Hamás no es un movimiento, es un monstruo
El horror tiene nombre, y ese nombre es Hamás. Si quedaba alguna duda sobre la naturaleza de este grupo terrorista, la confirmación de que los niños Ariel y Kfir Bibas fueron asesinados a golpes por sus secuestradores es la prueba definitiva de su brutalidad. Sin embargo, una parte de la comunidad internacional, en lugar de condenar con firmeza este acto, sigue insistiendo en matices discursivos, llamando a estos asesinos "militantes" o "combatientes palestinos". ¿Cómo es posible que, en pleno siglo XXI, se relativicen crímenes de tal magnitud?
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El vocero militar israelí, Daniel Hagari, fue claro en su comunicación oficial del pasado 20 de febrero: "Confirmamos que los Bibas fueron asesinados por los terroristas de Hamás. No los asesinaron con armas, mataron a los niños con sus manos y trataron de cubrirlo". Los análisis forenses respaldan esta información, desmintiendo cualquier posibilidad de que estos pequeños hubieran muerto por fuego cruzado. No, fueron ejecutados a sangre fría, en un acto de violencia que ni siquiera la más perversa de las ideologías podría justificar.
Pero lo hicieron. No solo los asesinaron, sino que Hamás trató de ocultarlo. La manipulación de los cuerpos y la entrega de restos que no correspondían a los de la madre, Shiri Bibas, revela el nivel de cinismo con el que operan estos terroristas. ¿Y cuál fue la respuesta de la comunidad internacional? Declaraciones tibias, llamamientos a la "contención" y un vergonzoso silencio de muchos líderes mundiales.
El 7 de octubre de 2023, Hamás demostró al mundo de lo que es capaz: 1.211 muertos, en su mayoría civiles, en un ataque indiscriminado y brutal contra Israel. La tragedia se multiplicó con la toma de rehenes, incluidos bebés, niños, ancianos y mujeres. Durante meses, el mundo libre pidió su liberación, mientras que Hamás exhibía su crueldad sin tapujos, jugando con la vida y la esperanza de las familias israelíes.
La ONU, que debería ser el órgano que condene estas atrocidades sin ambigüedades, en cambio, se ha limitado a pedir a Israel que "detenga" sus ataques sobre Gaza, como si la violencia hubiera surgido de la nada. La Corte Penal Internacional ha equiparado los crímenes del Ejército israelí con los de Hamás, como si fueran dos bandos en una guerra convencional y no un Estado soberano defendiéndose de un grupo terrorista. Aún más vergonzosa es la posición de Amnistía Internacional, que el 20 de febrero escribió en su cuenta de X: "La liberación por parte de Hamás de los cuerpos de cuatro rehenes israelíes [...] sirve como un desgarrador recordatorio de la urgente necesidad de liberar de inmediato a todos los rehenes civiles y palestinos detenidos arbitrariamente". ¿Acaso Amnistía no ve la diferencia entre rehenes secuestrados por terroristas y prisioneros de guerra?
El panorama es aún más sombrío si miramos a otros sectores de Occidente. En universidades de Estados Unidos -un país históricamente aliado de Israel y reconocido por defender los derechos humanos en el mundo-, miles de estudiantes han salido a manifestarse en favor de Palestina, tomando campus, enarbolando banderas de Hamás y coreando consignas en contra del país judío. En las redes sociales, influencers y figuras públicas justifican las acciones de Hamás bajo el pretexto de la "resistencia". ¿Hemos perdido por completo la brújula moral?
El terrorismo islámico no es un fenómeno aislado ni espontáneo. Sus raíces están profundamente ligadas al comunismo y a la lucha revolucionaria global. Hamás no es solo un grupo terrorista; es un instrumento de una ideología que busca destruir el orden liberal-democrático y reemplazarlo por el totalitarismo religioso-político. El capítulo "Las raíces comunistas del terrorismo" del libro “Cómo el espectro del comunismo rige nuestro mundo” (The Epoch Times) explica cómo el islamismo radical ha adoptado tácticas marxistas-leninistas para infiltrarse en sociedades democráticas y desestabilizarlas desde adentro.
En medio de tanta tibieza, sin embargo, algunos líderes han demostrado que es posible llamar a las cosas por su nombre. El presidente argentino, Javier Milei, decretó duelo nacional por los asesinatos de Ariel y Kfir Bibas, declarando que "resulta monstruoso que estos hechos ocurran en este siglo".
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, calificó a Hamás como "monstruos sin límites", prometiendo llevarlos ante la justicia y garantizar la seguridad de su país.
Donald Trump, por su parte, ha insistido en la necesidad de erradicar a Hamás y cortar de raíz su financiamiento.
Estos son los líderes que el mundo necesita: aquellos que, sin importar la presión de los medios y las denominadas “ONG”, defienden lo que es justo.
El asesinato de Ariel y Kfir Bibas no es solo un crimen contra Israel, sino un crimen contra la humanidad. Es un recordatorio de lo que está en juego: la supervivencia de los valores que Occidente dice defender. Hoy, más que nunca, es fundamental que el mundo libre abandone la tibieza y tome partido contra el terrorismo. La indiferencia, la complicidad y la cobardía ya han costado demasiadas vidas inocentes.

