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Invertir exige seguridad jurídica: Rusia como ejemplo

En Rusia, el éxito empresarial puede volverse peligroso: sin seguridad jurídica, el Estado puede arrebatarlo todo con una orden política.
El Estado ruso conserva un gran poder sobre el sector privado por falta de legislación en seguridad jurídica para las empresas Foto: EFE
El Estado ruso conserva un gran poder sobre el sector privado por falta de legislación en seguridad jurídica para las empresas Foto: EFE

En Rusia, el éxito empresarial puede ser la antesala del desastre. No por errores de gestión, ni por falta de visión, sino por el pecado de haber construido algo valioso en un país donde el Estado puede decidir, de un día para el otro, que eso ya no te pertenece. La historia es larga y conocida. Comenzó, en términos modernos, con el caso de Mijaíl Jodorkovski, el empresario que controlaba Yukos, una de las compañías de petróleo más grandes de Rusia. Jodorkovski era joven, brillante, influyente y millonario. Pero cometió un error: creyó que el poder económico podía convivir con independencia política. En 2003, fue arrestado, acusado de fraude y evasión fiscal, y condenado a pasar una década en prisión. Yukos fue desmantelada y repartida entre compañías cercanas al Kremlin. El mensaje fue contundente: en Rusia, el éxito económico está subordinado a la voluntad política.

Ese patrón no se detuvo. Desde la invasión a Ucrania en 2022, la apropiación estatal se aceleró con una lógica que va más allá de las sanciones. Se trata de una reconfiguración interna: el Estado, a través del fiscal general, inició más de 85 casos para recuperar activos que ahora considera estratégicos. Afecta a empresarios rusos, a compañías extranjeras, a quienes se fueron, a quienes se quedaron, y a quienes simplemente no aceptaron ceder parte de sus activos a figuras cercanas al poder. El caso reciente de Dmitry Kamenshchik, dueño del aeropuerto Domodedovo, es apenas un ejemplo más: se negó a entregar un 25% de su empresa, y el Estado respondió acusándolo de “control extranjero” por tener varias nacionalidades.

Esto no es solo un problema ruso. Es una advertencia sobre lo que significa hacer negocios en países sin seguridad jurídica. Esta no es una cuestión moral ni ideológica: es una condición indispensable para que las inversiones sean sostenibles. No se trata de democracia o dictadura. Singapur, un régimen fuertemente autoritario, prospera porque ofrece certezas: quien invierte sabe que las reglas no cambian en medio del partido. En Rusia, China o Irán, en cambio, el empresario es rehén del contexto político.

Para los grandes fondos internacionales, las aseguradoras de riesgo y las multinacionales, esto se traduce en un dilema tangible: ¿cómo justificar ante accionistas, directorios y mercados que se apostó dinero en un país donde los contratos valen menos que un gesto del presidente? Esta es una consecuencia del autoritarismo: desordena la economía.

Y es por eso que, incluso si Rusia busca volver algún día al comercio internacional, aunque caigan las sanciones, aunque se firme un acuerdo de paz, el daño ya está hecho. Los empresarios recordarán que, en algún momento, se podía ser dueño de una compañía de petróleo, de un aeropuerto o de un exportador de granos, y terminar con una celda, una acusación o nada. Argentina, que también sufre la falta de seguridad jurídica incluso en democracia, conoce bien los efectos de esa desconfianza. Pero en Rusia, el problema no es una distorsión: es el sistema.

Las cosas como son.

*Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.