Venezuela, entre la parálisis latinoamericana y la vara de Ucrania
Desde el 17 de diciembre del año pasado, los países integrantes del alicaído Mercosur están buscando excusas para no reunirse. Ahora que la tienen, ya que la sede de la cumbre presidencial se iba a realizar en Caracas, quieren apurar el encuentro que ya fue postergado en tres oportunidades. El motivo: nuevamente una declaración política, como es “el apoyo a Venezuela”.
No hay grandes fisuras ideológicas en el bloque, hoy por hoy. Salvo Paraguay, Argentina, Uruguay y Brasil son algunas de las naciones de la región que suelen acompañar al chavismo. Y el país guaraní, por otra parte, no tiene chances de criticar nada en voz alta, que en la próxima y retardada reunión es cuando se reincorporará al bloque y necesita protagonismo internacional con el nuevo gobierno de Horacio Cartes.
Si nadie espera demasiado de Mercosur, menos ahora, ya que, a lo sumo (y si consigue que sus presidentes, más allá de la “amistad”, quieran tomarse una foto en Caracas así como está y con Nicolás Maduro) brindará un mensaje institucional, lavado y formal de apoyo a la continuidad democrática. Así y todo, implicará reconocer, aunque tácitamente, que esa “continuidad” está amenazada. Un guiño para el chavismo, pero sin demasiados ademanes.
Una instancia previa ya se vivió entre los parlamentarios del Mercosur. La elaboración de su documento paralizó al de por sí no muy productivo grupo, de cuya existencia sólo hay noticias en casos graves, como el que se vive ahora en Venezuela.
Los miembros se trenzaron en discusiones previas entre tachones a las argumentaciones y lo resolutivo mientras se elaboraba un documento de sobre la situación del país gobernado por Nicolás Maduro, miembro del Parlasur. Tuvieron que hacer equilibrio entre quienes querían condenar “el intento de golpe” y los que veían en ese país “una represión intolerable a los estudiantes que protestan”.
En definitiva, crearon un Frankestein del siguiente tamaño, que asusta o deja contentos a unos y otros, según corresponda: lamentó "los hechos de violencia" de las últimas semanas en Venezuela y repudió "todo tipo de violencia e intolerancia que se aparte del orden institucional y democrático". Además, puso de relieve "la necesidad de que los venezolanos resuelvan sus problemas sin injerencias externas en dirección de la construcción de la unidad sudamericana". Luego, defendió "fervorosamente la libertad de expresión pacífica" y llamó a los venezolanos a que "todos adopten las medidas que sean necesarias a fin de garantizar un respeto integral de los derechos humanos con apego a las garantías consagradas en los instrumentos internacionales de los cuales Venezuela es parte".
Luego de expresar sus "mayores condolencias a los familiares de las víctimas y heridos" en los enfrentamientos callejeros registrados, se refirió al envío del grupo de parlamentarios."Disponemos que el Parlamento del Mercosur ponga en funcionamiento el Observatorio de la Democracia" de la institución "que se hará presente" en Venezuela. No dijeron cuándo, ni con qué agenda. Pero tuvieron su comunicado.
La fórmula del “no te metás”
Como lo observamos el día en que la OEA consiguió sesionar para analizar el mismo panorama, los representantes de los países en los órganos multilaterales parecen confundidos. Mejor: no del todo convencidos de lo que sucede. No quieren condenar a Maduro por los excesos de sus uniformados y militantes armados, pero tampoco a la oposición que alienta las manifestaciones en un clima de tanta tensión y cuyos sectores más ultras reclaman la renuncia, “vete ya”, del Presidente elegido democráticamente.
Por lo tanto, una buena declaración que incluya una condena a la violencia por aquí y un llamado al diálogo por allá parece suficiente. Con eso se cumple. La OEA, por lo tanto, no activó al Carta Democrática Americana y, de hecho, su titular, el chileno José Miguel Insulza, ni fue a la sesión.
“Incertidumbre” parece ser la palabra que más gusta usar por este lado del mapa, pero no hay muchos sinónimos como para no tener que repetirla. En esa palabra se resume la situación de una Venezuela que no encaja en los análisis clásicos de la ciencia política, ni entra en la horma del historial de la subversión del poder político latinoamericano, siempre apadrinado, sino por EEUU, por Cuba, en su tensión ideológica anacrónica y sempiterna.
Ucrania lo hizo
Pero ahora apareció una nueva vara con la cual medir a lo que ocurre en el complicado vecino: Ucrania. No lo manifiesta abiertamente Maduro al decir que lo quieren echar del gobierno. Y, aunque la oposición todavía no sea demasiado expresa al respecto, se cuida de pronunciarlo. Pero Ucrania es el caso en donde todos los organismos multilaterales fracasaron a la hora de frenar la revolución hecha a sangre y fuego. Y en donde, finalmente, la sociedad sublevada (con una ayuda externa de la subsecretaria de Estado estadounidense repartiéndole comida a los manifestantes opositores en la plaza central de Kiev; y otra interna, con el Ejército que vio que Yanukovich se comportaba como un “primo malo del argentino Fernando De la Rúa”) destituyó al mandatario.
Hay algo que no se analiza al mencionar la opción Ucrania al hablar de Venezuela, y es que el resultado, muy posiblemente, termine siendo la división en dos: una Ucrania europea, con “la Evita ucraniana” Timochenko recibiendo instrucciones de Angela Merkel y otra rusa, a los pies de Vladimir Putin. Y hay que mencionarlo. Porque no todo es tan romántico como lo comentado el fin de semana por Twitter por el periodista español Miguel Ángel Bastenier: “Desde la Bastilla, nunca después un pueblo había tumbado a un gobierno sin armas”. Tal vez no fue tan así. Habrá que bucear en la profundidad informativa, y no solo relatar lo que se ve en las agitadas aguas superficiales de la tormenta.

