En Colombia las palabras también matan
En Colombia, la muerte se esconde en palabras que, en cualquier otra circunstancia, serían alusivas a la vida. Así, por ejemplo, se le llama “pacificar” al acto de matar a los enemigos: de hecho, al eliminarlos, se acaba el motivo del conflicto.
“Legalizar” en colombiano básico es lo mismo que ponerles brazaletes de las FARC, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia a los asesinados por las fuerzas armadas y de seguridad.
La cosa es así, nos explica David, un colombiano que es activista de una ONG que busca pacificar, pero sin matar a quien se plante en contra: “Como el gobierno de Uribe premia con ascensos y mejoras a quienes acrediten bajas de guerrilleros, salen a buscar indigentes, jóvenes en los barrios e, inclusive, discapacitados. Los matan. Les ponen insignias de algún grupo insurgente y los hacen pasar por bajas del conflicto armado”.
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A estos casos se les llama “falsos positivos”, casos mentirosos de bajas en el frente “enemigo”. Y por ello, los uniformados del Estado reciben recompensa.
Hasta ahora, se ha descubierto que por lo menos 1.100 “bajas” terroristas no eran tales. Inclusive, en la semana que terminó, dominó los espacios televisivos una publicidad preparada por la ONG Redepaz para conmemorar la “Semana por la Paz” en la que la madre de un chico con retraso mental contaba su caso: a su hijo lo secuestraron desde la casa, se lo llevaron a las afueras y lo fusilaron sin más. Lo uniformaron con un traje de las FARC. Y lo denunciaron como una “baja”. Un “falso positivo”, ya que la guerrilla es atroz, pero no tiene en sus filas a disminuidos mentales.
Mauricio, un joven que trabaja en la promoción de acciones artísticas en los barrios, interviene en la charla que es ajena, pero que no le resulta extraña. Intruso, completa: “Aquí –dice- no hay siquiera un maniqueísmo entre blanco y negro; todo es blanco. Porque el que piensa diferente, el que no habla de lo que todos hablan, es tildado inmediatamente de guerrillero y puede terminar muerto por ello”.
Este año ya hay en la ciudad de Medellín 1.260 muertes violentas. Muchas de ellas, a causa del señalamiento de los que se animan a pensar diferente y son alineados en las líneas de la salvaje guerrilla.
Pero hay algo aun peor. Lo señala –en medio de una charla que se vuelve peligrosa, en el bar del barrio Buenos Aires, unas siete cuadras arriba desde el centro de la ciudad- otro que se anima a hablar, pero que no da su nombre. “Aquí –revela, dramáticamente- no hay jóvenes de entre 27 y 33 años. Los han matado a todos”.

