Trump pateó el tablero: la respuesta china y el mayor peligro para Argentina
Donald Trump lo presentó como el Día de la Liberación, pero para los mercados globales se parece más al Día de la Condena. Los índices de casi todas las plazas del mundo operaron con rojos que no se veían desde la pandemia, cuando la economía mundial quedó paralizada por las cuarentenas. Caídas de 7%, 8%, 9% y hasta 10%, que significan varios billones de dólares evaporados. Sí, millones de millones de dólares.
Es una mezcla de la medida en sí, la forma en la que está siendo implementada y las reacciones que está desatando. Se sabía que el 2 de abril iba a anunciar una suba global de aranceles, pero pocos se atrevían a imaginar que desde la semana que viene Estados Unidos va a pasar de menos de 2% a casi 30% de tarifa promedio. En cuestión de días, una de las economías más abiertas del planeta se convertirá en una de las más cerradas.
El método agravó la paliza. La hipótesis de que había mucha más improvisación que planificación quedó ratificada cuando se descubrió que no hubo una respuesta cuidadosamente estudiada a los aranceles que cada país le impone a los bienes estadounidenses, sino un cálculo mucho más burdo: para determinar el arancel, la Secretaría de Comercio tomó el monto del superávit comercial que cada país tiene con Estados Unidos y lo dividió por el valor total de sus exportaciones. El resultado lo partió a la mitad, para que pareciera que Washington tenía la gentileza de cobrar sólo el 50% de lo que le cobran.
Eso explica que Lesoto haya sido acusado de imponer una barrera del 99% a los productos estadounidenses, cuando lo que sucede en rigor es que tiene un superávit muy grande derivado de que le vende mucho y no está en condiciones de comprarle demasiado esencialmente porque es extremadamente pobre. También resultó desconcertante que aparecieran en la lista de 184 países territorios que forman parte de otras naciones, como la isla Reunión o Saint-Pierre-et-Miquelon. Aún más curioso es el caso de Heard and McDonald, un archipiélago australiano habitado por pingüinos y algunos otros animales, pero sin residentes humanos.
La fórmula golpeó especialmente a los países del sudeste asiático que con la globalización productiva empezaron a alojar a las fábricas de grandes empresas estadounidenses. Uno de los países más castigados es Vietnam, que pasará a pagar 46%. Es la consecuencia de que muchas firmas textiles fabriquen allí las zapatillas, los pantalones y las remeras que luego venden en las grandes tiendas del mundo. Por eso empresas como Nike sufrieron con caídas de más de 10% en la bolsa. Toda la indumentaria va a pasar a ser mucho más cara desde la semana que viene.
Trump argumenta que para evitar las pérdidas esperadas todos tienen que ir corriendo a producir a Estados Unidos. Pero cualquier prenda se volvería impagable con los costos laborales de un país desarrollado. El secreto para poder vender a precios accesibles es la mano de obra barata que ofrecen países como Vietnam, Laos, Camboya o Bangladesh. Tô Lâm, secretario general del Partido Comunista vietnamita, llamó a Trump desesperado y le ofreció bajarle a 0 los aranceles. ¿Pero cuánto le puede comprar a Estados Unidos un país USD 4.500 de PIB per cápita? Es evidente que el superávit comercial continuaría si Trump se compadeciera y bajara los aranceles.
La incertidumbre crece porque nadie termina de descifrar la jugada final de Trump. En la Casa Rosada están repiten convencidos que en realidad no es un proteccionista, sino un defensor del libre comercio que sube aranceles para forzar a los demás a bajar los suyos. Es una lectura que se contradice con todo lo que dijo el presidente norteamericano a lo largo de su vida: siempre defendió las tarifas y cuestionó que Estados Unidos tuviera déficit comercial con la mayor parte del mundo.
Todo indica que está dispuesto a negociar de todos modos. Eso sí, pidió que le ofrezcan “algo fenomenal” a cambio. Grandilocuencias al margen, para Argentina no debería ser muy difícil llegar a un entendimiento, porque tiene un superávit comercial de apenas USD 228 millones, que es el 3% del valor de las exportaciones. Las conversaciones entre el canciller Gerardo Werthein y Howard Lutnick, el secretario de Comercio, fueron un buen paso inicial.
El mayor peligro para Argentina es otro. A diferencia de Milei y de Tô Lâm, Xi Jinping está en una disputa por la primacía global con Trump. Por eso, en vez de sentarse a negociar, anunció aranceles del 34% contra Estados Unidos. En esa disputa, tiene todo para ganar. Si se mantienen las medidas proteccionistas por parte de Washington, China le va a sacar cada vez más ventaja en términos de costos y productividad, y va a poder vender sus productos a precios mucho más bajos en todo el planeta.
Hace unos años, Europa y muchos países de América Latina se alinearon con Estados Unidos para bloquear el avance chino en áreas estratégicas como el 5G. Hoy todos lo pensarían mucho mejor antes de avanzar en esa dirección. Con Trump cerrando el mercado estadounidense y mostrándose mucho más hostil e imprevisible, Beijing empieza a parecer más confiable.
El riesgo es que la confrontación escale y pueda llegar al punto de una guerra de monedas. Si Xi decidiera una devaluación del renminbi le haría daño a Estados Unidos, pero sobre todo a las economías emergentes con economías frágiles como la Argentina. La presión sobre el dólar se multiplicaría al mismo tiempo que podrían caer los precios internacionales de lo que vende Argentina. Sería la tormenta perfecta.
Mauricio Claver Carone, asesor especial de Trump para América Latina y viejo conocido del país, vino a aumentar la inquietud con una declaración que hizo mucho ruido: “Queremos asegurarnos de que ningún acuerdo con el Fondo Monetario termine prolongando ese swap que tienen con China”. Para renovar “ese swap” que representa unos USD 5.000 millones, que son vitales para los agujereados bolsillos del Banco Central, Milei hizo uno de sus mayores giros pragmáticos. De rechazar cualquier negociación con comunistas, pasó a elogiar a los chinos como “socios comerciales muy interesantes”, que “no exigen nada, sólo que no los molesten”.
Ese tironeo, en un escenario mundial cada vez más turbulento, es la mayor amenaza que enfrenta Argentina.