Rusia y EE.UU. juegan un partido de póker que puede terminar en guerra mundial
La semana en la que se cumplieron mil días de la invasión de Rusia a Ucrania termina con la mayor amenaza de guerra entre Rusia y la OTAN en medio siglo. Una amenaza que ya es explícitamente nuclear. La decisión del gobierno de Joe Biden de autorizar a Kiev a utilizar misiles de largo alcance contra territorio ruso desató una serie de acontecimientos que mantienen al mundo en alerta máxima.
Ucrania decidió usar ese permiso de inmediato. El martes lanzó al menos seis misiles ATACMS (Sistema de Misiles Tácticos del Ejército) contra un depósito de armas en la región fronteriza de Bryansk, clave para el abastecimiento de las tropas rusas. Este tipo de armamento tiene un alcance de hasta 300 kilómetros, lo que le permitiría llegar a otros blancos estratégicos rusos.
El Kremlin respondió subiendo la apuesta al reformular su doctrina nuclear, que antes restringía el uso de bombas atómicas a escenarios muy excepcionales. Desde ahora, se considera con derecho a emplearlas incluso en respuesta a ataques con armas convencionales, siempre y cuando considere que dañan infraestructura crítica o afectan intereses sensibles.
Pero quizás aún más relevante es que la nueva doctrina establece que si un país presta asistencia para que otro realice un ataque de estas características, ambas naciones pasan a ser consideradas como un bloque militar enemigo frente al cual habría que responder. Según Vladimir Putin, Ucrania no puede disparar los ATACMS sin asistencia directa de Estados Unidos. Por tanto, Washington sería tan responsable como Kiev del ataque del martes, y Rusia se sentiría habilitada a responder.
El presidente ruso lo ratificó en el discurso a la nación que dio el jueves, en el que dijo que “tras los ataques de largo alcance desde Ucrania, el conflicto regional ha adquirido elementos de un conflicto global”. Luego envió un mensaje dirigido más a Occidente que a sus propios ciudadanos: “Nos consideramos con derecho a utilizar nuestras armas contra las instalaciones militares de aquellos países que permitan que sus armas se utilicen contra nuestras instalaciones.”
La OTAN considera que este es otro bluf de Putin. Por eso, el Reino Unido se sumó a EEUU en el aval para que se usen sus misiles de largo alcance. Las tropas ucranianas dispararon el miércoles 12 proyectiles Storm Shadow contra objetivos militares rusos en Kursk. Es la región en la que Ucrania hizo una exitosa incursión sorpresa en agosto, que le permitió ocupar un área de aproximadamente mil kilómetros cuadrados.
El Kremlin se prepara desde hace semanas para asaltar la zona con un contingente de 50 mil soldados, entre ellos, 10 mil norcoreanos. Estos últimos ya están involucrados de forma directa. Otra prueba de que, como dijo Putin, esta guerra sigue ganando densidad global.
La escalada no termina ahí. En otra decisión difícil de comprender para un presidente que está de salida, Biden entregó a Ucrania minas antipersonales, que están prohibidas en buena parte del mundo debido a las terribles consecuencias que tienen para la población civil décadas después de concluidos los combates. Esto se debe a que, una vez enterradas, son extremadamente difíciles de desactivar. La Casa Blanca se ampara en la necesidad de reforzar las defensas de un ejército que viene sufriendo pérdidas, y de evitar que continúen los avances lentos pero sostenidos de Rusia.
Para darle más verosimilitud a su amenaza de utilizar su arsenal nuclear, Rusia anunció la fabricación en masa de refugios antibomba con capacidad para resistir los efectos de un ataque nuclear. Estos sistemas, conocidos como KUB-M, son containers con capacidad para alojar hasta 54 personas. Están reforzados con materiales que les permiten soportar las ondas expansivas de bombas muy potentes, así como escombros de todo tipo, incendios y hasta radiación nuclear. Además, se pueden transportar fácilmente e instalar prácticamente en cualquier geografía y circunstancia.
Otro paso fue el ataque del jueves contra la ciudad de Dnipró, en el centro oeste de Ucrania. Fue el primero en el que usó misiles de alcance intermedio, los Oreshnik. ¿Por qué usar proyectiles con un alcance que oscila entre los 1.000 y los 3.000 km cuando el objetivo está a 400 km de la frontera rusa y a menos de 300 km del territorio ucraniano ocupado por sus tropas? Era otro mensaje: miren que estamos dispuestos a usar misiles —que pueden portar ojivas nucleares— con capacidad para llegar a cualquier capital europea.
Un juego cada vez más peligroso
La hipótesis de la OTAN frente a todas estas amenazas es que son puras bravuconadas de Putin en esta partida de póker que están jugando. Su objetivo sería hacerles creer que está dispuesto a acciones que, en realidad, no estaría preparado para ejecutar. Todo con el fin de disuadirlos de seguir incrementando el apoyo a Ucrania.
Pero, ¿y si se equivocan? No olvidemos que cuando Putin acumuló tropas alrededor de Ucrania en las semanas previas a la invasión muchos también creían que era un bluf. Y ya sabemos cómo terminó eso. El problema con este tipo de partidas de póker es que, si hay un error de cálculo respecto a las intenciones del rival, las consecuencias pueden ser mucho peores de lo que imaginamos. Una y otra vez, la historia demuestra que los mayores horrores, que parecían distopías fatalistas, se terminan realizando.
Lo que vuelve más incomprensibles los riesgos que están tomando Biden y sus aliados es que parecen ignorar lo que está pasando en la guerra. Por donde se la mire, por más injusto que pueda resultar, Ucrania está en condiciones cada vez más dramáticas.
Según estimaciones preliminares, perdió cerca de 10 millones de personas desde el inicio de la guerra: la población pasó de 45 a 35 millones. Aproximadamente 7 millones fueron desplazadas y tuvieron que huir del país. El resto corresponde a una combinación de bajas civiles y militares provocadas por el conflicto, junto con un número indeterminado de gente que quedó fuera de todo registro.
Ucrania enfrenta también un grave problema para sostener su Ejército. A pesar de contar con 900 mil efectivos, entre enero y agosto más de 45 mil soldados desertaron. Además, las dificultades para reclutar nuevos combatientes son cada vez mayores.
La situación de la infraestructura es igual de crítica. Greenpeace advirtió que la red eléctrica del país está al borde del colapso tras un ataque masivo con misiles y drones el pasado domingo. Los objetivos incluyeron subestaciones clave para la operación de las plantas nucleares, lo que incrementa el riesgo de un desastre comparable a Chernóbil o Fukushima.
Ucrania perdió 9 GW de generación, un valor equivalente al consumo máximo de Países Bajos o Finlandia. En caso de una pérdida total de suministro, los generadores diésel de las plantas solo tienen autonomía para operar entre 7 y 10 días. Se espera un invierno muy duro.
En frente está Rusia, con una población de 145 millones de habitantes, que sigue expandiendo su capacidad militar. En septiembre de 2024, Putin ordenó aumentar el personal de las Fuerzas Armadas a 1,5 millones de militares para el 1 de diciembre de 2024, lo que representa un incremento de 180 mil efectivos. El decreto establece que, incluyendo al personal de apoyo, el total superará los 2,3 millones de miembros.
¿Es posible un acuerdo como el que propone Trump?
Por esta conjunción de factores crece el número de ucranianos que quiere llegar a un acuerdo que ponga fin a la guerra, algo impensado poco tiempo atrás. Según las últimas encuestas de Gallup realizadas en agosto y octubre de 2024, el 52% de los consultados considera que habría que negociar el fin del conflicto lo antes posible. Sólo el 38% cree en seguir combatiendo hasta alcanzar la victoria. Hace dos años, el 75% de la población quería continuar luchando y solo el 20% apoyaba una salida negociada.
Es por eso que, a contramano de lo que podría creerse, hay muchas personas en Kiev que no vieron con tan malos ojos el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos. Incluso dentro de las Fuerzas Armadas. La sensación general es que la situación actual es insostenible y que se impone un cambio de enfoque, aunque sea doloroso.
Es que para ganar necesitaría un involucramiento masivo de la OTAN, con mucho más armamento y con tropas también. En otras palabras, Washington, Londres y Bruselas tendrían que estar dispuestos a entrar en guerra con Moscú. Algo que obviamente no va a suceder.
La prolongación de la situación actual, en la que la OTAN envía a Ucrania una ayuda militar limitada, que en el mejor de los casos le puede permitir mantener el statu quo, no le sirve a nadie. Porque cada mes que pasa la devastación es un poco mayor. Y la diferencia de recursos en favor de Rusia se vuelve más evidente.
El mayor peligro de prolongar el conflicto en estas condiciones es que llegue un momento en el que la asistencia de Estados Unidos y Europa se vuelva insostenible, lo que dejaría a Ucrania totalmente indefensa. En ese escenario, Rusia podría volver a considerar viable su objetivo original: no conformarse con un quinto de Ucrania, sino aspirar al control total del país.
Ante esa perspectiva, la posibilidad de una negociación que deje las cosas más o menos como están hoy, podría ser el mal menor para Ucrania. Claro, implicaría aceptar que una potencia puede apropiarse del territorio de un país vecino y salir impune. Sin embargo, esta es la cruda realidad de la política internacional, donde más allá de los intentos de imponer reglas, la única ley es el poder en estado puro.
Ese hipotético acuerdo, que Trump aseguró en campaña que podía conseguir en 24 horas, requeriría una posición muy firme de Estados Unidos. No sólo sería necesario reconocerle a Rusia el territorio que ocupa, sino darle garantías de que Ucrania no va a ingresar a la OTAN en el futuro. Al mismo tiempo, tendría que imponer líneas rojas claras que aseguren a Kiev que las tropas rusas no reanudarán los ataques en cuanto tengan la oportunidad.
En caso de que acepte, Zelensky tendría que encontrar la manera de presentar este acuerdo como aceptable para los propios ucranianos, después de pasar casi 3 años insistiendo en que era posible alcanzar una victoria plena, que incluyera la recuperación de la península de Crimea, anexada por Rusia en 2014.
La misma encuesta de Gallup muestra que ese trabajo podría ser menos difícil de lo que parece. Según el sondeo, el 52% de quienes creen que es necesario llegar a un acuerdo con Rusia para terminar la guerra estaría dispuesto a ceder territorio a cambio de paz.
Sin embargo, tal vez sea demasiado tarde. Ucrania puede terminar aceptando. Por convicción o por falta de alternativas viables. La duda es si Putin está dispuesto a ceder, considerando que tiene los recursos para continuar esta guerra el tiempo que sea necesario.


