Presenta:

Cómo es el mundo que se imaginan Donald Trump y Vladimir Putin

La conversación de dos horas y media que mantuvieron esta semana los presidentes de Rusia y Estados Unidos expuso la enorme sintonía que hay entre ellos. Qué significa para el orden internacional.
Ambos presidentes buscan la forma de salir de la crisis ucraniana Foto: Efe.
Ambos presidentes buscan la forma de salir de la crisis ucraniana Foto: Efe.

“Puedo decir con un alto grado de confianza que los presidentes Putin y Trump se entienden bien y confían el uno en el otro”, dijo el miércoles Dmitri Peskov. Es el secretario de Prensa de Rusia desde 2012 y el encargado de manejar la relación del presidente ruso con los medios desde su llegada al Kremlin en 2000. Más allá de los cargos, Peskov es uno de los personajes más relevantes del reducido círculo de poder de Putin porque es el único habilitado a hablar en su nombre.  

La declaración se produjo después de un hito histórico: la conversación de dos horas y media que mantuvieron los dos presidentes este martes para tratar de acordar una hoja de ruta que les permita salir de la crisis ucraniana. No hay registro de una llamada tan larga entre un líder ruso y uno estadounidense. Una señal de que, aunque en la superficie el tema es Ucrania, en el fondo están discutiendo una reconfiguración de todo el orden mundial.

Según Peskov, hay un gran entendimiento entre ambos

Para saber qué tienen en mente hay que comprender a qué se refiere Peskov cuando dice que Putin y Trump “se entienden bien”. Y lo primero es que tienen la misma concepción del poder. Ambos están convencidos de que el poder existe sólo cuando se lo ejerce, cuando se lo exhibe, incluso cuando se lo ostenta.

Ninguno de los dos cree demasiado en el soft power, en la capacidad que tiene un jefe político para hacer que otros hagan lo que pretende a partir de la seducción y de la persuasión. Para ellos es una pérdida de tiempo. Lo que vale es la imposición por medio de la fuerza o la intimidación. Por eso es tan importante demostrar la capacidad de daño que se tiene sobre el otro y, eventualmente, ejercitarla. 

Es una forma de entender la política en general y la internacional en particular que va totalmente en contra de los principios que pretendieron —aunque sin mucho éxito— regir el orden global desde el fin de la Guerra Fría: la idea de un mundo basado en reglas, en el respeto del derecho internacional, donde las decisiones más importantes se toman en foros multilaterales y donde los organismos internacionales tienen un rol de intermediación clave. 

El mundo no funcionó nunca realmente así. Sobran los ejemplos. Pero hasta ahora el presidente de Estados Unidos se presentaba como el principal sostén de la idea de que debía funcionar así. Sobre todo porque son reglas hechas a imagen y semejanza de las normas liberales que rigen en las democracias occidentales. La ilusión de que Occidente podía exportar su modelo político a todo el mundo se reventó hace tiempo, pero sus principales líderes insistían en sostener esa pretensión. Eso se termina, tal vez definitivamente, con Trump.

Un mundo dividido en esferas de influencia

El orden que se deriva de la concepción de poder de Putin y Trump es uno en el que se impone la fuerza, sin maquillaje y sin dar demasiadas explicaciones. Así expuesto, parece el esquema de la competencia de imperios que llevó a las dos guerras mundiales. Para evitarlo, los dos líderes proponen el concepto de esferas de influencia. Es algo que vuelve recurrentemente a las relaciones internacionales en momentos en los que hay potencias agresivas que buscan desescalar para evitar una confrontación directa entre ellas.

La lógica es simple: las naciones dominantes tienen un área que se extiende mucho más allá de sus fronteras sobre las que tienen una libertad de acción respetada por sus pares. En el caso ruso, el dominio se extendería a sus fronteras más inmediatas, especialmente, países con estrechos vínculos culturales e históricos, como Bielorrusia, Ucrania, Georgia, Kazajstán, Uzbekistán, Kirguistán y Tayikistán. Y el supuesto es que Moscú tendría el derecho de intervenir en cualquiera de ellos para forzarlos a actuar de acuerdo a sus intereses, sin recibir represalias de las otras potencias.

Cuando se toma en cuenta que este es el esquema que tiene Trump en la cabeza, se comprende mejor su política hacia el hemisferio sur. Los ataques a Panamá para recuperar el control del canal bioceánico, la insistencia en que Canadá se convierta en el estado 51 y la pretensión de adquirir Groenlandia forman parte del mismo plan: ejercer un dominio absoluto sobre todo lo que pasa desde el Canal de Panamá hasta el Ártico. Por suerte, parece que Sudamérica le queda demasiado lejos. 

Independientemente de los juicios de valor que se puedan hacer sobre la deseabilidad de un orden mundial con características tan crudas, este proyecto puede enfrentar varias dificultades para materializarse. La más importante es que en esta escena falta un actor central: China. Y no es casual. Para un país que se convirtió en potencia global gracias a ser una aplanadora industrial, que es el principal socio comercial de más de la mitad del planeta, un mundo fragmentado en esferas de influencia es un problema. A China le conviene venderle cada vez más a Europa y América, volverlos cada vez más dependientes de su tecnología y de sus inversiones. El este de Asia le queda chico ya.

Trump junto a Xi Jinping, presidente de China

Por otro lado, a diferencia de Rusia y de esta versión de Estados Unidos, para China el soft power es muy importante. Por más que dentro del país sea brutal con cualquier forma de disidencia, hacia afuera prioriza siempre estrategias de seducción. Como piensa su estrategia de desarrollo a muy largo plazo, no tiene apuro. Y sabe que su influencia va a seguir creciendo en la medida en que siga ganando peso como potencia comercial y tecnológica.

Esto nos lleva al segundo obstáculo que enfrenta la visión de Trump: tal vez sea demasiado tarde para ir a un esquema de división tajante en esferas de influencia. La globalización llega hoy a niveles que son muy difíciles de desarmar. Se vio hace algunas semanas cuando el gobierno estadounidense trató de imponer aranceles a todas las importaciones de México y Canadá. Tuvo que dar marcha atrás cuando las principales automotrices estadounidenses le dijeron que se iba a fundir si tenían que empezar a pagar un 25% más por todos los componentes que fabrican en los otros países. 

El tercer obstáculo es cultural. La visión imperial del poder no es un rasgo distintivo de Putin, es propia de la cultura política rusa. No es lo que sucede en la civilización occidental, que está centrada en torno al individuo, y que por tanto desarrolló un complejo entramado institucional pensado para poner límites a la voracidad estatal. Es difícil aceptar para Occidente que en pleno siglo XXI países soberanos como Panamá sean forzados a entregar parte de su soberanía porque así lo dispone la potencia hegemónica. 

El riesgo para Washington es que haya una resistencia cada vez más grande dentro de su propio barrio. Ya está pasando con Europa, que más allá de sus profundas crisis internas, se muestra cada vez más decidida a disminuir la influencia y la dependencia estadounidense. 

Y si crece la grieta entre Europa y Estados Unidos, y entre estos y el resto de América, la amenaza va a ser para toda la civilización occidental, que ya está en una profunda crisis, y que se expone a quedar a merced de las otras potencias. Sobre todo, de China, que parece el gran ganador de todo lo que ha sucedido en el mundo desde la invasión de Rusia a Ucrania.

Occidente necesita reafirmar sus valores y combatir a quienes buscan corroerlos desde adentro y desde afuera. Pero debe encontrar la forma de hacerlo con sus propias armas, de acuerdo a su historia y a su cultura. Difícilmente termine bien copiando el modelo ruso.