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La Iglesia colombiana se mete de lleno en la guerra para forzar la paz

Colombia se moviliza desde las iglesias de sus pequeños pueblos y ciudades pidiendo una rectificación al rumbo bélico que el país sufre desde hace cuarenta años. Sin embargo, el tema de las bases estadounidenses exporta las amenazas de violencia a toda la región.

La multiplicidad de actores que tiene el conflicto bélico colombiano apabulla. El resultado de cuarenta años de guerra entre compatriotas es atroz: cientos de miles de muertos, otros cientos de miles de desplazados de sus lugares habituales de vida y muchos miles más, decenas, centenares, cuyas vidas han quedado truncadas por la pérdida de algún familiar.

Esta semana se inició –como desde hace 12 años- la Semana por la Paz en Colombia. Y es la oportunidad en que sectores muy diversos hacen un esfuerzo extra para empujar la paz en medio de las balas y muchas otras irracionalidades.

En esta ocasión, la irracionalidad del momento parece ser la autorización de la gestión del presidente Alvaro Uribe a la instalación de siete bases militares estadounidenses en su territorio.

Esta situación le da un marco especial a la semana que busca, justamente, frenar la carrera armamentista.

En Colombia, para estas fechas, cada año los obispos suman su esfuerzo al de multitudes de pequeñas, medianas y grandes organizaciones sociales. Muchas tienen que ver con el credo católico. Pero muchas otras no. Sin embargo, las une un factor común muy fuerte, como es la búsqueda de un final al conflicto que asola a Colombia desde hace 40 años.

Ha sido la oportunidad para que Julio César Vidal, el obispo de la ciudad de Montería, por ejemplo, declarara públicamente que “la complejidad del conflicto en Colombia obliga a darle un tratamiento especial para buscar soluciones realistas que no pierdan de vista el sufrimiento de las víctimas”.

Vidal se desempeña como facilitador en el diálogo con las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) y dijo este fin de semana que “cuarenta años de guerra interna fuerzan a ser realistas en la búsqueda de salidas”.

Qué difícil

Las dificultades que se ciernen sobre las mesas de negociaciones que logran ser abiertas entre todas las partes en pugna son tremendas. De allí que resulta temerario participar como mediador, ya sea que se trate de un prelado o de una personalidad pública.

Es que, se afirma, en el caso colombiano debe haber, finalmente, alguna cuota de impunidad para conseguir la paz. Así sucedió cada vez que se logró desmovilizar a facciones de las FARC y del ELN y, sostiene el mencionado religioso, “así tendrá que ser también con la AUC”.

“La Semana por la Paz es un patrimonio de Colombia y quienes han logrado que esto se haya dado son los diversos procesos que se desarrollan en las regiones, gente que ha resistido en medio de la guerra la violencia”, le explicó a MDZ en Antioquia John Fernando Mesa, dirigente de la Red de Nacional de Iniciativas por la Paz y contra la Guerra, conocida por su sigla de Redepaz.

Y repite el lema de esta movilización que levantará en actividades sociales, artísticas y religiosas a todas las ciudades de este país: “Cada vida es irrepetible. Cada persona es irremplazable. Cada muerte es irreversible”.

Mientras en la agenda periodística lo que resalta es el cortocircuito internacional producido por la intransigencia de Uribe en torno a las bases militares y su intento de re reelección, lo que las organizaciones sociales que acompañan a la Conferencia Episcopal de Colombia en estas celebraciones buscan es llamar la atención sobre las vidas que se siguen perdiendo producto de la escalada armamentista.

Ana Teresa Bernal es una prestigiosa dirigente social que integra Redepaz. Sostuvo, al lanzar las actividades de este año, que “esta Semana por la Paz está dedicada a la vida, al respeto a la vida”. Se preguntó, asimismo: “¿Qué nos ha pasado que no hemos podido inocular todavía en la sociedad el respeto por la vida?”.

Delirios bélicos

Un columnista de la revista bogotana Semana, Gustavo Adolfo Salazar, escribió este sábado un análisis sobre la violencia urbana, “el otro armamentismo” que condiciona la vida en las ciudades colombianas.

Con justicia, citó aquel mito griego de Hidra de Lerna, una gran serpiente de aliento venenoso y mchas cabezas, que representó un enorme desafío a Hércules. Representa, escribió Salazar, “al enemigo como alguien cruel y deshumanizado”.

Pero la pregunta que se cierne, en su caso sobre la inseguridad urbana y en el nuestro, sobre los delirios bélicos que dan vueltas sobre Latinoamérica, es ¿cuál enemigo? ¿Cuál de las partes es la que debe considerarse cruel?

Es que, como concluye el mismo autor, “todo aquel que combate considera justa su violencia”.

Y, para peor, hay más, según Salazar: “Todo héroe necesita alimentar el mito del enemigo para que su violencia aparezca como la `justa` respuesta ante la agresión del villano que pretende arrastrar al mundo hacia la oscuridad”.

Esta semana, aunque sea por estos pocos días, en Colombia hay mucha gente que se ilusiona con esta sea la última Semana por la Paz anual, con la esperanza de que los mensajes y acciones que se están realizando motiven a un cambio de su condición permanente de guerra, definitivamente.