Cómo entender el Cónclave: una decisión espiritual atravesada por la política
El Cónclave es uno de los más grandes momentos que atraviesa la Iglesia Católica, siendo la elección del nuevo Papa una decisión fundamental para marcar la agenda de Occidente, además de ser muchas veces el único nexo con países de Oriente. Además es un momento de profunda espiritualidad en la Iglesia Católica, conjugándose así la oración y la política en un mundo que es difícil de analizar si no se mira de la forma correcta.
Por lo pronto, aunque compuesto por humanos, el Colegio Cardenalicio no es lo mismo que cualquier cámara legislativa donde se pueda elegir un jefe de Estado, ni tampoco lo integran personalidades que llegan por el voto popular. Aunque hay indiscutibles razones políticas por las que llegan los cardenales a ocupar dicho lugar, también es indiscutible en base a una gran preparación espiritual y también académica.
Este contexto hace difícil imaginar un contexto de discusiones banales durante el Cónclave, gritos o ataques como se ven en distintos parlamentos del mundo, porque básicamente esta política es distinta a la otra política. Basta con pensar la política eclesiástica como si se tratara del Gobierno de otra cultura, como si se comparara la política de Occidente con la de Medio Oriente, África o Extremo Oriente. No son iguales y así también ocurre con la Iglesia.
A diferencia de esa diversidad cultural de la política mundial, en el Cónclave la diversidad cultural es superlativa, aún más que en los organismos internacionales, porque dentro de la Capilla Sixtina toda voz y voto vale igual, a diferencia de otras entidades donde los poderosos se reservan un poder de veto absoluto.
En este contexto tan disímil a la política tradicional también se guardan ciertos misterios, pero un grave error sería marcar algo tan lineal como una discusión "progresismo contra conservadurismo", cuando en realidad la discusión da vueltas principalmente sobre el mensaje cristiano.
Cónclave: entre la ficción y la realidad
En cuanto a lo que ocurre dentro de un Cónclave, la película homónima estrenada a fines del año pasado no es más que una novela que en algunos casos usa recursos propios para construir la narrativa, pero en otros casos comete errores que rompen con el esqueleto de lo que sería un Cónclave y hasta plantean algo falso.
Por mencionar algunos, es impensable ver a un clérigo rompiendo el secreto de confesión como hace el cardenal Lawrence para empujar al cardenal Adeyemi a abandonar la lucha por el papado. Lo mismo ocurre con el cardenal Benítez nombrado inpectore, figura que existe pero, si no es promulgado su nombramiento por el Papa antes de la muerte de este, deja de tener valor ese nombramiento secreto.
Otro error de Cónclave es que el aislamiento se rompe constantemente por el decano cardenal Lawrence, llegando al punto de informar el contexto general sobre el que están votando al nuevo Papa, algo que da lugar a los discursos finales de Tedesco y Benítez para invitar a votar al nuevo Sumo Pontífice. Al mismo tiempo, el cardenal Tremblay es tachado de "no apto para el papado", pero esta condición no existe para ningún varón soltero bautizado.
A pesar de estos errores, en una de las tantas declaraciones de principios que hace cada personaje a lo largo de toda la película, Lawrence comete un error de fondo (error del director o el guionista en realidad) que muestra un desconocimiento de las Escrituras cuando plantea la idea del pecado de la certeza y cita la Biblia marcando que "Jesús dudó en la Cruz", algo que es netamente falso.
Según los especialistas Jesús no dice "Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?", sino que en sus últimas horas reza el salmo 22, una oración en la que el salmista interroga a Dios pero termina respondiéndose que el Señor lo libra de los malhechores, además de pronunciarse allí las profecías del sacrificio de Cristo en la Cruz.
Al mismo tiempo, en la construcción fílmica del Cónclave se profundiza en la disputa política, pero se deja afuera todo el trasfondo espiritual que atraviesan los cardenales, que no dejan de ser clérigos y que están atravesados por la fe, por más ambiciones de poder que posean.