Venezuela es Argentina
Desde Caracas, en Twitter: @ConteGabriel
Si alguna vez la vara con la que se mida el espíritu de los países es una escala de reacciones de sus habitantes frente a determinadas situaciones, podríamos decir que Venezuela es una nación gemela de la Argentina.
La pasión lo domina todo y cuando eso ocurre, ya sabemos, la razón queda subordinada a las reacciones primarias.
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Horas antes de que se elija presidente, entre el actual que va por un nuevo mandato y una propuesta que nuclea a toda la oposición, puede afirmarse que el venezolano es, todo junto, un pueblo esperanzado.
Los bermejos seguidores de Hugo Chávez alientan la esperanza de la inmortalidad del líder a quien la prensa española lo pronosticaba muerto mucho antes del 7 de octubre, la fecha de elecciones, a raíz del cáncer que ya no se sabe si lo afecta, lo afectó o algún milagro lo alcanzó con su magia para que pudiera recorrer de punta a punta su país con una aparente vitalidad que un adolescente envidiaría.
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Henrique Capriles, el otro aspirante, el polo opuesto a Chávez, también genera esperanzas. Sus multitudinarias movilizaciones provocaron un efecto paradojal, solo a la vista a la distancia, ya que en Venezuela las pasiones lo nublan todo: por un lado, demostró que hay quién le haga frente a Chávez con una capacidad de convocatoria equiparable, a pesar de la disparidad de fuerzas y poder político; por el otro, quedó en claro que –más allá de las agresiones y situaciones graves que se vivieron en el período proselitista- la oposición pudo salir a las calles libremente con un gobierno al que se lo tilda desde ese sector como dictatorial.
| Capriles logró gigantescas movilizaciones. |
Así de gemelos y todo como parece que somos, sin embargo una situación similar no se puede ver frente al gobierno de Cristina de Kirchner: aquí la oposición no ha logrado articularse, aunque en su consideración, el de la Presidenta es un mandato plenamente asociado a los preceptos fundamentales de la embestida bolivariana.
Planteadas las similitudes, con un pueblo al lado del otro, la pasión da cuenta que Dios, finalmente, puede ser argentino o venezolano. Nosotros, con Maradona, defendido y criticado. Ellos con Chávez en un estrato superior de las pasiones: o se lo ama y obedece, o se le odia y se complota para que termine el proceso por él iniciado de “Socialismo del Siglo XXI” al que le faltan por lo menos, según las palabras que el propio mandatario, unos 20 años de vigencia.
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"Están mitad por mitad, pero la mitad que controla el poder es la que va a ganar. Porque sí. Porque siempre fue así", fue el espontáneo análisis de un español que recorre el mundo con su arte y que se golpea el pecho con Franco, "el padrino de los Pinochet y los Chávez; de los Videla y los Castro", igualando a todos en la actitud de negación del otro a la hora de gobernar.
Sin embargo en Venezuela, probablemente, la palabra de la que más se hable sea de "democracia". Lo hacen los multicolores votantes de Capriles, en reclamo de un retorno a las formas de la democracia liberal. Pero también le llaman "democracia" a su permanencia en el poder los chavistas. En definitiva, la palabra alcanza para que la utilicen todos. Los unos, como denuncia de la ausencia práctica de sus efectos clásicos: el control republicano, la alternancia en el poder y muchas otras cosas que van más allá del voto popular. Los otros, los que ostentan el poder político, alegan 14 elecciones simultáneas sin ser derrotados, un invicto que los pone anchos y que provoca a la eternización pero, hasta ahora, atornillamiento a los cargos que ha decidido la mayoría.
En el camino rumbo a Caracas he podido leer a muchos analistas. Algunos, tan graciosos como el escritor Jorge Asís quien en Twitter ofreció un pronóstico astral de un triunfo de Capriles:
Chávez, Caballo de Madera, es antagónico natural de Capriles, Rata de Agua. El Año del Dragón suele ser más favorable para la Rata.
— Jorge Zaín Asís (@CayetanoAsis) octubre 5, 2012 Otros dejan traslucir sus deseos, como aquellos que simplifican señalando, por ejemplo, que aunque Chávez gane, el innegable potencial adquirido por el opositor Capriles obligará al líder bolivariano a renunciar a espacios de poder, a negociar con la oposición y hasta a compartir instancias de gestión.
Suena bastante lindo, pero resulta ridículo, porque se olvidan de la matriz militar del Comandante: se gana o se pierde y el que gana, se queda con todo. Lo que los opositores sacan como cuenta en esa ecuación es una incógnita: ¿los que pierden se tienen que ir?
Mientras tanto, a la hora de los análisis de cabotaje, entre los amigos de distintos puntos de latinoamérica que se sumaron al debate tuitero propuesto en la partida hacia Venezuela, surgió uno desde Bolivia, que se mostró sorprendido por la cobertura que Argentina le dará a la elección venezolana y la ausencia de cronistas bolivianos en tal faena. Lo dijo, confiado en que "Bolivia se parece más a Venezuela que la Argentina", en cuanto a su forma de gobierno.
Surgió allí una nueva forma de mirar la situación, ya que tanto en las tierras de Evo Morales como en las de Chávez y también en el Ecuador de Rafael Correa, se acepta desde el epicentro del poder político, que viven en un estado de "revolución". Eso a nadie se le ocurre que pueda estar pasando en la Argentina, aunque a muchos opositores a las medidas que toma el actual gobierno les venga en gana denunciar como tal.
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Una cosa es mostrarse como "amigos", dejando abierta la promesa o amenaza -según desde donde se lo mire- de igualar el proceso, y otra es estar ya en medio de la batalla interna permanente que implica sostener lo que se da en llamar como un proceso revolucionario. Y aun en los cuatro casos pueden palparse diferencias que hacen incomparable a la expectativa por Venezuela que se tiene en la Argentina, que la que puedan tener Ecuador o Bolivia: para ellos se ratificará o no la consolidación de un eje que va hacia un proceso de aplicación directa del socialismo. Nuestro país todavía puede mirarse en ese espejo porque lo que le devuelve no son imágenes idénticas en lo político, sino una ilusión que envalentona al kirchnerismo y que despierta a aquellos que no quieren que la Argentina de un paso más hacia ese lado.
Apasionados, noveleros, melancólicos, viscerales, los venezolanos se disponen a decidir algo más que un presidente el próximo domingo: determinan cuál será el futuro de América Latina.





