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La primera gran batalla de Francisco

Con una fuerte dosis de política, Jorge Bergoglio, el pontífice argentino, logró dominar el Sínodo de Obispos sobre la familia e imponer cambios.

 No bien Jorge Bergoglio fue elegido como papa Francisco, analizamos desde MDZ que el rol que le cabría sería el de transformarse no en un “salvador” de una religión que estaba asistiendo a una merma su influencia en el mundo, sino como algo más importante: una “bisagra” histórica entre dos formas de concebir tanto a la iglesia católica como al Estado Vaticano.

Tuvo que pasar más de un año y medio para que, a pesar de numerosas zancadillas, adversidades, operaciones y negociaciones, Francisco pudiera exhibir su primera victoria en otra de las primeras batallas puntuales de la gran “guerra” por reposicionar a la Iglesia.

El proceso para llegar al Sínodo de Obispos que analizó cuál debe ser el pensamiento y la acción de esta religión en torno a la familia se vio marcado por numerosas puertas que el papa fue abriendo en torno a los homosexuales y los divorciados, aunque también en torno a quienes son padres solteros. Detrás de cada apertura aparecían los fantasmas de los sectores más conservadores a los que no les conviene que entre luz en sus oscuros puestos sempiternos en donde no los auscultaba ni el Espíritu Santo.

Francisco esgrimió todas las armas que un formado (y formador) jesuita tiene a mano y tomó todas las demás que tuvo a su alcance, como “abrazar” a sectores muy diversos y hasta enfrentados dentro del corpus estructural católico, consiguiendo aliados, pero por sobre todo, logrando ver los rostros d elos “enemigos”, aquellos sectores de la curia que exigieron siempre lealtad y sumisión a los papas, pero a aquellos que coincidían con ellos. No cuidaron a Benedicto XVI, a pesar de que era considerado de los suyos, porque comenzó a revisar las cuentas del IOR, el Banco Vaticano y a revisar las prácticas que Juan Pablo II –hoy, a pesar de todo, santo- postergó “para después”, como la pederastia y los manejos financieros de las órdenes religiosas. A Francisco lo llegaron a considerar “un error”, tal como lo filtró, al denunciarlos públicamente, una de las manos derechas del papa en su “gabinete”, Andrés Rodríguez Maradiaga, puesto por el argentino al frente del Grupo de Cardenales que encara las principales reformas.

La jugada maestra de Francisco


El papa Francisco jugó fuerte, pero no todas sus fichas. Le resta una dura tarea por delante.

Fracasarán en este momento los analistas que pretendan dar cuenta de si la iglesia “cambió” o no: no es ese el objetivo del papado de Francisco. No busca el pontífice crear otra cosa, algo diferente a los que ha sobrevivido 2.000 años con todos sus altibajos, su historia negra y la otra, la que rescatan los que todavía la ven como una opción espiritual o de contención personal.

Bergoglio insiste en que no tiene más de tres años para realizar su tarea. Con eso, más allá de las polémicas que logra hacer rotar alrededor de sus frases de inmediato, no está hablando de su salud sino que pone el eje en que si no es ahora y si no es él, ¿quién empezará la tarea que consta, básicamente, de actualizar culturalmente, adaptando a este tiempo a la iglesia y al Estado que dirige?

No bien concluyó el Sínodo, el mensaje final del pontífice fue aplaudido, de pie, durante por lo menos cinco minutos. Y el papa no es precisamente un rock star, ni los presentes tienen “el aplauso fácil”.

Pero también los nuevos métodos de Francisco de transparentar todo, inclusive de dejar al descubierto a los que atentan contra su verticalísimo liderazgo de lo que representa el último vestigio del Sacro Imperio Romano, pasan por someter a escrutinio simbólico las acciones.

El Vaticano no es una democracia ni lo será. Pero Francisco toma algunas decisiones que lo acercan a exhibirse como una figura democrática, aunque no del todo para los verdaderos demócratas y demasiado, para los “ultras” que opinan que, pudiendo no serlo, mostrarse así atenta contra el ímpetu de autoridad milenario del trono de San Pedro.

Bergoglio ordenó –democratizando una atribución que le es propia- que se difundieran en el texto final del Sínodo, la Relato Synodi (hacé clic en la imagen para leerla), todos los párrafos discutidos, los votos que obtuvieron de parte de los obispos y las versiones “ganadoras” y “perdedoras”. Inédito, sorprendente y una “jugada maestra” según los principales analistas que vuelve a mostrar que la iglesia no es una sola, no está unida, no es unánime, que representa un movimiento de múltiples pensamientos convergentes y que el centro de su gestión puede ser llamado Dios, pero es la política.

El punto del texto que hablaba de las posturas discutidas sobre la readmisión a los sacramentos obtuvo 104 votos favorables y 74 en contra. Se modificó el texto sobre los homosexuales, que obtuvo 118 consensos y 62 votos en contra, a pesar de que citara el Catecismo.

Ganadores y perdedores


El papa Francisco es el gran ganador de esta disputa interna y lo reafirma en su camino de una iglesia afín a este tiempo. Para los no católicos no implica nada. Para los acólitos, sí: una iglesia que posee documentos que condicionan (pero acepta) la inclusión de religiosos homosexuales bajo la condición de que repriman absolutamente su sexualidad, trata a los homosexuales como “enfermos”, “pecadores”, casi como “anticristos”. Eso generó que algunos sí pudieran ser parte de las estructuras y otros, repudiados y expulsados. Insólita dualidad que consolidó “quioscos” de poder que otros llamaron “lobbies gays”, de un lado y del otro.

Es la misma iglesia que recibe en cada misa a miles de potentados torturadores, evasores fiscales, ladrones, golpeadores y hasta asesinos. Algunos, inclusive, logran fotos con altas jerarquías eclesiásticas.

Francisco impulsa, remando en aguas espesas y turbias, una navegación hacia un puerto de aguas más claras. En apariencia, no le importa perder seguidores en el camino. De hecho, viene separando dirigentes de la estructura vaticana y también a otrora influyentes cardenales, como el ex secretario de Estado Tarcisio Bertone o el recientemente separado Raymond Burke, hasta ahora responsable del Tribunal Superior de la Signatura Apostólica. Fue quien lideró el grupo de los hipercríticos a la apertura hacia los homosexuales.

¿Cambia algo lo decidido en el Sínodo?


Si cambia algo lo sucedido en Roma eso es la relación de poder del papa Francisco frente a sus adversarios. Los textos aprobados no son precisamente revolucionarios, aunque nadie pretende dentro de la iglesia (y si los hay, reúnen muy poco poder fáctico) que eso pase.

Son un camino. Marcan una tendencia. Lo muestran al papa argentino decidido a avanzar y, probablemente, eso le permita juntar más fuerza, adentro y afuera de los palacios vaticanos, para consolidar un rol que ya definimos: ser una bisagra entre la iglesia católica señalada por corrupción y que perdía cada día más adeptos y otra, la que venga, que todavía no podemos definir pero que se pretende sea mejor.