización interna que terminó favoreciendo el ascenso de Donald Trump.

El 11 de septiembre de 2001 no solo cambió la seguridad de Estados Unidos: modificó durante décadas su política exterior. La respuesta comenzó con la invasión de Afganistán en octubre de ese año, para expulsar a Al Qaeda y derribar al régimen talibán que le daba refugio. Pero el conflicto rápidamente dejó de ser una operación puntual. La administración de George W. Bush convirtió la lucha contra el terrorismo en una estrategia global y sostuvo que Estados Unidos combatiría al enemigo “en muchos frentes”, visibles y clandestinos. La propia Casa Blanca definió aquella campaña como una guerra que continuaría “hasta que el terrorismo sea eliminado”.

La invasión a Irak y las armas de destrucción masiva

El segundo gran frente llegó con Irak. En octubre de 2002, Bush sostuvo que el régimen de Saddam Hussein representaba una amenaza singular porque concentraba “los peligros más graves de nuestra época” y afirmó que Irak poseía armas de destrucción masiva. En su discurso sobre el Estado de la Unión de enero de 2002 había incluido a Irak, Irán y Corea del Norte dentro de un “eje del mal”. La invasión comenzó el 19 de marzo de 2003, aunque posteriormente no se encontraron los arsenales de armas químicas, biológicas y nucleares que habían sido presentados como una de las principales razones para la guerra. La cuestión terminó erosionando profundamente la credibilidad de Washington.

Tropas de los EEUU derriban una estatua de Saddam Hussein en 2003

Tropas de los EEUU derriban una estatua de Saddam Hussein en 2003

La guerra, sin embargo, no quedó limitada a Afganistán e Irak. Pakistán se convirtió en otro escenario central mediante operaciones de inteligencia y ataques con drones contra Al Qaeda y otros grupos. Desde 2009 Estados Unidos amplió sus operaciones contra Al Qaeda en Yemen; en Somalia incrementó progresivamente su presencia militar y ataques contra organizaciones yihadistas; en 2011 participó militarmente en la operación internacional que terminó con el régimen de Muamar Gadafi en Libia; y desde 2014 lanzó una campaña aérea contra el Estado Islámico en Irak y Siria. El CSIS describió para 2016 una situación inédita: Estados Unidos estaba involucrado simultáneamente, en distintos grados, en guerras en Afganistán, Irak, Siria, Libia y Yemen.

La guerra contra el terrorismo se expande

La evolución muestra una transformación decisiva: la guerra contra el terrorismo dejó de significar solamente perseguir a Al Qaeda y pasó a abarcar insurgencias, guerras civiles, Estados frágiles y organizaciones que Washington consideraba amenazas terroristas. La investigación del Costs of War de Brown University estima que entre 2021 y 2023 Estados Unidos desarrolló actividades de contraterrorismo en 78 países, incluyendo ataques aéreos y con drones, operaciones terrestres, entrenamiento y asistencia militar. Brown calcula además que más de 38 millones de personas fueron desplazadas por las guerras posteriores al 11-S en Afganistán, Pakistán, Irak, Siria, Yemen, Somalia, Libia y Filipinas.

Hamid Mir en entrevista con Osama bin Laden, en Kabul en 2001. Foto: Getty Images.
Hamid Mir en entrevista con Osama bin Laden, en Kabul en 2001. Foto: Getty Images.

El costo económico fue extraordinario. Según el Costs of War Project, los conflictos posteriores al 11-S y sus obligaciones asociadas superaron los US$8 billones para Estados Unidos. La estimación incluye gastos militares, operaciones en el exterior, seguridad nacional y obligaciones futuras vinculadas con los veteranos. En 2021, Brown calculaba que las guerras habían provocado más de 900.000 muertes directas; su actualización más reciente estima entre 905.000 y 940.000 muertos directamente por la violencia y entre 4,5 y 4,7 millones si se incorporan las muertes indirectas asociadas con enfermedades, hambre, destrucción de infraestructura y otras consecuencias de los conflictos.

La dimensión militar también creció de manera acelerada. La Congressional Budget Office registró que las apropiaciones de emergencia para las operaciones en Irak, Afganistán y otros componentes de la guerra contra el terrorismo pasaron de unos US$18.000 millones en 2002 a US$165.000 millones en 2007; para 2008, si se aprobaba lo solicitado, el acumulado desde 2001 alcanzaría aproximadamente US$752.000 millones. La Government Accountability Office, por su parte, registró unos US$2 billones destinados entre 2001 y 2021 a operaciones militares de contingencia, principalmente Irak y Afganistán. El gasto no terminó con las guerras: veteranos, mantenimiento, equipamiento y compromisos futuros prolongaron la factura.

Obama y la diplomacia frente a Irán

Barack Obama heredó ese escenario y trató de modificar la estrategia sin abandonar la lucha antiterrorista. Retiró las tropas estadounidenses de Irak en 2011, aunque regresó militarmente en 2014 ante el avance del Estado Islámico, y aumentó las operaciones contra Al Qaeda y otros grupos mediante drones y fuerzas especiales. Frente a Irán eligió una vía diferente: negociación y presión diplomática. En 2015, el acuerdo nuclear conocido como JCPOA limitó el enriquecimiento de uranio iraní al 3,67%, redujo el stock de uranio enriquecido en un 98% y estableció un régimen internacional de inspecciones. Obama defendió la estrategia con una frase inequívoca: “Este acuerdo no está basado en la confianza; está basado en la verificación”.

Obama con su gabinete observa la captura de Bin Laden en 2011

Obama con su gabinete observa la captura de Bin Laden en 2011

En Europa, Obama intentó reconstruir parte de las alianzas deterioradas durante la era Bush. En 2016 afirmó que Estados Unidos necesitaba una “Europa fuerte” y reclamó que los miembros de la OTAN asumieran una mayor parte del gasto común, pero al mismo tiempo insistió en que la alianza seguía siendo fundamental para la seguridad estadounidense. En su último año sostuvo que la OTAN era “la alianza más fuerte que el mundo haya conocido”. El contraste con Bush era significativo: la invasión de Irak había generado fuertes divisiones con Francia, Alemania y otros aliados europeos. Obama buscó recomponerlas mediante diplomacia multilateral, el acuerdo con Irán y una mayor coordinación transatlántica.

La polarización política en Estados Unidos

Pero la polarización estadounidense ya había adquirido una dinámica propia. Pew Research Center documentó que después del 11-S el país vivió inicialmente un extraordinario momento de unidad: en octubre de 2001, el 60% confiaba en el gobierno federal, el doble que antes de los atentados. Esa confianza se derrumbó rápidamente con la guerra de Irak, los escándalos políticos y la crisis económica. Para 2007 apenas el 24% confiaba en Washington. Pew describió el proceso como una transformación en la que la unidad inicial fue reemplazada por una creciente polarización, particularmente alrededor de la guerra, la seguridad nacional y el papel del gobierno.

El equio de seguridad protege a Trump tras ser baleado en 2024 Foto: EFE

El equio de seguridad protege a Trump tras ser baleado en 2024 Foto: EFE

Ese clima terminó cruzándose con cuestiones de inmigración, identidad nacional y temor hacia el islam. Un análisis de Brookings señaló que las divisiones posteriores al 11-S sobre terrorismo, inmigración y musulmanes se fueron profundizando y que ese proceso ayudó a crear el terreno político en el que Donald Trump pudo construir su discurso. El sociólogo de Stanford Robb Willer observó en 2015 que el terrorismo tiene una capacidad política excepcional porque “toca nuestros miedos y preocupaciones más fundamentales” y advirtió que una nueva escalada de la amenaza podía favorecer a un candidato como Trump, asociado con patriotismo, una política exterior más agresiva y oposición a la inmigración.

El ascenso de Trump y el discurso anti-inmigración

Trump llegó a la presidencia en 2017 aprovechando precisamente parte de ese agotamiento. Su discurso combinó rechazo a las llamadas “guerras interminables”, nacionalismo económico, restricciones migratorias y una crítica frontal al establishment político que había conducido las guerras posteriores al 11-S. Al mismo tiempo, transformó el lenguaje sobre terrorismo e inmigración: la administración pasó de la insistencia de Bush en que “no estamos en guerra contra los musulmanes” a políticas de restricción de ingreso de ciudadanos de varios países musulmanes. Investigadores de Harvard, Princeton y Brookings han estudiado posteriormente cómo el movimiento MAGA incorporó elementos de nacionalismo, resentimiento cultural y percepción de pérdida de estatus.

La ruptura también alcanzó a los aliados históricos. Durante Obama, Washington había defendido públicamente la centralidad de la OTAN y de la alianza transatlántica. Trump, en cambio, calificó a la OTAN de “obsoleta” durante la campaña y cuestionó públicamente el reparto de los gastos de defensa. En 2017 evitó reafirmar explícitamente, durante su primera cumbre de la alianza, el compromiso estadounidense con el principio de defensa colectiva del artículo 5. La investigadora de Brookings Constanze Stelzenmüller calificó aquel episodio como “uno de los actos más dañinos” realizados por un presidente estadounidense hacia la OTAN. Un año después, Pew registraba que solo el 10% de los alemanes y el 9% de los franceses confiaban en Trump en materia internacional.

El recorrido que va del 11-S a Trump, por lo tanto, no puede reducirse a una sucesión de guerras. Fue una transformación política más profunda: Estados Unidos pasó de una reacción de unidad nacional a dos grandes invasiones, de allí a una red mundial de operaciones antiterroristas y finalmente a un cansancio social frente a las “guerras interminables”. El costo superó los US$8 billones y alcanzó a millones de personas fuera de Estados Unidos, mientras dentro del país crecían la desconfianza institucional y la polarización. Trump no creó desde cero ese clima: llegó a la Casa Blanca después de quince años en los que terrorismo, guerras, inmigración, identidad nacional y desconfianza hacia las élites habían ido formando una nueva fractura política estadounidense.