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La gran brecha y aquella cachetada africana

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Año 2001. Londres. Reunión con la cooperación internacional y funcionarios de alto nivel de varios países. Allí, encuentro informal con ministros del Interior de países del Oeste de África. Cachetazo: “Nosotros miramos permanentemente hacia América porque somos países nuevos y no queremos cometer los mismos errores que ustedes. ¡Pero ustedes no nos miran siquiera de reojo! Y en África hemos aprendido algo muy importante y eso es que es preferible estar todos hundidos en la pobreza que permitir que avance la desigualdad que a ustedes los condiciona”.

Palabras más, palabras menos, aquel ministro que me miraba a mi como un exponente de todo un continente –sin serlo- estaba desquitándose, llamando la atención, levantando una bandera o bien, lanzando su última bengala al aire en la búsqueda de atención.

Hasta entonces –debo confesarlo- mi imagen del Continente Negro se reducía a un conjunto de íconos inconexos que iban desde Egipto a Daktari, desde la idea de guerras semipermanentes hasta Mandela. Y poco más.

Las palabras de aquel funcionario africano fueron una cachetada a la soberbia de un continente (¿o sólo la Argentina?) obnubilada por las luces del Norte y de Europa y que, por ello, estaba impedida de mirar hacia el costado, un espejo más similar al que habitualmente elegimos para mirarnos.

Era 2001 y estaba por estallar la crisis, la mayor de todas nuestras crisis. Cuando aquello pasó, fue inevitable mirar hacia aquel lado del Atlántico y volver a reflexionar sobre las palabras –fieles y sinceros consejos, al final- del sabio ministro africano.

Fue entonces cuando algunas cifras comenzaron a darle la razón. La primera de ellas fue la que dio cuenta que Latinoamérica tiene –como consecuencia de sus muchas brechas, pero sobre todo la económica y la consecuencia social- el mayor índice de muertes por armas de fuego en el mundo: aquí muere el 42 por ciento de las personas que caen bajo las balas en el globo entero. Por cierto, el doble que en África, ese continente que muchos imaginan, aún hoy, envuelto en exóticas luchas fratricidas, como si las de aquí no lo fueran.

Ahora, el eco de aquella palmada de lleno en la cara viene desde un organismo internacional, como lo es el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, el PNUD.

Acaba de dar cuenta que es, también, Latinoamérica el lugar del mundo en donde reina la desigualdad. En síntesis, dice que aquí no hemos sabido avanzar todos juntos, sino que lo hace el más fuerte, como en la selva. Y como consecuencia, hay una tremenda distancia entre la persona más pobre y el más rico.

Somos como esa África que imaginamos ajena y distante. Pero estamos peor que África.

¿Será que tenía algo de razón aquel ministro, hace 10 años, cuando aconsejo “mirar hacia el costado”? Por lo pronto, es bueno para los africanos saber que sus gobernantes, sus raros (como aquí), exóticos (como aquí), discutidos (como aquí) gobernantes nos miran para no cometer nuestros mismos errores. El tema, nuestro tema, es saber si seguimos mirando hacia el Norte, si nos miramos el ombligo o si seremos capaces de mirar para los costados…o hacia abajo.