¿Donald Trump le está entregando Ucrania a Putin?
Donald Trump está entregando a Ucrania. Se la está sirviendo en bandeja a Vladimir Putin. Esa parece ser la lectura generalizada en los círculos políticos, periodísticos y hasta académicos de Occidente sobre estos frenéticos días en los que todo está cambiando a una velocidad difícil de asimilar.
Casi nadie avizoraba hace seis meses que hoy Estados Unidos y Rusia iban a estar en un acercamiento en el que se habla de que vuelvan embajadores, empresas y hasta un asiento en el G7 —que era el G8 hasta que Rusia fue expulsada en 2014 por anexar Crimea. El orden mundial construido en las últimas décadas, y consolidado desde la invasión de Rusia a Ucrania el 24 de febrero de 2022, se está desmoronando en un instante. O tal vez se venía desmoronando de antes, y lo que vemos ahora es que se corrió el velo.
Lo más correcto es formularlo como pregunta: ¿Trump le está entregando Ucrania a Putin? Para responder hay que analizar algunos de los pasos dados por el flamante presidente de Estados Unidos. El último fue llamar dictador a Volodimir Zelensky y sugerir que para formar parte de las conversaciones debería llamar a elecciones. Es cierto que el mandatario ucraniano las pospuso con el argumento de la guerra. Puede ser debatible. Pero lo que está fuera de discusión es que tiene muchas más credenciales democráticas que Putin, un autócrata que gobierna desde hace 25 años sin haber admitido nunca una verdadera competencia electoral.
La inauguración de este radical cambio de enfoque fue la cumbre de Riad, la primera que se realiza entre delegaciones estadounidenses y rusas desde la invasión. Del lado de Washington, la cumbre estuvo liderada por Marco Rubio, el secretario de Estado. A su izquierda estaba Mike Waltz, que es el asesor de seguridad nacional de Trump.
A la derecha de Rubio estaba Steve Witkoff, enviado especial de Trump para Oriente Medio. ¿Qué hacía en una mesa donde lo que se estaba discutiendo era el futuro de la relación entre Rusia y Ucrania? Trump ve en Witkoff —que no es diplomático de carrera, sino empresario— a su mejor negociador. Sobre todo, después del papel decisivo que tuvo en destrabar el cese del fuego entre Israel y Hamas. Un acuerdo que parecía improbable meses atrás, y que a pesar de las amenazas de los terroristas, va camino a cumplirse en su primera etapa: se espera que este sábado se llegue al número de 25 rehenes liberados vivos que se había pactado en esta instancia.
La presencia de Witkoff da la pauta de lo que pretende Trump: alcanzar lo más rápido posible un acuerdo que termine con la guerra entre Rusia y Ucrania. Si es un buen o mal acuerdo queda en un segundo plano. Lo importante para el presidente es que funcione.
Del lado ruso estaba Serguéi Lavrov, canciller desde hace 21 años. Probablemente sea el diplomático en ejercicio más experimentado del mundo, de los pocos acostumbrados a lidiar con todo tipo de líderes y en las circunstancias más diversas que se puedan imaginar. A su derecha se encontraba Yuri Ushakov, otro viejo conocedor del paño, que es además un hombre de máxima confianza de Putin.
La cumbre de Riad ratifica que estas son negociaciones bilaterales. Es lo que se había anticipado con la conversación telefónica de 90 minutos que mantuvieron Trump y Putin la semana pasada, que fue el puntapié oficial de este proceso. Desde ese momento fue evidente que no iba a ser un diálogo a tres bandas entre Estados Unidos, Rusia y Ucrania. Mucho menos una discusión a cuatro bandas entre Estados Unidos, Rusia, Ucrania y Europa.
Que Zelensky haya sido dejado de lado es el síntoma más evidente de que el pacto que surja de estas negociaciones no va a ser nada favorable a Ucrania. Todo lo que ha trascendido va en contra de los objetivos que Kiev proclama desde hace años.
Quien trazó la hoja de ruta más prístina es Pete Hegseth, secretario de Defensa. Lo primero que dijo la semana pasada en una cumbre de la OTAN es que no era realista pensar que Ucrania iba a recuperar el territorio que controlaba en 2014, cuando se produjo la primera invasión. En ese momento, Rusia anexó Crimea e instigó un movimiento separatista que se quedó con una parte de una región conocida como el Donbás, ubicada en el extremo oriental de Ucrania.
Todo indica que la Casa Blanca es mucho más pesimista y cree que ni siquiera se va a volver a las fronteras que había el 24 de febrero de 2022, cuando comenzó la invasión a gran escala. En total, Moscú controla más de 100.000 km2, que representan el 20% del territorio ucraniano. Esa superficie está compuesta por cuatro regiones que además de estar ocupadas militarmente fueron anexadas y Rusia ya considera como propias.
La tercera señal de que Ucrania estaría siendo entregada por Trump es que tanto Hegseth como Rubio sostienen que no es viable la incorporación de Ucrania a la OTAN. Tampoco que haya tropas estadounidenses garantizando el cumplimiento de lo pactado. Esto se refiere a la línea de demarcación que se va a trazar en algún punto de la frontera entre Rusia y Ucrania. Lo más probable es que sea una línea muy cercana a la que ahora divide el territorio ocupado por las fuerzas rusas del resto del país.
Cuando Zelensky pide garantías de seguridad está hablando de cómo custodiar esa línea para garantizar que después de la firma de un eventual cese del fuego no haya violaciones de ningún lado. En otras palabras, la cuestión sería cómo evitar que Rusia aproveche la distensión que pueda venir después de un entendimiento para retomar la invasión con más fuerza. Esa misión podrán tenerla tropas internacionales, pero lo que están diciendo los enviados de Trump es que no van a participar soldados estadounidenses y que tampoco deberían hacerlo combatientes de otros miembros de la OTAN.
Es la contracara de todo lo que sostuvo la administración Biden hasta último momento: que Ucrania tenía que recuperar la totalidad de su territorio, que iba a recibir todo el apoyo militar necesario para ganar la guerra y que una vez que esta terminara debía incorporarse a la OTAN. Este discurso era suscrito hasta hace pocos días por los principales líderes europeos.
¿Complicidad o realismo?
Todo lo que está haciendo Trump parece darle la razón a sus críticos, que anticipaban que iba a entregar a Ucrania por complicidad con Putin. Pero las cosas son un poco más complicadas. Más allá de la indudable simpatía del presidente estadounidense por el dictador ruso, hay indicios de que su postura parte también de una visión mucho más realista del conflicto.
Que quede claro: la invasión de Rusia a Ucrania es un acto criminal y absolutamente ilegítimo. Pero en política, sobre todo en política internacional, sólo se pueden obtener resultados si se comprenden las restricciones que impone la realidad. Hay una pregunta que deben hacerse todos los líderes antes de cualquier iniciativa: ¿qué es lo que efectivamente se puede conseguir, independientemente de lo que quisiera conseguir? Biden y los jefes de gobierno europeos actuaron durante tres años como si no se hubieran hecho nunca esa pregunta.
No hay ningún análisis militar serio del estado de situación actual que permita proyectar un escenario en el que Ucrania gana la guerra. Hasta los pronósticos más optimistas muestran lo contrario. Cada semana que pasa, Ucrania pierde un poquito más de territorio y Rusia hace algún avance. Y la evaluación de las fuerzas en disputa lleva a concluir que esta tendencia se está acelerando.
Occidente y sus analistas no pueden seguir obviando que hay diferencias militares, económicas y demográficas insalvables a favor de Rusia. Estamos hablando de entre tres y cuatro veces más población, con una economía que es 11 veces más grande y con unas Fuerzas Armadas que tienen otra dimensión y que están incomparablemente mejor equipadas.
Algunos esgrimen como contraargumento que eso tambíen era válido para Estados Unidos en Vietnam y para la propia Rusia en Afganistán. La enorme diferencia es que en esos casos las guerras tenían desafíos logísticos mucho mayores por las distancias que había que sortear y las enormes dificultades de los dos terrenos de combate.
En esta guerra, Rusia puede enviar por tren y por camiones todas las tropas, el suministro y el equipamiento militar que necesita. Con el agravante de que rodea a Ucrania por el este, por el norte y por el sur a través de su flota en el Mar Negro.
Las fuerzas ucranianas, que resistieron con enorme valentía, y que lograron expulsar a los rusos de Kiev en los primeros momentos de la invasión, dependen del apoyo de Estados Unidos para sostener sus posiciones con gran dificultad. Pero desde hace un año es evidente que con ese apoyo no alcanza para ganar ni para sostener el statu quo. Solamente sirve para retrasar el avance lento pero sostenido de Rusia.
La única vía para revertir el curso de la guerra es un incremento sustancial en el apoyo militar a Ucrania. Pero esa vía tiene dos problemas. Primero, económica y políticamente se estaba volviendo insostenible para Estados Unidos y para Europa, Segundo, se estaba volviendo demasiado peligroso para el mundo. Cuando Biden autorizó a Kiev a usar misiles de largo alcance contra territorio ruso, la respuesta de Putin fue modificar su doctrina nuclear, declarándose autorizado a responder atacando directamente a los países que suministren esas armas. Y a responder incluso con armas nucleares. Una estrategia delirante por parte de Washington: esos misiles no iban a ser suficientes para evitar la derrota ucraniana, pero sí para crear un escenario global de creciente incertidumbre.
El camino propuesto por Trump abre otros escenarios. Duros, pero menos dramáticos. Una visión realista del conflicto lleva a aceptar que sólo es posible un acuerdo en los términos de Rusia, porque es el bando que está ganando la guerra. Sólo frenaría su avance a cambio de concesiones muy importantes. Entonces, el desafío sería volver de sus insultos a Zelensky y forzarlo a pactar. El presidente ucraniano y todos los líderes europeos tendrían que tragarse el sapo de aceptar una injusticia enorme y de reconocer que lo que decían hasta el año pasado sobre las posibilidades de Ucrania de ganar la guerra eran fantasías irrealizables.
Pero quizás esta sea la única forma para que Ucrania pierda lo menos posible, para que deje de morir gente, para que el país pueda empezar a pensar en una reconstrucción y para que el mundo deje de estar coqueteando con una guerra nuclear. Por supuesto, todo esto tiene un gran asterisco y es algo que planteó Zelensky cada vez que habló con Trump: Putin no es confiable. Mañana, pasado, el año que viene o en cinco años, Rusia podría incumplir lo pactado y tratar de terminar la tarea que comenzó en febrero de 2022.
Es una hipótesis muy verosímil y es el mayor riesgo que entraña este acuerdo, si es que en algún momento llega a firmarse. Pero pensar que hay alguna alternativa distinta, que se podía seguir como se estaba hasta el año pasado y que eso podía llegar a buen puerto, es engañarse. Es darse el lujo de la ingenuidad en un campo donde no hay lugar para lujos.

