Ni el peor ni el mejor: el Papa que cambió la conversación en la Iglesia
"Imbécil", "representante del maligno en la Tierra", "el peor Papa de la historia". En nuestro país y en el mundo, las calificaciones hacia el papa Francisco y su pontificado fueron realmente diversas y polémicas. Pero lo cierto es que la Iglesia Católica cuenta con casi 2 mil años de historia y 266 vicarios, algunos de ellos verdaderamente controversiales: Inocencio VIII reconoció a varios hijos ilegítimos y colocó a sus familiares en cargos eclesiásticos; León X, célebre por su frase “Dios nos ha dado el papado, disfrutémoslo”, fue símbolo del lujo renacentista y la venta descarada de indulgencias; y Esteban VI, que odiaba tanto a su antecesor que lo desenterró para someterlo al infame Concilio Cadavérico, donde declaró culpable al cadáver de Formoso, lo mutiló y arrojó al Tíber.
Así que sin duda Francisco no puede ser acusado de ser el peor Papa de la historia. Esos títulos quedarán reservados para acusaciones temerarias, poco asentadas en la realidad. Por eso, más allá de las opiniones, con su muerte, toca hacer una verdadera revisión de lo que fueron los años del argentino en Roma.
Con luces y sombras, Jorge Mario Bergoglio será recordado como uno de los pontífices más influyentes del siglo XXI. Su estilo directo, su ambición reformista y su voluntad de incomodar a todos, sin importar si eran progresistas, conservadores o indiferentes, marcaron más de una década eclesial que no dejó a nadie indiferente.
Durante su pontificado, la Iglesia Católica pasó de 1.253 millones a 1.378 millones de fieles. No fue un auge litúrgico ni vocacional, sino demográfico y simbólico, sostenido sobre todo en África y Asia. Pero más allá del conteo de almas, el impacto de Francisco fue otro: logró religar. Volvió a acercar a muchos que se sentían expulsados, indiferentes o hastiados. Habló el lenguaje de los heridos, no el de un catecismo mal entendido. Su figura y su magisterio fueron el puente. Para una Iglesia acostumbrada a custodiar, que alguien se animara a salir, a ser un pescador de hombres, aunque fuera con algunos tropiezos, fue en sí mismo un acontecimiento.
La prueba de esto es que la muerte de Francisco provocó gestos de respeto incluso en ateos declarados y en alejados de la Fe católica. De hecho, no es casualidad ni un mero acto de diplomacia que el Presidente estadounidense Donald Trump, protestante y crítico habitual del Vaticano, llegara a decir que el papa Francisco fue “una voz global poderosa por la paz, la dignidad humana y la justicia”, reconociendo el peso moral de su figura más allá de las diferencias irreconciliables e históricas dentro del cristianismo.
Y esto se debe a que desde el momento de su elección en 2013, Francisco rompió con el protocolo: rechazó vivir en el Palacio Apostólico y se instaló en la residencia de Santa Marta; cambió la limusina por el Fiat, el trono por una silla común, los zapatos rojos por unos negros. Lo simbólico se volvió sustancial: no venía a custodiar una forma, sino a redibujar el fondo.
En lo doctrinal, su enfoque pastoral giró en torno a una palabra: misericordia. El documento Amoris Laetitia, publicado tras el Sínodo de la Familia, encendió el debate por su ambigüedad sobre el acceso a la comunión de divorciados vueltos a casar. Para algunos, un gesto evangélico; para otros, una rendición frente al mundo. Pero lo más importante y que a casi nadie le importó es que no cambió la doctrina, pero sí el tono por uno que abrazara en vez de condenar.
Por otra parte, en 2021, con el motu proprio Traditionis Custodes, Francisco restringió drásticamente la Misa Tradicional en Latín. Lo hizo, paradójicamente, en nombre de la unidad. Sin embargo, los sectores tradicionalistas, que habían encontrado refugio y dignidad en el rito antiguo, se vieron de nuevo marginados. Para algunos fue la confirmación de que la misericordia tenía límites, y que esos límites coincidían con quienes cuestionaban su agenda; para otros, el aval desde arriba de que la Iglesia quería ser menos sectaria.
Bajo su pontificado, el Vaticano se volvió más sinodal. Francisco impulsó una gobernanza basada en la consulta y el diálogo, pero no por eso menos vertical. La palabra "sinodalidad" se volvió mantra, aunque su significado práctico sigue un poco difuso para algunos obispos. Lo que sí está claro es que buscó descentralizar el poder curial y abrir la escucha a los márgenes eclesiales, incluso a costa de alimentar el desconcierto doctrinal.
En el plano moral, su célebre “¿Quién soy yo para juzgar?” se convirtió en emblema del nuevo paradigma. El punto culminante llegó en 2023 con el documento Fiducia Supplicans, que supuestamente abrió la puerta a bendiciones pastorales para parejas del mismo sexo. El texto intentó evitar confusiones, pero logró lo contrario: fue celebrado por los medios como una revolución y rechazado por episcopados enteros como una traición. Y aunque la doctrina seguía igual, y así lo rectificó Francisco, el escándalo ya se había echado a andar.

Asimismo, Francisco priorizó la periferia: lavó los pies de mujeres y musulmanes, visitó campos de refugiados, comió con pobres, abrazó enfermos. En Roma, instaló duchas para personas en situación de calle. Su opción por los descartados fue real, no retórica. Pero su crítica al capitalismo, la globalización y el orden occidental lo enemistó con quienes veían en la Iglesia un bastión civilizatorio, no una ONG con crucifijo.
En el interior de la Iglesia Católica, el Papa argentino enfrentó una oposición cada vez más explícita. Algunos cardenales hablaron de “confusión doctrinal”. Otros lo acusaron de gobernar con dureza a quienes no compartían su visión. El intento de reforma de la Curia, la creación del Consejo de Cardenales y los nombramientos estratégicos dejaron claro que, pese al discurso de apertura, no temía ejercer el poder; y así como nombró cardenales de tinte más progresista, también elevó a otros de los fuertes actores del ala más conservadora que hoy disputan el puesto de Sumo Pontífice.
En política internacional, el papa Francisco adoptó una postura ambivalente sobre el conflicto en Medio Oriente, particularmente respecto a Israel. Por un lado, mantuvo el reconocimiento formal del derecho del Estado de Israel a existir y vivir en paz, y en 2014 visitó Tierra Santa en un gesto de diplomacia interreligiosa. Pero por otro, no dudó en condenar con firmeza el uso desproporcionado de la fuerza en Gaza y en denunciar lo que llamó “la espiral de muerte y destrucción que la guerra nunca justifica”. Su defensa del pueblo palestino, el reconocimiento del Estado de Palestina en 2015, y su cercanía a las víctimas civiles, sin importar su bando, le valieron críticas del lobby sionista, que lo acusó de falta de neutralidad. A diferencia de otros pontífices, Francisco no habló con la distancia de un jefe de Estado: habló como pastor, incluso cuando eso significó incomodar a Israel.
En cuanto al rol de Francisco en la política argentina, fue tan influyente como incómodo. Nunca regresó al país como Papa, pero jamás dejó de estar presente. Desde Roma, intervino en debates clave: se opuso firmemente a la legalización del aborto y mantuvo reuniones privadas con dirigentes sindicales y políticos de todo el arco ideológico. Para algunos, operó como un contrapeso moral al avance del progresismo liberal; para otros, fue funcional al peronismo y se comportó como un actor político más. Su silencio selectivo ante ciertas crisis nacionales y su cercanía con figuras controvertidas alimentaron la sospecha de que, aunque físicamente lejos, su corazón nunca se fue realmente de Argentina.
En definitiva, el pontificado de Francisco fue todo menos neutral. Habló de puentes, pero dinamitó zonas de confort. Denunció rigideces, pero impuso rupturas. No hay reforma sin heridos, y en la Iglesia, los heridos son también memoriosos. El juicio sobre su legado, como el de todo pontífice, no lo hará el presente, sino el tiempo. Pero ya nadie duda de que su paso por Roma dejó huella. Para bien o para mal, cambió la conversación. Y en una Iglesia que corría riesgo de estar hablando sola, eso ya es revolución.
* Lupe Batallán. Conferencista y escritora
IG. @lupebatallan

