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Llegó el día: los niños dominan el mundo

Ironía para que la reflexión sea más profunda. Provocación, para romper con el conformismo. Son los niños los que están muriendo. Y es culpa nuestra.

 Si no son los niños los que están tomando las decisiones equivocadas, ¿por qué los matamos entonces? ¡Son ellos! El mundo, finalmente, está dominado por los infantes, con toda su impericia, inexperiencia y malicia. Son unos 200, hasta ahora, los que pusieron sus cuerpos como “escudos humanos” según el argumento que da el ejército israelí para justificar las cifras de “muertos” en Gaza y, ahora también, en Cisjordania. Son "una provocación", dicen. Más o menos lo mismo que han argumentado –miremos las coincidencias- algunos de los 10 mil sacerdotes católicos acusados de abusos: “Ellos nos tentaron”, “son una trampa”. O lo que los presidentes de Centroamérica, reunidos con Barack Obama pudieron haber comentado en su encuentro para tratar la situación de los niños que emigran a Estados Unidos: “¡Qué ocurrencia! Emigrar solos miles de kilómetros” o “la culpa de que se vayan de sus países es que otros niños, asesinos sin control, matan y amenazan y se van huyendo de la violencia de los como ellos”.

Los niños están destruyendo al mundo, claro, ese es el mensaje. Si no, ¿por qué tanto ensañamiento contra ellos?

En Jordania, los niños que seguramente están gestando una adultez violenta y vengativa, se cuentan por miles y llegaron desde Siria, viven de la caridad internacional, no saben en muchos casos qué fue de sus hermanos, padres, abuelos y amigos. No saben qué es un hogar. No pueden aprender “valores” en un mundo que los desvaloriza a ellos.

Las niñas de Nigeria son condenadas porque pervierten los “valores” del islamismo. Secuestradas, violadas, quedan a las órdenes de un líder que tiene los “valores” bien puestos.

En el califato creado por los yihadistas en territorio de Irak, mientras tanto, parecen tener en claro quién domina al mundo y, por lo tanto, decidieron mutilar sexualmente a las mujeres adultas: deben volver a la niñez, a cómo de lugar, parece ser el mensaje.

Pero no hay que ir muy lejos para ver “cómo los niños pervierten al mundo”: aquí, baste que algún medio vea una foto en el Facebook de un chico con un arma o drogándose, para que se activen todos los mecanismos –generalmente anestesiados cuando se trata de sus padres o gobernantes- de búsqueda, reclusión, juzgamiento, condena y reclusión. Y en esos casos, ¡todos funcionan perfecta y coordinadamente! Son felicitados por los medios que descubrieron las fotos, las publicaron y consiguieron movilizar las estructuras.

Una chica se va con un novio. Tienen sexo. Es menor de edad. Su rostro se repite incansablemente cada media hora en los titulares de la TV, en la tapa de diarios, portales. Su nombre sale por radio y los “especialistas” dictan a los productores periodísticos sus celulares para poder opinar, a cualquier hora, desde cualquier lugar. De cualquier cosa. Esa chica es culpable de que nuestros hijos no tengan “valores”, se dice en todos lados y, por lo tanto, se la culpa y condena. Los que fueron solidarios al difundir su foto cuando se escapó de su casa están satisfechos: la hallaron al día siguiente. Pero todos recuerdan su nombre, su cara, conocen a sus padres, tíos y hermanos. ¡Es culpable! Ya no molestará más, hasta el próximo niño niña que se mande una de esas y merezca el escarmiento.

En Chaco, aquí no más, una estadística conmueve el status quo y se vuelve tan culpable como los niños del mundo en que vivimos: dice que solo 4 por ciento de los delitos son cometidos por niños en esa provincia, pero que son los más acusados, los más condenados, los más mencionados por la prensa como responsables de lo que pasa. Eso les sucede por niños, dueños del mundo, ¡satanes!

Hasta aquí las ironías.

Gilberto se llamaba el chico de 11 años que salió de Guatemala y recorrió todo el camino que hay entre su casa y Texas para morir en el desierto, desintegrado. Sol y hambre hicieron lo suyo. No lo mató nadie en Guatemala, en donde 13 personas caen muertos a balazos cada día y otros 13 quedan lisiados de por vida por la misma razón, según un informe de la organización Iepades. Su destino era Chicago, ciudad a la que un hermano sí llegó. Buscaba dinero para su madre, que estaba mal de salud. La cuestión es que hay por lo menos 50 mil de estos chicos en Estados Unidos que llegaron solos y siguen solos. Están pensando en:

- Ponerles abogados que los defiendan. En eso está Nueva York.

- Refugiarlos en bases militares en desuso desde hace años, en sus jaulas, claro, pero con comida, agua y abrigo.

- Determinar su capacidad laboral. Los que no sirvan, serán deportados.

- Hacer una megacampaña de medios señalando que no deben intentar salir de sus países. Que mueran allí, no más. De hambre, de un tiro.

- Fortalecer militarmente la frontera en donde ya se construyó el “Muro de la Vergüenza”, para detectarlos antes de que pasen y que el problema sea, entonces, de México con los países de origen.

- El Vaticano ha pedido que se detenga a los “coyotes”, los que facilitan el traslado de los niños a otros países. “Es trata de personas”, dicen. Y es cierto. Pero de lo que no se habla es de por qué los niños se van.

En Centroamérica, mientras tanto, los mandatarios se regodean: jamás han tenido el teléfono tan libre con un presidente de EEUU. Quieren un “Plan Colombia” propio: dinero, armas y “santo remedio”.

No sabíamos cómo se llamaba cada niño asesinado en Gaza. Aunque deberíamos hacer una lista para comprender la dimensión de la masacre. Sus fotografías (despedazados o no, enteros pero yacentes; bañados en sangre o aplastados bajo los escombros) están disponibles y es probable que los israelíes tengan razón en que son parte de un aparato de “propaganda” palestina para dejarlos a ellos como asesinos. También es verdad que ellos son los asesinos, aunque los dirigentes de Hamas utilicen escuelas de la ONU para guardar sus misiles. “Un niño ha muerto a cada hora”, informó Unicef, lista para las estadísticas. Pero la cuestión no es cómo lograr “solidaridad” o “condenas”, ni quién es más duro o más rápido en manifestarse, sino detener lo que está pasando.

Igual con los niños migrantes: detener su hambre y su matanza en sus países de origen, para que no huyan.

Igual con los abusadores: está bueno pedir “perdón” por los abusos de los sacerdotes, pero hay que frenarlos definitivamente y, los que ya lo hicieron, ¿deben ser puestos tras las rejas o trasladados a monasterios escondidos?

Igual con los medios que dicen que la gente “muere” en Gaza, como si cayeran del susto y nada más. Son “asesinados” -no “mueren”- por una potencia militar cual moscas bajo una palmeta.

Igual con todo lo demás. ¿Realmente hay gente que siga pensando que a los chicos golpeados, abusados, abandonados hay que ponerlos en “hogares” masivos, impersonales, ajenos a los que todos debemos ayudar con lo que nos sobre y endiosar a quien se haga cargo de sacarnos el problema que, como sociedad, tenemos encima y no queremos ejercer?

En medio de la matanza de los niños, sean “el futuro”, como tanto se ha dicho, o “no, son el presente”, como tanto se ha exagerado en la retórica demagógica, ¿”hay que ponerles un palito para que crezcan derechitos”, como se sigue diciendo en algunos ámbitos? ¿O los adultos tenemos que dejarnos de tantas campañas “pro” y “contra”, meramente autosatisfactorias, para pasar a exigir que pongamos las barbas en remojo?

Los niños están pagando nuestras culpas. En Gaza, en Nigeria, en Siria, en Centroamérica, en la Argentina, a la vuelta de tu casa. Pero no les damos bolilla hasta que mueren o matan. Dan pena o miedo. Es el mundo que construimos.