Yo estuve en Roma el día que murió Juan Pablo II
La crónica en primera persona de un periodista de MDZ que estuvo en Italia el mismo día que falleció Juan Pablo II.
Caminar por las calles de Roma es una experiencia realmente emocionante. Sus edificios y construcciones son un patrimonio histórico que puede palparse a simple vista y, tal vez por ello, es inevitable conmoverse frente a cada uno de sus imponentes monumentos.
Pude conocer ese lugar en los días en que falleció Karol Józef Wojtyla, más conocido como Juan Pablo II, ya que me encontraba en Roma en el marco de la investigación que resultaría en la publicación de mi libro sobre el atentado a la AMIA. Fue a principios de abril de 2005.
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Coincidiendo con ese contexto, la televisión italiana habló sobre el fallecido pontífice casi las 24 hs del día a lo largo de esa semana, algo que pareció no saturar a los habitantes de este país. La radio hizo lo suyo y los diarios no se quedaron atrás. Debo ser sincero: el fervor de los italianos por el pontífice fue algo que logró conmover hasta a un ateo de la talla de quien escribe estas líneas.
Traté de participar en esas jornadas de interminable discusión popular en torno a la sucesión de Juan Pablo II —tema que provocó no pocos enfrentamientos verbales entre los que aparentaban ser conocedores de la trama íntima del Vaticano y aquellos que desconfiaban de la información oficial—, pero no logré interiorizarme lo suficiente como para meter bocadillo alguno.
Es que, la pasión con la que se discutieron las posibles implicancias de la sucesión del fallecido Wojtyla, han sido una muestra elocuente de la importancia que ostenta para los italianos la figura del Papa; especialmente Juan Pablo II. Allí, su figura estaba relacionada con la humildad, la sapiencia y la entrega permanente, algo que pocos pontífices lograron acopiar a lo largo de sus “papados”.
Debo confesar que intenté escapar de las emociones que en esos días se vivían en Roma, pero fue imposible. La emotividad estaba impregnada en el mismísimo aire romano, no solo emanado por sus propios ciudadanos, sino también por las miles y miles de personas que llegaron de diversos lugares del mundo para despedir al pontífice.
Ese fue mi primer y único viaje a ese país, pero jamás olvidaré esa conmovedora postal que quedará para siempre en mi memoria.
Traté de participar en esas jornadas de interminable discusión popular en torno a la sucesión de Juan Pablo II —tema que provocó no pocos enfrentamientos verbales entre los que aparentaban ser conocedores de la trama íntima del Vaticano y aquellos que desconfiaban de la información oficial—, pero no logré interiorizarme lo suficiente como para meter bocadillo alguno.
Es que, la pasión con la que se discutieron las posibles implicancias de la sucesión del fallecido Wojtyla, han sido una muestra elocuente de la importancia que ostenta para los italianos la figura del Papa; especialmente Juan Pablo II. Allí, su figura estaba relacionada con la humildad, la sapiencia y la entrega permanente, algo que pocos pontífices lograron acopiar a lo largo de sus “papados”.
Debo confesar que intenté escapar de las emociones que en esos días se vivían en Roma, pero fue imposible. La emotividad estaba impregnada en el mismísimo aire romano, no solo emanado por sus propios ciudadanos, sino también por las miles y miles de personas que llegaron de diversos lugares del mundo para despedir al pontífice.
Ese fue mi primer y único viaje a ese país, pero jamás olvidaré esa conmovedora postal que quedará para siempre en mi memoria.



