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Paraguay, donde nada es lo que parece

Hace dos años asumía el ex obispo Fernando Lugo como presidente. Se abrió un inusual canal de democracia. Pero la pregunta es: ¿durará después de Lugo? Cuánta responsabilidad tiene el mandatario. Y qué será de su sucesión.


¿Paraguay está viviendo con Fernando Lugo “un momento inimaginable”, como dicen analistas afines? ¿O se trata de un espejismo, un deseo, un recreo dado a la democracia por la autoritaria política tradicional de ese país?

La respuesta no está en el libro Paraguay en su laberinto, editado por Capital Intelectual, en el que, desde su portada, la autora, Mariana Fassi, propone descubrir “cuánto cambió con Lugo”. Pero por lo menos hay un itinerario histórico que resulta muy útil para comprender qué es en Latinoamérica esa "isla" rodeada de tierra que siempre -y aún hoy- fue una encrucijada estadounidense en la región.

Así como el libro no es lo que parece, lo mismo ocurre con Paraguay.

La recopilación y la cronología que la autora formula en su trabajo deja en claro que Lugo representa la fotografía de un momento de su país: el emergente del reclamo popular por “otra cosa, otra gente, otra forma de gobernar”.

Revela también que el ex obispo no se jugó jamás por formar un movimiento político propio y que -digámoslo ahora que acaba de cumplir dos años en el poder, con un incierto futuro a raíz de su enfermedad linfática- más bien se respaldó sobre las estructuras más tradicionales.

Lugo, al ser tentado por las organizaciones sociales a encabezar la candidatura presidencial le pidió el permiso al papa Benedicto XVI, y éste se lo negó. Sin hacerle caso, colgó la sotana y se lanzó, con éxito, aunque no tanto, ya que lo separaron pocos puntos de la candidata del antiquísimo Partido Colorado que acuñó el dictador Alfredo Stroessner.

Son algunos aquellos partidos - como el Liberal del vicepresidente Franco, "el Cobos paraguayo"- los que dominaron a su movimiento político y los que ocuparon –por incapacidad o desinterés del propio Lugo-  los escaños en el Congreso. Pero son los que lo acechan y reprueban cada intento de mover un ápice la realidad del país.

Con estos antecedentes, ¿vale entonces reconcerle liderazgo a alguien que no logró canalizar el respaldo popular, el contacto directo con la sociedad para transformar a fondo a un país que vive un veranito democrático?

Dicho en otras palabras, lo que el trabajo de Massi deja es la idea de que algo bueno está pasando, pero que sólo es el testimonio de lo que podría ser. Sin Lugo, entonces, no habrá más de esto.